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domingo, 2 de diciembre de 2018

Sin condiciones

No puedo hacer más. No puedo hacer más cosas, por más de que por vos haría mil y una. Dos mil. Infinitas.
No puedo escocerte las heridas, curarte el alma o juntar los pedazos rotos de lo que alguna vez fuiste.
No puedo reparte, hacerte de nuevo o reconfortante ahora, cuando se que todavía ni siquiera te podés encontrar con vos mismo.
No puedo dejar que te enloquezcas, no quiero dejar que te caigas. No puedo dejarte ir. No quiero dejarte.
No puedo quitarte la lluvia de los ojos, descorrerte el pelo de la frente y confortar te , decirte que todo va a estar bien, que esto ya va a pasar y que es solo un mal trago, o peor aun, un mal recuerdo
No puedo porque a veces siento que ni yo me puedo...
Solo sé que cuando te abrazo y te abraso me puedo olvidar del mundo. Quiero rodearte tanto y tan fuerte como pueda. No me quiero ir, no me quiero bajar.
No puedo muchas cosas, pero si puedo estar a tu lado, en esta también. Sí puedo cubrir tu cabeza con mis brazos, sí quiero dejarte respirar y que me latas justo en el hueco que forman mi cuello, mi pecho y mi hombro... Y que latas cada vez más fuerte.
Lo único que nunca voy a dejar de hacer es quererte sin condiciones. Como a nada, como a mi todo, como a nadie.
Como nunca y como siempre. Sin condiciones.

viernes, 26 de octubre de 2018

Te vi

Te vi. Si de algo estoy segura es de que yo sí te vi…
Escribo estas líneas después de haber pasado tres días y tres noches enteras con vos, no siendo mi única compañía, pero sí la más importante.
Recién me largué a llorar a mares, no porque esté triste, porque me algo me duela, o por cualquiera de las razones convencionales por las que una lloraría.
Si estoy llorando es porque no doy, todavía, crédito de todo lo que pasamos.
Te vi ponerte al hombro esta campaña como a nadie, aprender a cocer de la nada, cargar con un mundo de cosas en el auto, en el alma y en la vida y no flaquear, o al menos no demostrarlo. Te vi dejar cosas que amabas, que creíste que jamás ibas a dejar de lado o que te parecían importantes, por (al menos) tratar de estar en todas, por acompañarnos a todos y cada uno y por ser para todos, ese compañero y amigo incondicional que nunca nos soltó la mano y siempre nos incentivó a ser mejores como compañeros de militancia sí, pero también como personas.
Yo te vi. Yo te vi poner música cuando no querías hablar, te vi cantar a los gritos las canciones de la Franja, te vi llorar, te vi disimularlo, te vi reír a carcajadas, saltar de la emoción, abrazarnos a todos y cada uno y cuidarnos como si fuéramos familia.
Yo te vi, Kevin. Te vi temblar el minuto antes de lanzarte a hablar en la asamblea sobre lo mucho que querés a la Franja. Te vi bancando los trapos en la campaña de Consejo, por más roto que estuvieras. Te vi en el Consejo Directivo, llevándole la contra al decano. Te vi defendiendo la educación pública. Te vi como a nadie, te vi como nadie. 
Te vi volverte estrella y también estrellarte y juro que no sé si te quise y te admiré más cuando te “convertiste en héroe” o cuando, por fin, te reconociste humano.
Justamente por todo, por absolutamente todo eso, cada día te quiero y te admiro más. 
No hay, no hubo y quizá no habrá tranquilidad más grande que saberte en esos lugares y en esos momentos en los que yo me cuestionaba un millón de cosas, pero no dejabas de estar y, es más, te quedabas más que nunca. Te aferrabas a lo que más querías sin dar el brazo a torcer y luchaste con uñas y dientes, adelante y sin cesar. 
Pasamos una batalla, sé que vamos a pasar mil más… juntos.
 Te quiero tanto que ya no se puede cuantificar. Quizá las palabras para poder expresarlo, todavía no se inventaron.
Ti voglio tanto bene caro mio, forever. 

(A Kevin Sotelo, mi mejor amigo)

sábado, 25 de marzo de 2017

Nunca Más (esta vez, en serio)

Hace 41 años te mataban no sólo por lo que creías, no sólo por lo que pensabas, sino también por lo que creían que podías llegar a hacer con todo eso que pensabas. La dictadura, las muertes, las torturas independientemente de las banderas políticas fueron padecidas por todo el pueblo argentino. 

Un pueblo sin memoria se condena a sí mismo a repetir una y otra vez los errores u horrores del pasado. Nuestra memoria, como argentinos, como militantes y como ciudadanos no es ni debería ser un habitáculo vacío que se prende porque sí en días específicos y luego se vuelve a dejar en stand by. No. Nuestra memoria está cargada de emociones, no es peso muerto, no es algo inerte. Nuestra memoria late, es nuestro valor agregado. Nuestra madurez social y política es la que hoy apaña a la democracia como sistema de gobierno y es esa democracia la que todos los días tenemos que salir a defender e incorporar en todos nuestros actos.

No nací sabiendo nada. Como a muchos otros, que nacieron (nacimos) en democracia, me lo incorporaron. Primero fueron mis viejos, después la escuela, los libros, los medios, quienes esa mañana de hace 40 años se despertaron y estaban en dictadura, quienes no vivieron para contarla, pero viven de otras formas...

Yo no lo viví, pero puedo y elijo transmitirlo y sé que no soy la única. Entre todos estamos creando las bases para que las generaciones futuras no tengan, al igual que nosotros, ni un atisbo de duda a la hora de levantar las banderas de quienes ayer lucharon para que hoy podamos ser libres en convicción y pensamiento. 

Ni tenemos que olvidarnos de dónde venimos y tampoco tenemos que perder de vista hacia dónde vamos ni por qué luchas bregamos. Queda mucho camino para tener el país que soñamos y si inclusive en democracia nos sigue faltando gente, como sociedad, no podemos estar completos. Que el NUNCA MÁS nos dure para SIEMPRE.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Desde Adentro

No iba a escribir nada, no porque no sintiera nada, sino porque pensaba que ya estaba todo dicho, pero, ¿qué hay más lindo que poder contarle al mundo sobre esas cosas que te pasan tanto y tan fuerte que prácticamente te atraviesan?
Muchas otras veces había escrito sobre la Franja, lo que significaba para mí, lo que veía desde afuera, lo que creía que era, lo que pensé que podía sentir o no y muchas otras historias mínimas. Sin embargo, estar en el fondo y desde adentro es lo máximo.
Hoy, después de tres días intensos en todo sentido, nada ni nadie me borra la sonrisa de la cara. Por los dos mil y pico de alumnos que depositaron su confianza en nosotros y en lo que hacemos todos los días; porque ese mismo compromiso con lo que decimos y lo que hacemos es el que nos mantiene donde estamos, conduciendo el Centro de Estudiantes de Ciencias Económicas desde hace 23 años; porque la gente que te conoce, que vio que en estos días estuviste a sol y a sombra enclaustrada en la facultad no hace más que felicitarte y alegrarse por tu felicidad.
Me duelen los pies, mucho, muchísimo, como si hubiera estado en un pogo eterno. Casi no tengo voz, porque en tres días paré a tanta gente para contarle qué estábamos haciendo, qué hicimos y qué pensamos/sentimos al hacer y canté tanto una vez finalizado el escrutinio, que hasta reírme o tragar son actos que cuestan un montón. Dormí todo el día, como condenada, como si no hubiera mañana, porque no hay mayor tranquilidad que la que tengo en este momento, sabiendo que una vez más hicimos hasta lo imposible y como siempre y como nunca, vamos por más.
Éramos, somos una banda, una fiebre que se extendía por todos los pasillos y todos los rincones de la facultad: la puerta de 48, la de 47, todas las escaleras, el bicicletero, el subsuelo, la veda. Giraras donde giraras, la facultad destilaba morado. Éramos alrededor de 60 militantes distribuidos por donde se te ocurriera y sin embargo, nada de lo que hicimos lo podríamos haber hecho solos, sin el apoyo fundamental de mucha, muchísima gente que a lo largo de este proceso nos acompañó incondicionalmente como los becados, los ex militantes, los graduados, las madres, los padres, los hermanos, primos, tíos, sobrinos, novios, piques, los correligionarios de toda la ciudad y más allá y los alumnos y amigos que siempre supieron que no sólo estábamos soñando con una facultad todos los días un poquito mejor, sino que también la estábamos haciendo. Me falta gente y seguro se me escapa, se me sale por los poros o es parte de otras historias mínimas, pero todos estuvieron ahí y por y gracias a ellos vamos a seguir estando, garantizando la educación pública, gratuita y de excelencia, hasta el infinito y más allá. Hoy y siempre Franja Morada.


PD: un gracias total, para la banda del bicicletero (Anto, Juan, Enzo, Guada, Fefo, Lu, Juanma y Agus, que desde el fondo y hacia arriba, la rompió.


sábado, 27 de agosto de 2016

Morado corazón

Son las seis y media de la mañana. Es lunes y este es el primer cambio del día, el primero de muchos, a lo largo de toda la semana. Vine con la morada puesta a la facultad. Tengo una hasta para dormir, pero esa es otra historia. Yo estoy acá a punto de salir a la mesa y me sobran los motivos para hacerlo. En las buenas y en las malas. Siempre.
Un verano íbamos con mamá pasando por el comité de calle Alem, en la ciudad de Mendoza y ella que siempre dijo que haría política y que le iría bien, pero estaba desencantada, me confesó a voz baja “mi corazón es radical, cuando yo iba a la facultad esa impronta estaba muy marcada, como será que la tía me había tejido boinas blancas. Yo iba a ver a fulano o mengano a los actos que hacían y ni hablar de que votaba a la Franja. Derecho la sigue conduciendo la Franja, vos fijate.” Me brillaron los ojos.
A la semana me afilié al partido. Pero el momento que marcó un antes y un después fue cuando un domingo a la noche, un correligionario me dijo “venite mañana para el Cece”. Empecé a militar en Franja Morada.
Todo parecía muy sencillo: había que estar en la mesa, decir las aulas-y decirlas bien-, hacer los cambios cada tres horas, panfletear y re-panfletear y listo. Un día alguien me preguntó qué hacer si había rendido por quinta vez mal un final y estaba cursando la correlativa de la materia que tenía que recursar y se me vino el mundo abajo. Tenía alguien atrás para decirlo, pero yo tenía la responsabilidad de encontrar una solución cuando no hubiera nadie más. Si alguien recurría a mí, tenía que ser yo quien se preocupara en darle una respuesta.
Con el correr del tiempo venía alguien que decía que no podía pagar las fotocopias, otro que no entendía ni jota de lo que Etkin decía u otro que no sabía ni por dónde empezar a leer para tal o cuál materia. Y ahí estaba yo, parada, intranquila, buscando soluciones, improvisando, aprendiendo a los ponchazos qué era eso de militar en una agrupación que hacía más de veinte años era el centro de estudiantes.
-A la remera no te la podés poner por nadie, esto lo tenés que hacer por vos, porque te sale, no por obligación- me dijo un ex presidente.
-A la remera te la vas a ganar militando, saliendo a garantizar todos los días los derechos de los estudiantes-continuó un consejero.
Y todavía me acuerdo de la emoción y el orgullo que sentí cuando lo vi al gordo, que bajaba del ascensor con dos remeras y me alcanzó una.
-Es talle M, fijate si te queda.
Me quedó perfecta. Así empezó. Así seguí. Así entendí que nosotros, todos, los casi 70 que somo-y creo que me quedo corta- no militamos por ganar un voto más o menos. Hacemos la diferencia todos los días, por el solo hecho de estar ahí, desde el curso de ingreso hasta el Festejo Responsable. Quienes nos eligen para estar donde estamos no depositan un papel, sino otras cosas muchísimo más valiosas: la confianza, la convicción, la seguridad y la certeza de que siempre van a tener alguien que mueva cielo y tierra para garantizar sus derechos.
Yo milito porque estoy convencida de que como decía Mandela “la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo” y más que un arma, yo siempre la vi como una herramienta, LA herramienta para cambiar no sólo el mundo, sino TU mundo, ese que se construye y cambia, que es tuyo por el solo hecho de ser persona y que es único como uno mismo.
Puedo estar pateándome las ojeras, sin poder ponerme al día con las quinientas mil cosas que tengo que hacer, muerta de frío los sábados a las ocho de la mañana con la puerta de 47 abierta, sin saber qué voy a encontrar abierto para comprar comida porque ya son más de las 22 y todavía no me fui o doblando panfletos un domingo. Pero el día, mi día, vale la pena si con esfuerzo y constancia pude ayudar a alguien, resolver uno, diez o cien problemas y si aunque sea una de esas miles de personas que todos los días vienen a la mesa, me cruza por el pasillo, el aula o la biblioteca, sabe que voy a estar ahí y que puede contar conmigo cuando lo necesite.
Son las seis y media de la mañana. Es lunes y este es el primer cambio del día, el primero de muchos, a lo largo de toda la semana. Vine con la morada puesta a la facultad. Tengo una hasta para dormir, pero esa es otra historia. Yo estoy acá a punto de salir a la mesa y me sobran los motivos para hacerlo. En las buenas y en las malas. Siempre Franja Morada.