domingo, 21 de septiembre de 2014

#Ficción La Muerta-Guy de Maupassant

¡La había amado desesperadamente! ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios... un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en todas partes, como una plegaria.
Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.
Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche llegó a casa muy mojada, porque estaba lloviendo intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante una semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: "¡Ah!" ¡y yo comprendí!¡Y yo comprendí!
Me consultaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío!¡Dios mío!
¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas... mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.
*
Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación -nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte-, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.
Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces... tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal -en aquel liso, enorme, vacío cristal- que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!
Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:
«Amó, fue amada y murió.»
¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.
¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!
Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.
Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.
Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente, lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!
No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.
Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente cómo se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.»
El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:
«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal.»
Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.
Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:
«Amó, fue amada y murió.»
Ahora leí:
«Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió.»
Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.

FIN

lunes, 25 de agosto de 2014

Los Nadies- Eduardo Galeano

Los Nadies

Sueñan las pulgas con comprarse un perro
y sueñan los nadies con salir de pobres,
que algún mágico día
llueva de pronto la buena suerte,
que llueva a cántaros la buena suerte;
pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy,
ni mañana, ni nunca,
ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, 
por mucho que los nadies la llamen
y aunque les pique la mano izquierda,
o se levanten con el pie derecho,
o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie,
los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, los ninguneados, 
corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, 
rejodidos:

Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones,
sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos,
sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino brazos.
Que no tienen nombre, sino número.
Que no figuran en la historia universal,
sino en la crónica roja de la prensa local.
Los nadies,
que cuestan menos
que la bala que los mata

lunes, 25 de noviembre de 2013

Abrazos a cuenta

Volví a la vida de estudiante; a las noches sin dormir, a las tardes enteras resumiendo fotocopias en letras, que si tuviera algún problema de vista, no podría ni intentar leer; llegué para conocer y reconocer a mis compañeras de piso, para reencontrarme con mis primas, mis muy variad@s y dispers@s amig@s-si coincidieran en un evento, como por ejemplo mi fiesta de cumpleaños, tendría material para hacer hasta 5 tesis distintas-mis compañer@s, a los que de una u otra forma termino extrañando y hasta las desestresantes ordas de cabras que se agolpan en la zona limítrofe a mi facultad.
No esperaba mucho, porque siempre la distancia y el tiempo cambian las circunstancias y la mayoría de las veces, el tren se va sin que te des cuenta y las personas y los momentos se pierden, quizá para siempre. Me alegró, saber, que esta vez, no fue así.
Charlie, una de mis mejores amigas, dice que soy asquerosamente arisca, y tiene razón, pero naturalmente, le replico y le digo "Hasta que entro en confianza". Cuando nos vimos tras la vuelta a clases, en abril del año pasado, ella me abrazó y yo me sentí incomodísima. Se dio cuenta. Recién al final de cuatrimestre, mientras terminábamos un parcial, le di un abrazo, delante de la profesora y todos mis compañeros. Se me quedó mirando anonadada...
 Lo repito, las personas con las que me relaciono habitualmente, sean amigos, un poco más que amigos o un poco menos, son muy pero muy distintas. Es por eso, que extrañé humores, formas de ver el mundo, acentos y modos de hablar que aunque son diametralmente opuestos no dejan de ser importantes en mi vida.
Me costaría imaginar el año sin escuchar el acentito caribeño de una, la voz chillona de otro; sin comer la comida vegetariana de alguna, la improvisada de otra; sin escuchar a tal criticar al gobierno y a tal otro apoyarlo fervientemente, sin reírme a carcajadas con las bromas de algunos, sin crear frases entre bizarras, ridículas e ingeniosas con otros o  estar semanas pensando y encontrándole mil sentidos distintos a los razonamientos cerrados de X o buscar forma de retrucarle a tal otro que su 2+2 no siempre le puede dar 4.
Recordé, mientras volvía a casa, tras encontrarme con un par de amigas, que sin pensarlo dos veces, me abrazaron a mí, antes de que tuviera tiempo de reaccionar, que durante la semana anterior también me había encontrado con varias personas y a ninguna de ellas le había dado un abrazo. Recordé también, que cuando las volví a ver sentí lo mismo que con mis amigas, una mezcla de ansiedad, tensión, alivio, euforia y hasta felicidad. Estaba feliz porque los volvía a ver.
"Puta madre" me dije. "¿Por qué no les dije que estaba feliz de verles?, ¿por qué en vez de darles un beso o la mano no los abracé?"

sábado, 2 de noviembre de 2013

Amish 2.0. Franja Morada y la militancia estudiantil

Año tras año, las elecciones estudiantiles desvelan a quienes día a día militan en la facultad casi como si fueran la final de un campeonato mundial. Si bien, suele no haber sorpresas en cuanto a quiénes ganarán el podio, todo el folklore y hasta la mística que tienen alrededor las hace un acto digno de seguir y presenciar.
Son cientas las agrupaciones que año tras año participan a lo largo de tres días de toda la "movida" que implica elegir quién conducirá el centro de estudiantes, sin embargo, algunas facultades presentan particularidades con respecto a otras y no siempre la presencia de una agrupación en una de ellas garantiza que en otra su impacto o implicancia dentro de la puja electoral sea similar.
Fundada en el año 1967, Franja Morada es la agrupación política estudiantil que cuenta con presencia en una mayor cantidad de facultades dentro de las universidades nacionales de Argentina. Se reconoce como Reformista, por seguir los principios que quedaron enmarcados durante la-hasta ahora única-Reforma Universitaria ocurrida durante la presidencia de Yrigoyen en 1918 y progresista o de centro-izquierda o socialdemocracia, siendo también el brazo militante-estudiantil de la Unión Cívica Radical, partido fundado en 1891 por Leandro N. Alem.
Hace unos días, un militante de una agrupación peronismo-kirchnerista twitteó una foto en su cuenta bajo el epígrafe "hallazgo: militantes radicales", dando a entender que tanto la militancia morada como el radicalismo se encuentran en plena decadencia desde 2001 en adelante, como efecto rebote por la caída del Gobierno de Fernando De la Rúa. 
Sin embargo, no hay nada más alejado de la realidad, al menos, la que se presenta dentro de la UNLP. En las últimas elecciones, la Franja, ganó la conducción de los Centros de Estudiantes en Ciencias Agrarias y Forestales, Derecho y Económicas, donde este año cumplirá, en caso de que nuevamente gane, 20 años al frente del Centro, resultó ser minoría de claustro en Arquitectura, Ciencias Astronómicas y Geofísicas y Veterinaria pero obtuvo resultados más modestos en Bellas Artes, Ciencias Exactas, Naturales y Museo, Humanidades y Ciencias de la Educación, Informática, Odontología, Periodismo y Psicología. Sólo en la facultad de Trabajo Social no tiene presencia.
Un desfile de camisetas que van de la gama del bordó al violeta circulan principalmente por calle 48 de un lado a otro. En La Plata, las facultades de Derecho y Económicas distan menos de una cuadra de la casa radical Ricardo Balbín, situada sobre 48 entre 6 y diagonal 80. Pareciera ser que los "morados" siguieran la lógica de su partido, que más que expandirse y despilfarrar ideología por doquier se encierra hacia el adentro y refuerza en sus militantes un nivel de identificación que en otros partidos u agrupaciones es difícil de ver. Esta particularidad también se da con respecto al nombre, los colores y los logos que la agrupación usa para diferenciarse de otras; estando en Córdoba, Rosario, Mendoza o La Plata, Franja Morada se llamará Franja Morada, sus remeras serán moradas, violetas o cuanto mucho rojas. Ya sea en los volantes, carteles u otros soportes gráficos siempre estarán incluidos la pluma y el martillo y/o la imagen de los estudiantes tomando la UNC e izando la bandera argentina sobre uno de los mástiles. 
Todas estas cosas están casi como si fueran las marcas registradas no sólo de una agrupación, sino de una manera de pensar, una forma de hacer militancia y un modelo definido, un proyecto a seguir de facultad y de universidad.
Es por eso que la Franja pareciera haber logrado articular una coexistencia perfecta entre los aspectos dominantes, residuales y emergentes de la militancia estudiantil. Combinó de una forma hasta envidiable valores que podrían considerarse antiguos, obsoletos o fundacionales, con los modos, las exigencias y las restricciones que exige la militancia hoy en día. Y sus militantes pudieron hacer hacer que con el paso de los años, el reformismo como corriente siguiera vigente pese a los embates del tiempo y más allá y por encima de las luchas que se daban dentro y fuera de la política en diferentes escalas. Mantuvieron una coherencia ideológica que es difícil de ver en otras corrientes políticas que según la década en la que se encontraron fueron, por caso, menemistas, kirchneristas, duhaldistas, etc. El militante de 1967 y el de 2013 son iguales, pero diferentes, "morados, reformistas y radicales" y sí, son un hallazgo, un modo de hacer anclado entre lo instituido y lo instituyente, creando nuevos horizontes, pero sin dejar de lado sus viejos principios. Inmunes al tiempo, lo trascienden. 



domingo, 29 de septiembre de 2013

#Preguntas Tic-tac

¿Cuántos "me encantaría" no son "me encanta" por culpa del tiempo?
¿Cuánto falta para que deje de faltar tiempo?
¿Cuánto tiempo hace falta para no estar a destiempo? 

martes, 23 de julio de 2013

No me dejes dejarte...

Le estaba escribiendo, para decirle adiós definitivamente. La iba a dejar, la abandonaba, la llevaba a algún recóndito lugar de mi cabeza hasta que el tiempo y nuevos recuerdos y conocimientos me hicieran olvidarla del todo.
La estaba dejando, pero fue ese mismo tiempo el que me impidió dejarle una misiva de despedida. Cerré mi laptop y corrí rumbo al mundo pensando todavía en lo mucho que me iba a costar decirle adiós después de tantos momentos compartidos.
La estaba olvidando, había decidido que no nos volveríamos a ver nunca más... pero ella me buscó. Me buscó hasta el hartazgo; movió cielo, mar, tierra, calles enteras y diagonales. Terminó encontrándome.
Nos topamos de frente, como nunca antes lo habíamos hecho. Nos miramos, nos comimos con la mirada...
-Ahora no me digas nada- le pedí
-¿Por qué no viniste a nuestra cita?
-Porque vos no me escribiste
-Sí te escribí
-Entonces no me llegó la carta
-No me dejes, hacé lo que sea pero no me dejes.
-¿Vos te das cuenta de lo que me estás pidiendo?
-Sí, por eso te lo vuelvo a pedir. No me dejes.
Dudé, pero menos de dos segundos.
-No me dejes dejarte.

Independientemente de mí

-Sos una mujer grande. Sos militante, sos periodista...

-No, no soy periodista, yo me metí a Periodismo para escribir. Soy escritora de ficción, "escribidora", ¿no te acordás?

-Como sea, sé que sos lo suficientemente inteligente para hacer/ser lo que quieras sin mí.

-Por supuesto... yo soy yo, independientemente de vos.

-Ja... no parece.

-A vos no te parece, quieras o no, siempre fue así. Siempre va a ser así.

(Silencio largo)

-Que tengas un buen año nene...

(Me fui)