sábado, 24 de agosto de 2019

Al olvido, olvídalo

Me olvidé de cómo te gustaba el café. Y de si preferías lo dulce o lo salado. Me olvidé de cuántas cucharadas de azúcar le ponías al té. Y del punto de cocción en el que te gustaba el asado.
Me olvidé de cuál de todos tus lunares era el que más me gustaba. Y también de cómo sonaba tu despertador. Me olvidé de la marca de cigarrillos que fumabas. Y del modo en que te tapabas los ojos en las mañanas, ante el más mínimo resplandor.
Me olvidé de tu risa y de esas lágrimas que delante de mí jamás te esforzaste en ocultar. Y de tus bromas y el modo en que siempre lograbas que las creyera. Me olvidé de tu pelo con olor a Sedal y de por qué alguna vez te comparé con el mar.
Me olvidé de tantas, pero tantas cosas, que a veces creo que ni siquiera fuiste de verdad. Me olvidé de eso que me hacía querer verte, de eso que creía que a tu lado no era soledad. Y de que no hubo nadie que no me dijera que lo mejor era perderte.
Te olvidé, sí. Y de tanto olvidarte, también me olvidé.

viernes, 2 de agosto de 2019

Chau

Hoy descubrí que no quiero seguir escribiendo sobre vos. Que quiero enterrarte. Que quiero despertarme una mañana o dormir una noche entera sin siquiera recordar que alguna vez exististe.
Hoy te soñé, tan real, tan nítido como todas las otras noches, pero no quiero que te me aparezcas más, ni que vuelvas, ni nada. Por mí quedate ahí, bien lejos, convertite nada más en un recuerdo, o quizá ni siquiera en eso. A veces siento que eras todo para mí, todo lo bueno, todo lo malo, esa persona con la que quería todo, el resto de mi vida, o mientras me durara el para siempre. Ahora solo quiero que te esfumes, que seas la nada misma, que no existas en mi pantalla, ni en mis memorias, ni en mis historias. No quiero que existas para nada. 
Andate, volvete. Dormite. Desaparecete. 
Esta es la última vez que escribo sobre vos. 
Esta es la última lágrima.
Este es el último adiós.
Chau. 

Tenías que ser vos (Póstumo)

Descubrí, casi de zopetón, cuál era tu frase de cabecera. También me enteré de que te gustaban las gaseosas light. Esas que tomabas con mi superhéroe preferido mientras te ponías hablar de asuntos internos, que solo ustedes dos entendían.
Pasábamos mucho tiempo juntos, cada vez más. A veces, hasta se hacía de noche. Eso en verano y en Mendoza es un montón.
Cuando iba a rendir, no te decía, no quería que nos comparáramos y, a decir verdad, tampoco quería decepcionarte. El lunes siguiente me enteré de que aprobé y fuiste el primero en saberlo, cómo no? tenías que ser vos.
Para festejar, encendimos un cohete en algún lugar igual de verde.
 Las siguientes veces que rendí, también fuiste el primero en saberlo. "Oficialmente somos colegas", te escribí aquella mañana. El resto de las horas de ese día las pasé a tu lado.
Ese día resultó seer inolvidable. Vos empezabas a serlo.

miércoles, 24 de julio de 2019

Volantazo

-Me podría haber muerto. Esa noche podría haberme muerto. Y me daba absolutamente igual.
Ella me escuchó y no pudo evitar llorar. Agarré un puñado de pañuelitos descartables y seguí mi relato.
-No me acordaba de nada, no me quería acordar. Solo me habían quedado sus palabras, esas que hicieron un hueco tan grande y tan hondo que no sé si algún día voy a volver a llenar. Solo tenía vestigios de esa noche, de lo que fui, de lo que éramos. Me acuerdo de agarrar mi tapado rojo y cerrar la puerta con furia, de que puteé a una señora y crucé la acequia, pero después no me acordaba más nada, no me acuerdo. No sé cómo fue que saqué esa foto que te dije o en qué momento me desvestí o qué hice después. Tenía todo borrado, hasta hoy, que soñé que me moría.
-¿Y te veías linda de muerta?
-Tenía los ojos hinchados. Como cuando me los vi en un espejo después del mediodía. El auto dio un volantazo, bueno, lo dio él. Casi volcamos, eso pensé. Cerré los ojos y siguió manejando, pero yo pensé por segundos, por milisegundos que podía estar muerta. Tuve la misma sensación que cuando tenía 10 años, mi tío manejaba y de un supermercado salió un Falcón verde y no pudo frenar; mamá se rompió la nariz por proteger a mi hermanito y a mí me dolía la cara. Fue lo mismo que sentí en la alameda, cuando iba en un auto repleto, un taxi salió de la nada y también chocamos. Yo estaba en la misma posición que en el auto de mi tío y también me golpeé la cara. Estaba igual de aterrada, pero esas dos veces no pensé que me iba a morir, ahora sí. Y no puedo parar de llorar. Me podría haber muerto, me podría haber matado tantas veces.
-Por algo no fue ninguna, para algo...
Asiento.
-A vos no te importaba morir, porque no te importaba tu vida y eso pasa solamente cuando estás muerto, ¿no?
Me quedo pensativa.
-¿Sabés lo que creo?, que vos ya estabas muerta.
-¿Qué?
-Sí. Vos estabas muerta. Ese volantazo solamente te despertó. Si ahora llorás, es porque volviste a nacer.
(Silencio largo)
-Felicidades.

viernes, 5 de julio de 2019

Sí, vos (póstumo)

Era febrero y me acuerdo que llegaste, no recuerdo con quién, o sí, pero no viene al caso. La cuestión era que habías vuelto. Yo estaba por empezar a escribir, pero no sabía de qué o de quién. Había decidido que quería traducir y como siempre fui muy tozuda y obstinada, sabía que lo lograría. Vos te me sentabas al lado, me contabas historias tuyas y de otros, hablabas de lo mucho que odiabas Fahrenheit 451 que, por lejos, siempre fue mi libro favorito. Te gustaba Bradbury, sí, pero no ese libro. Me recomendaste a Truman Capote, todavía no lo leo.
Esa semana tenías un examen. Jamás te vi tan acelerado como aquella mañana. Ibas y venías, ibas y venías del primer al segundo piso, hasta que te llegó el momento y los que estábamos ahí, sentimos esa misma ansiedad que vos estabas destilando. Predije la nota que te ibas a sacar.
Después de esa tarde, desapareciste del mapa y yo no entendía por qué. En un escueto mensaje, me dijiste que estabas bien. Jamás te creí y estaba en lo cierto. Sí, me importaba que estuvieras bien. Sí, me importabas. Sí. Vos.

Mi persona (póstumo)

Empiezo a escribirte hoy, con la certeza de que quizá nunca me leas. Pensaba en hace un año, cuando no tenía dimensión real de qué tan importante ibas a ser en mi vida, ni siquiera en el próximo año que estaba por venir.
Te había visto tres veces, nos habíamos sacado una selfie, pero te odiaba. Me parecía hasta invasivo que me hubieras empezado a seguir en Instagram tan de repente, te sentía como un ególatra más, y lo peor de todo: no podías parar de fumar, algo que a mí siempre me pareció un hábito asqueroso.
Con el tiempo, me di cuenta de que el tabaco era parte de tu olor y en vos, justamente en vos, me parecía exquisito, ideal. El café instantáneo y ese perfume del que aún hoy no me sé el nombre también hacían ese "olor a vos" del que tantas veces te hablé.
Hoy, más de un año después de ese momento, me doy cuenta de que te quiero como a nadie, como no sabía que podía, como no sabía que quería poder querer. Y te me estás por ir de nuevo y a mí se me parte el alma de solo pensar que quizás vuelva a abrazarte ya en febrero, marzo tal vez.
Mi amigo, mi humano, mi compañero, mi persona hecha mar. Mi persona.

viernes, 24 de mayo de 2019

El hueco

A veces duele más, a veces menos. Hay días que lo siento como todo un abismo, como un señor agujero que me come en carne viva, que me echa ácido sobre las heridas, que apenas me deja respirar y que, a duras penas, me deja ser.
Está ahí, lo veo y en ocasiones siento que hasta me habla, que por cada paso que doy me recuerda todo lo que hubo atrás, eso que fuimos, eso que quisimos ser, eso que se extinguió sin que siquiera lo pudiera prever.
Duele, sí, duele como una puñalada, arde como una cortada por papel un raspón dejado a merced de la sal del mar, hiere como todo lo que no vuelve, como todo lo que nunca más volverá a ser como antes. A veces siento que me mata, otras, que me recuerda que siento y que por ende, todavía estoy viva.
A veces, el hueco me deja reírme a carcajadas y estoy bien y siento la brisa, el sol y que la vida se me reinicia, que puedo salir a flote, que puedo con todo. Otras veces, el hueco me hunde, me deja en el inframundo, me aliena, me enajena y por último me rompe y me astilla, como si fuera de cristal, como si todo lo que tocara también me fuera a dañar.
No puedo hablar del hueco sin llorar, como tampoco puedo hablar de quien antes lo ocupaba, ese que me dejó sin voz, ese que me dejó tan pero tan vacía que me dejó sin puntos cardinales. Me dejó, me botó, me duele, me hiere. Es el hueco, es el hueco el que me recuerda que él está, que existe, que fue, que no puedo apretar delete y borrarlo de mi vida, que no puedo apretar rewind para desconocerlo.
Es él. Él es el hueco y mientras sea así, hueco, nada ni nadie va a poder llenar su lugar.