viernes, 2 de agosto de 2019

Chau

Hoy descubrí que no quiero seguir escribiendo sobre vos. Que quiero enterrarte. Que quiero despertarme una mañana o dormir una noche entera sin siquiera recordar que alguna vez exististe.
Hoy te soñé, tan real, tan nítido como todas las otras noches, pero no quiero que te me aparezcas más, ni que vuelvas, ni nada. Por mí quedate ahí, bien lejos, convertite nada más en un recuerdo, o quizá ni siquiera en eso. A veces siento que eras todo para mí, todo lo bueno, todo lo malo, esa persona con la que quería todo, el resto de mi vida, o mientras me durara el para siempre. Ahora solo quiero que te esfumes, que seas la nada misma, que no existas en mi pantalla, ni en mis memorias, ni en mis historias. No quiero que existas para nada. 
Andate, volvete. Dormite. Desaparecete. 
Esta es la última vez que escribo sobre vos. 
Esta es la última lágrima.
Este es el último adiós.
Chau. 

Tenías que ser vos (Póstumo)

Descubrí, casi de zopetón, cuál era tu frase de cabecera. También me enteré de que te gustaban las gaseosas light. Esas que tomabas con mi superhéroe preferido mientras te ponías hablar de asuntos internos, que solo ustedes dos entendían.
Pasábamos mucho tiempo juntos, cada vez más. A veces, hasta se hacía de noche. Eso en verano y en Mendoza es un montón.
Cuando iba a rendir, no te decía, no quería que nos comparáramos y, a decir verdad, tampoco quería decepcionarte. El lunes siguiente me enteré de que aprobé y fuiste el primero en saberlo, cómo no? tenías que ser vos.
Para festejar, encendimos un cohete en algún lugar igual de verde.
 Las siguientes veces que rendí, también fuiste el primero en saberlo. "Oficialmente somos colegas", te escribí aquella mañana. El resto de las horas de ese día las pasé a tu lado.
Ese día resultó seer inolvidable. Vos empezabas a serlo.

miércoles, 24 de julio de 2019

Volantazo

-Me podría haber muerto. Esa noche podría haberme muerto. Y me daba absolutamente igual.
Ella me escuchó y no pudo evitar llorar. Agarré un puñado de pañuelitos descartables y seguí mi relato.
-No me acordaba de nada, no me quería acordar. Solo me habían quedado sus palabras, esas que hicieron un hueco tan grande y tan hondo que no sé si algún día voy a volver a llenar. Solo tenía vestigios de esa noche, de lo que fui, de lo que éramos. Me acuerdo de agarrar mi tapado rojo y cerrar la puerta con furia, de que puteé a una señora y crucé la acequia, pero después no me acordaba más nada, no me acuerdo. No sé cómo fue que saqué esa foto que te dije o en qué momento me desvestí o qué hice después. Tenía todo borrado, hasta hoy, que soñé que me moría.
-¿Y te veías linda de muerta?
-Tenía los ojos hinchados. Como cuando me los vi en un espejo después del mediodía. El auto dio un volantazo, bueno, lo dio él. Casi volcamos, eso pensé. Cerré los ojos y siguió manejando, pero yo pensé por segundos, por milisegundos que podía estar muerta. Tuve la misma sensación que cuando tenía 10 años, mi tío manejaba y de un supermercado salió un Falcón verde y no pudo frenar; mamá se rompió la nariz por proteger a mi hermanito y a mí me dolía la cara. Fue lo mismo que sentí en la alameda, cuando iba en un auto repleto, un taxi salió de la nada y también chocamos. Yo estaba en la misma posición que en el auto de mi tío y también me golpeé la cara. Estaba igual de aterrada, pero esas dos veces no pensé que me iba a morir, ahora sí. Y no puedo parar de llorar. Me podría haber muerto, me podría haber matado tantas veces.
-Por algo no fue ninguna, para algo...
Asiento.
-A vos no te importaba morir, porque no te importaba tu vida y eso pasa solamente cuando estás muerto, ¿no?
Me quedo pensativa.
-¿Sabés lo que creo?, que vos ya estabas muerta.
-¿Qué?
-Sí. Vos estabas muerta. Ese volantazo solamente te despertó. Si ahora llorás, es porque volviste a nacer.
(Silencio largo)
-Felicidades.

viernes, 5 de julio de 2019

Sí, vos (póstumo)

Era febrero y me acuerdo que llegaste, no recuerdo con quién, o sí, pero no viene al caso. La cuestión era que habías vuelto. Yo estaba por empezar a escribir, pero no sabía de qué o de quién. Había decidido que quería traducir y como siempre fui muy tozuda y obstinada, sabía que lo lograría. Vos te me sentabas al lado, me contabas historias tuyas y de otros, hablabas de lo mucho que odiabas Fahrenheit 451 que, por lejos, siempre fue mi libro favorito. Te gustaba Bradbury, sí, pero no ese libro. Me recomendaste a Truman Capote, todavía no lo leo.
Esa semana tenías un examen. Jamás te vi tan acelerado como aquella mañana. Ibas y venías, ibas y venías del primer al segundo piso, hasta que te llegó el momento y los que estábamos ahí, sentimos esa misma ansiedad que vos estabas destilando. Predije la nota que te ibas a sacar.
Después de esa tarde, desapareciste del mapa y yo no entendía por qué. En un escueto mensaje, me dijiste que estabas bien. Jamás te creí y estaba en lo cierto. Sí, me importaba que estuvieras bien. Sí, me importabas. Sí. Vos.

Mi persona (póstumo)

Empiezo a escribirte hoy, con la certeza de que quizá nunca me leas. Pensaba en hace un año, cuando no tenía dimensión real de qué tan importante ibas a ser en mi vida, ni siquiera en el próximo año que estaba por venir.
Te había visto tres veces, nos habíamos sacado una selfie, pero te odiaba. Me parecía hasta invasivo que me hubieras empezado a seguir en Instagram tan de repente, te sentía como un ególatra más, y lo peor de todo: no podías parar de fumar, algo que a mí siempre me pareció un hábito asqueroso.
Con el tiempo, me di cuenta de que el tabaco era parte de tu olor y en vos, justamente en vos, me parecía exquisito, ideal. El café instantáneo y ese perfume del que aún hoy no me sé el nombre también hacían ese "olor a vos" del que tantas veces te hablé.
Hoy, más de un año después de ese momento, me doy cuenta de que te quiero como a nadie, como no sabía que podía, como no sabía que quería poder querer. Y te me estás por ir de nuevo y a mí se me parte el alma de solo pensar que quizás vuelva a abrazarte ya en febrero, marzo tal vez.
Mi amigo, mi humano, mi compañero, mi persona hecha mar. Mi persona.

viernes, 24 de mayo de 2019

El hueco

A veces duele más, a veces menos. Hay días que lo siento como todo un abismo, como un señor agujero que me come en carne viva, que me echa ácido sobre las heridas, que apenas me deja respirar y que, a duras penas, me deja ser.
Está ahí, lo veo y en ocasiones siento que hasta me habla, que por cada paso que doy me recuerda todo lo que hubo atrás, eso que fuimos, eso que quisimos ser, eso que se extinguió sin que siquiera lo pudiera prever.
Duele, sí, duele como una puñalada, arde como una cortada por papel un raspón dejado a merced de la sal del mar, hiere como todo lo que no vuelve, como todo lo que nunca más volverá a ser como antes. A veces siento que me mata, otras, que me recuerda que siento y que por ende, todavía estoy viva.
A veces, el hueco me deja reírme a carcajadas y estoy bien y siento la brisa, el sol y que la vida se me reinicia, que puedo salir a flote, que puedo con todo. Otras veces, el hueco me hunde, me deja en el inframundo, me aliena, me enajena y por último me rompe y me astilla, como si fuera de cristal, como si todo lo que tocara también me fuera a dañar.
No puedo hablar del hueco sin llorar, como tampoco puedo hablar de quien antes lo ocupaba, ese que me dejó sin voz, ese que me dejó tan pero tan vacía que me dejó sin puntos cardinales. Me dejó, me botó, me duele, me hiere. Es el hueco, es el hueco el que me recuerda que él está, que existe, que fue, que no puedo apretar delete y borrarlo de mi vida, que no puedo apretar rewind para desconocerlo.
Es él. Él es el hueco y mientras sea así, hueco, nada ni nadie va a poder llenar su lugar.

martes, 1 de enero de 2019

Adiós al colectivo 33

En 2002 mamá se cansó de ser el chófer de la familia y vendió el auto, era un Peugeot 504 azul
que antes había sido de mi nonno y que por más que quisiéramos ya no daba para más.
Desde ese entonces, tuve que aprender a manejarme en colectivo.
Eran otras épocas, el metrotranvía no estaba ni en los planes, la Mendobus era tecnología avanzada
y no hacía mucho que la facultad de Derecho estaba adentro de campus de la Universidad.
En ese contexto, más allá de los 170/180 que me llevaron a Maipú hasta que terminé el secundario,
el colectivo que más tomaba era el 33 Godoy Cruz/Las Heras.
A veces iba a visitar a mi papá a su facultad, comíamos en el comedor y me atendía en el Damsu.
Durante el verano íbamos a la pileta del club y el año que mis viejos se divorciaron,
yo estaba por empezar el pre; jamás se me planteó otra cosa que estudiar en la universidad pública así
que de antemano ya sabía que iba a vivir prácticamente en el 30, que luego pasó a ser el 3 y después
simplemente el bondi.
Por ese entonces, el trasbordo tampoco existía y muchas veces salía del colegio con los minutos justos,
me sacaba el uniforme, me cambiaba e iba corriendo hasta el control. Había calculado 48 minutos entre
que salía de casa y pisaba la facultad. Quería ser médica, por culpa de Hollywood, pero esa ya es otra
historia.
Hace casi 9 años me fui a estudiar Comunicación Social a La Plata, pero siempre que volvía tenía
paso obligado por la Universidad; el Damsu seguía siendo mi obra social, las facultades hacían
actividades que me interesaban, podía hacer acelerados de idiomas y cada tanto visitaba a los
amigos que me habían quedado del pre y la secundaria. Por supuesto que seguía viajando en el 33.
Después de recibirme volví a Mendoza, ya con la idea de estudiar Inglés en la FFyL, también hice un
curso de Community Manager e iba a cuánto festival hubiera. El bondi ya no tenía el cartelito verde
sino luces LED que marcaban si iba a Godoy Cruz o a Las Heras; en 15 años y hasta ese momento,
jamás había confundido el recorrido, pero una tarde me pasó, por culpa de esos nuevos carteles y
 todavía no puedo entender cómo terminé en Las Heras sin saber cómo volver o para dónde ir.
A partir de febrero de este año, empecé a tomar el 33 todos los días, como hacía hace más de
10 años. Los 48 minutos de casa a la facu a veces eran más y otras menos, dependiendo de los
desvíos que hubiera. Llegué a tomármelo a las 6:30 de la mañana para guardar lugar en la primera
clase del miércoles o a las 22:30 después de haber estado yendo y viniendo por todo el campus.
Esta semana fue la última vez; a partir del 2/01 ese recorrido desaparece y tendré que calcular de
nuevo cuánto me tarda llegar a la Universidad y desde dónde, probablemente me pierda y termine
en Las Heras, Guaymallén o San Juan, pero ya no será una anécdota hasta graciosa y quizá tenga
que levantarme muchísimo más temprano o caminar por lugares que antes había obviado.
Por lo pronto, siento que se me termina una historia y por más que quiera minimizarlo,
no puedo evitar lo agridulce de esa sensación.


Te voy a extrañar Mercedes Benz con chofer, ojalá con tus nuevos colores y tu nuevo recorrido
llenes de historias a mucha más gente. Yo no te voy a olvidar viejo amigo.