viernes, 28 de agosto de 2020

Tarde

 "Maldita sea la hora". En mi cabeza vuelvo a ese día una y otra vez. Al momento en el que levanté la vista y te vi, te vi y te reconocí. Tenías los ojos más raros que vi jamás, no sé si verdes, azules o qué, pero te vi y supe que vos eras vos y que ibas a ser alguien especial en mi vida (si es que ya no lo eras). Todo empezó con un "te vi" y con los meses siguió, las palabras se convirtieron en diálogos, las noches en madrugadas y los días en semanas. Pero yo había llegado tarde a tu vida y eso era irremediable. Por más que me vieras, por más que te viera, por más que nos reconocimos enseguida, había llegado tarde. "Maldita sea la hora" volví a decir, nunca ibas a ser mío, jamás iba a ser tuya, éramos dos que se conocían pero que jamás coincidirían, como líneas paralelas que viven juntas, pero jamás se tocan. Nos reconocimos enseguida, pero tarde, tarde para vivir nuestra historia, tarde para escribirla. Es tarde para lágrimas. Viviremos el nuestro de nuestras vidas, pero no juntos.

jueves, 16 de abril de 2020

Llegada

 La mañana del 16 de abril de 1950, el nonno pisaba por primera vez suelo argentino. Después de eso, estaría algunos días en el Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires.

 Siempre me lo imagino como en las películas o las series tipo Vientos de Agua (véanla si no lo hicieron), llegando con su valija de madera, la famosa valija negra. Lo imagino diciendo, a la hora de deletrear su apellido, "Abbona con b de bueno y b bru(t)to" ante un inexperto empleado de migraciones. 

Veo vídeos del Hotel de Inmigrantes y lo imagino por allí, recorriendo los pasillos, tratando de ver de qué iba esto de estar en Argentina. 

Quizá también escuchaba las conversaciones de la gente, por más que no entendiera una palabra de ningún otro idioma, excepto el italiano. 

De cualquier manera, hoy hace 70 años, cuando puso sus pequeños pies (calzaba 39) en Argentina comenzaba una nueva historia y también, en parte, era el principio de la mía/nuestra

jueves, 6 de febrero de 2020

La Historia

—¿Qué sos?
—Soy, pero lo más importante es que cuento. Me gusta contar historias.
—¿Qué tipo de historias?
—Las que merecen ser contadas. Pasan tantas personas, pasan tantas cosas en un día, en una vida. 
—Entonces asumo que vas a contar la nuestra. Esto jamás me había pasado.
—Quedate tranquilo que a mí tampoco. Es la primera vez, quizá no sea la última, pero seguro que es única. 
—¿Eso quiere decir que sí?, ¿vas a contar nuestra historia?
—Sí, pero cuando te conviertas en una. 
—Te quiero leer, definitivamente, te QUIERO leer, ¿cuándo va a ser eso?, ¿cuándo vas a contar nuestra historia?
—Cuando me dejes de escribir.

domingo, 19 de enero de 2020

La Falta de Todo


Las 5 w. ¿Quién sos?, ¿de dónde sos?, ¿cuántos años tenés?, ¿de qué vivís?, ¿estás soltero o casado? Después de esas cinco preguntas y un par más, Royce no me pareció para nada interesante. Estaba cerrando la aplicación cuando me dijo “Habla conmigo, estoy muy solo, por la guerra”.

“¿Qué guerra?” pregunté
“Estoy en Afganistán” me respondió.
"La guerra es la falta de todo" le contesté. 
"Sí, estoy solo, no como bien y extraño a mi mamá"

Ppocas cosas me tocaban tan de cerca como esa. Mi abuelo materno se tuvo que ir de su pueblo después de la Segunda Guerra Mundial. Italia se había convertido en república algunos años antes. Por una serie de casualidades, ni él, ni su padre, ni sus hermanos tuvieron que ir a pelear en ninguna de las dos Guerras, pero sufrieron las consecuencias. Las más graves fueron el hambre y la soledad. A los 18, a don Angelo lo subieron a un barco en el puerto de Génova y tras un viaje de más de un mes llegó a una Argentina, que, a simple vista, parecía más que abundante. 
Esa misma abundancia es el primer recuerdo de mi infancia. En lo del nonno jamás faltaba la comida. Nunca. Yo revisaba cajones de todas las alacenas de la casa y siempre encontraba dos cosas: monedas, porque las coleccionaba, y comida, porque “hoy hay” y acto seguido, el nonno me llenaba el plato.

“Estoy hace varios años aquí, pero cada tanto me dan permisos especiales para ver a mi familia. Los extraño un montón”
“¿Dónde están?”
“En Nueve York, hace muchísimo que no los vemos. Mis sobrinos están enormes, mi hermana tuvo un hijo hace poco y todavía no lo conozco. Mi sobrina tiene síndrome de down”

Pienso en mi tío, que se fue de Argentina en los ’90 cuando mi hermano y yo éramos chicos y mi hermanito todavía no había nacido. Siento lástima por él. Uno no debería estar separado de su familia sin poder volver por tanto tiempo. Iba a contarle a Royce esa historia, pero me contuve. Si no se la contaba a la gente que conocía ¿por qué lo haría con un desconocido?

“¿Podemos seguir hablando por WhatsApp?, no me conecto demasiado en esta app, pero quiero que sigamos en contacto contigo”. 
"Sí. Quiero que me cuentes más sobre cómo estás viviendo allí" le contesté. A cualquier otro le hubiera pasado mi Facebook o mi Instagram, pero él me dio lástima, ternura, no sé qué. 

Le di mi número y algunos minutos después recibí un mensaje. Cuando lo leí vi que había algo raro, pero no podía notar qué. Unos minutos después, se me “prendió la lamparita”. Lo primero que hice fue googlear el código de área del supuesto número de Royce; era de Missouri, a más de 1500 kilómetros de Nueva York. ¿Por qué alguien tendría un número de un estado que no es el suyo?

“Preciosa, ¿sigues ahí?”
No contesto. Me manda otro mensaje.
“Anda Prinsesa, kuéntanos de ti”. No le iba a responder todavía.

Ahí me doy cuenta de la segunda cosa que iba mal con Royce: se suponía que el inglés era su lengua materna, pero tenía muchos errores de ortografía, gramática y sintaxis. Usaba terceras personas del singular sin la -s al final, le ponía mayúsculas a los sustantivos comunes que estaban en el medio de las oraciones y ponía auxiliares donde no iban. Raro todo.

Volví a googlear. “Afganistán” primero y después su nombre completo “Royce Kevin Fanelli”. Uno de los primeros resultados era de Facebook, una página que se llamaba “you are being scammed” (algo así como “estás siendo estafado”), había una lista con toda una serie de nombres entre los que se encontraba el de Royce. Todo era una estafa. Alrededor del mundo varias mujeres habían “caído”, le habían mandado dinero, habían revelado información sensible de sus vidas y una vez que descubrían el engaño, eran amenazadas con que todo el contenido de sus conversaciones y sus fotos sería divulgado en la web. Nada mal. Todo horrible.

“La guerra es ‘la falta de todo’”, fue una de las cosas que le había escrito a este hombre, cuando me conmovía, cuando me apenaba por él, cuando sentía lo horrible que debía ser estar en su lugar. Volví a pensar en mi abuelo hambriento, en la bomba que estalló en su pueblo, en toda la gente que está sola en serio en algún frente y en las personas que son lo suficientemente vulnerables para creerle a un tipo como Royce. La guerra es la falta de todo, sí. Inclusive de la empatía.¿Qué clase de persona tiene el tupé de jugar con eso? ¿quién puede apelar a una guerra para estafarte? Los hay, existen y están ahí rodeándonos. 

lunes, 21 de octubre de 2019

Rótula



La noche que nos peleamos, mientras iba corriendo por la calle, huyendo de él y también un poco de mí misma, me caí en la calle. Me pelé la rodilla izquierda y también los dedos de la mano derecha. Imaginate cómo fue el golpazo que eso fue casi en invierno y se me rompió el pantalón y también la calza que tenía abajo. En un momento no sé si lloraba más por lo que nos había pasado, por lo que ya no era más o por mi rodilla que no paraba de sangrar. No me olvido más de las gotas escarlata en el suelo y de la búsqueda frenética de algo, lo que fuera que tuviera a mano para parar la hemorragia… y mientras todo eso pasaba yo no podía parar de llorar. No eran sollozos, ni quejidos, era un señor llanto, de esos que te dejan sin respiración, que suenan tanto afuera como adentro, de esos que no te dejan avanzar. Y vaya si no podía avanzar; ¡estaba tan rota como mi rodilla!
Rota, esa es la palabra. Y ahora que lo pienso, suena parecido a rótula, que justamente es el hueso de la rodilla. Yo estaba rota, amiga. Apenas podía caminar, apenas me quería levantar, apenas quería. ¿Y sabés qué fue lo peor que hice?, caretearla, fingir que todo estaba bien, que todo estaba perfecto, que yo estaba como si nada y justamente lo que me había pasado esa noche era NADA. Y, sin embargo, estaba equivocada, ¿sabes qué?, justamente hay que nadar, porque tal y como dice el dicho, el que nada no se ahoga. En vez de nadar en mis propias lágrimas, de llorar a mares, me callé y fingí. Me lavé la cara, me maquillé y me puse a cantar “Thank you, next”. Mientras tanto, mi rodilla seguía sangrando, el mero roce con los pantalones, una ducha demasiado caliente o una caminata intensa me mataban, la rodilla dolía, dolía horrores y en el fondo, yo también.
Un día lo volví a ver y ese “como si nada”, se volvió un “como si todo”, lloré hasta dejarme la cara hinchada. Lloré con mi mamá, que siempre lo odió, con mi hermanx, con mis amigas, con mis mascotas, sola, en el medio de la nada, en la montaña, en los lugares a los que iba con él, en el mar y hasta en un McDonald’s. Me fui a llorar al baño de la facultad, lloré mientras me bañaba, en el boliche cantando un reggaetón, cuando te vi y me preguntaste por él. Recuerdo saludarte así nomás, amiga, decirte que me iba a comprar algo y que después volvería, pero en vez de eso, me fui a llorar al balcón, me abracé a mí misma y miré mi rodilla otra vez, para variar, sangraba.
Y el tiempo fue pasando, los meses también. ¿Lloré?, sí, obvio, pero cada vez menos. ¿Grité, pataleé y maldije? también, hasta que entendí que no había un por qué para todo esto, sino un para qué. ¿Para qué me tenía que pasar esto?, ¿para qué pasé por esto?, ¿para qué se fue esa persona que yo creía querer tanto?, ¿después de ella, quién vendrá? El tiempo, mientras tanto, siguió pasando…
Hoy viniste a verme, me dijiste que él se fue, estás rota, tanto que apenas te podés sostener y te entiendo, te entiendo tanto, por eso hoy te pedí que lloraras, que lloraras tanto como pudieras/quisieras porque lo necesitás, porque es sano, porque el que nada no se ahoga.
Ya es primavera y no puedo creer lo rápido que se nos pasó el tiempo ni cómo lo que antes me daba frío y dolor ya no me importa. Hace calor, empecé a usar vestidos y después de muchos meses vi mi rodilla por primera vez. La noche en que me hice la herida me hubiera venido bien tener una curita a mano, pero no tenía nada a mano y donde antes estaba esa herida, hoy hay una cicatriz. Él, ese por el que me dejé de lado tantas veces ya tampoco es herida, sino que es una cicatriz, un recordatorio de que ese día, en ese momento específico algo se rompió, algo me dolió más que la mierda y que con el tiempo, pero más que nada con verdadero amor, eso que estaba tan roto, yo que estaba tan rota, también sané y espero que pase lo mismo.
¿Te acordás que te dije que todo esto tenía un para qué? Y que me preguntaba después de esta persona que se fue, ¿quién vendrá?, bueno, la persona que vino fui yo misma; mientras él estaba, yo me perdía, cuando él se fue, yo me gané. Acá me tenés, amiga. Llorá que te abrazo, ahí donde duele, ahí donde está roto, también va a sanar.


Para Paula. <3

lunes, 16 de septiembre de 2019

Ya no

Un día pasó
Lo que esperaba y lo que no,
Lo que me temía
y lo que para todos siempre fue mejor
Un día pasó y dije "ya no".
Ya no te extraño, ni siempre, ni de a ratos,
ni de a horas, ni de a instantes,
ya no te extraño nunca.
Ya no te quiero, ya no te creo
y eso que creer y querer van de la mano
porque los dos requieren confianza
porque los dos requieren esperanza
y no tuvimos ninguna de las dos
cualquiera de mis esfuerzos siempre fue vano.
Ya no, ya no más
ya no vengo, ya no vas
ya no voy a volver, ya no vas a llegar.
Ya no vamos a jugar, ni a soñar, ni a acampar
Ya no vamos a comer, a coser ni a correr
Ya no vamos a ir, a sentir, a existir
Ya no hay verbo que nos abarque
Ya no hay beso que nos arranque
Ya no.
Un día pasó,
Lo que esperaba y lo que no
dije "ya no"
Y lo que pasaba, pasó
pero ya no, ya no más.

sábado, 24 de agosto de 2019

11056- En sus zapatos

11056- Me aturdió. Y fue tanto y tan fuerte el ruido que aun hoy no recuerdo cómo volví a casa. Solo supe-y porque me contaron-que llegué, arrojé las zapatillas contra la pared y sin decir nada me fui a dormir. Los días, las semanas y los meses fueron pasando y por más que lo intenté, jamás pude volver a ponerme esas zapatillas. Primero dije que me daba pereza limpiarlas, porque estaban llenas de barro, papel picado y otras cosas que no recuerdo. Después dije que era porque tenían un agujero, igual que yo, desde la misma madrugada y luego, simplemente, usé otros zapatos que estaban listos para usar.
Una temporada después, quise volver a usarlas, amaba mis Reebok negras, pero me era imposible; no las podía ni ver, se convertirían en alimento de cobayos tarde o temprano, indefectiblemente. Como me visto igual desde los 15, busqué exactamente el mismo modelo por todas las tiendas habidas y por haber y recorrí media provincia, esas zapatillas rondaban los seis años y habían vivido conmigo momentos únicos, miles de primeras veces y aquella última vez que tanto me aturdió.
"Señora, ese modelo no se fabrica más, pero seguro este le va a sentar mejor, es mejor". Descreí de las palabras del vendedor, pero sí, el nuevo modelo era mejor. No sé qué ironía del destino, en ese momento lo entendí: yo no podía volver a lo mismo, a ese mismo patrón, a pisar esos mismos lugares, a (simbólicamente) ponerme la misma ropa sucia después de bañarme. Nada podía volver a ser lo mismo, nada podía volver a ser igual. Mi yo se había ido con las zapatillas viejas, ahora solo me quedaba dar pasos nuevos. Ahora solamente me quedaba empezar de nuevo.