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martes, 23 de enero de 2018

La probadita

El ardor me quitó la respiración. Apenas pude reaccionar, perdí el aliento. El nudo en la garganta me latía casi como si fuera una bomba a punto de estallar; lentamente cada centímetro de mi piel se iba quemando. Di un suspiro, dos, diez. Era mi propio corazón el que me estaba aturdiendo. Aunque siquiera me lo hubiese propuesto, sabía que no podía hablar, que las palabras no eran lo suficientemente grandes para describir lo que ocurría.
Cerré los ojos, traté de volver a mi estado inicial, a la calma que precedió la tormenta de emociones que me iba poseyendo. Hiperventilaba, rugía, me estremecía. Traté. Traté de volver a mí, pero no pude.
Sentí su sabor corroyéndome, derritiéndome, derritiéndonos. Era delicioso, lo más rico que hubiera probado jamás, era irresistible. El fuego líquido, la insaciabilidad que había desplegado en mí no se extinguiría jamás, estaba segura. De ahora en más, no habría camino de regreso; yo nunca volvería a ser la misma.
Amarula querido, ¡gracias por existir!



domingo, 21 de enero de 2018

Y te soñé...

Ya era tiempo de que nos encontráramos. El inconsciente, dicen, no distingue a los vivos de los muertos y según una tribu de nosédónde y de nosécuándo, soñar con alguien, significa que lo incorporaste. Ayer soné con vos por primera vez en toda mi vida. Durante una siesta cualquiera, así de la nada y como si nada. Me asusté, me encantó. 

Siempre sueño con mi nonno, que me lleva a andar por ahí en su casa rodante, a la cancha de la Juventus o me canta canciones de su pueblo. Siento que nos visitamos, que rompemos las barreras del tiempo y del espacio, de la vida acá y un poco más allá. También sueño con gente que va y viene, que me busca y me encuentra, que pasa o deja de pasar, pero ayer fue distinto. Ayer soñé con vos, que tenés mis mismas iniciales y quizá mis mismos vicios. 

Yo soñé con vos, soñé que habíamos pasado toda nuestra vida juntos. Que jamás de habías ido tan intempestivamente como lo hiciste. Que evidentemente nos acompañábamos en todas, que éramos luz. Tenías el pelo cubierto de canas, se te marcaban las arrugas de la frente cuando enarcabas las cejas y te reías y se te achinaban los ojos, casi como a mí, igual que al tío.

Salías en televisión hablando de tus dos pasiones más grandes, el teatro y las letras. Hablabas y sonreías hasta con los ojos, aquellos ojos entre azules y verdes que quizá nadie heredará. Yo estaba detrás de cámara, mirándote, deleitándome con el mero hecho de escucharte y no podérmelo creer.

“Ella es mi nieta. Su blog empieza con la misma oración que la primera obra de teatro que estrené, allá por los 50. Ni siquiera lo sabíamos, pero ya nos conocíamos”

Y ahí desperté. Me asusté. Me encantó. 

Fixing That Hole

Y una vez que supe que se fue y que no volvería, hice lo mejor que podía hacer por ambos: borrar todo lo que nos unía. Fue así que aniquilé chats, rompí cartas con falsas promesas, eliminé fotos, silencié cuentas y tapé mi mente de cosas y cosas para evitar que él volviera, siquiera en pensamiento.

Cambié, cambié los muebles de lugar, ordené el ropero y reparé los libros deslomados, como si eso también me fuera arreglar a mí. Sentí la lluvia en mi pelo, el placer del café caliente en mis labios y el sueño, por fin, reparador en mi cuerpo. Caminé entre bandadas, cambié mi número para que no me encontrara, borre el suyo para no buscarlo, me alejé de las pantallas, de las caretas, de las formas. Me acerqué a mí.

"No estoy bien", confesé. "Me importa más de lo que pensaba", musité. Sí, estaba empezando a sentir que me movía el piso, cuando ya era tarde para alcanzarle. Sentía algo, sí, algo que como las llamas con el viento, se aviva y se aviva y de improviso, quizá también se apaga sin que te des cuenta. Sí, sí a todo, como los locos. Sí quiero. Esta noche también lo extraño, esta noche también lloré. Sí, lo amo.

Él se fue y yo me quedé acá, hecha un manojo de cosas que no dije y otras que me arrepentí de no hacer. Todo eso debo echarlo bajo tierra, apagar el fuego, mitigar el ardor, cerrar la puerta.
Pasará, sé que pasará, porque siempre lo hace. Pero no hay "mientras tanto" más duro que este. Puedo borrarlo de mil maneras diferentes, pero no existe ni una vacuna contra el mal de amores ni un tratamiento, que por mero arte de magia, arranque al amor de mi cuerpo, como si fuera una curita.

miércoles, 17 de enero de 2018

Ni el cielo es el límite

La Real Academia Española define a una utopía como un plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación.
Ningún libro dice (y tampoco dirá nunca), cómo, cuándo, dónde y por qué se llega al momento que le sigue a esa formulación: el de la concreción.
Soñar, imaginar o replantearse el mundo en función de que otro futuro, tanto propio como compartido, puede ser posible es un viaje de ida. Una vez que una idea zarpa de la mente es imposible detenerla, es imposible retenerla.

Sí, la utopía es universal y surge o surgirá en todas y cada una de las siete mil millones de cabezas que están poblando el planeta Tierra. Es una necesitad imperiosa y emergente. Es el impulso de y para hacer todo lo que sea posible para que eso que parece inalcanzable deje de ser una simple abstracción. 

No hay quien no quiera que sus lejanas elucubraciones mentales se concreten y se vuelvan palpables, tangibles y más que nada, reales. Nuestras. La práctica y la vida misma demuestran que, de forma contraria a lo dicho por cualquier diccionario, no quedan enclaustradas en un lugar inexistente; están en tantas mentes y en tantos lugares al mismo tiempo, que sería imposible universalizarlas, cuantificarlas y medirlas.  ¿Quién puede decidir cuánto peso tiene una con respecto a la otra?, ¿quién dice cuál vale más y cuál menos?, ¿quién puede decirle a otro cómo pensar?

Las utopías son, entonces, parte de la historia de un pueblo, construcciones mentales de sus habitantes, conjuntos de significados comunes y las impulsoras de los cambios más grandes que marcan la vida en conjunto de un país. Son de todos, porque no hay ser humano que viva sin ellas, no son de nadie, porque nacen como parte de la naturaleza misma formando una antítesis con la racionalidad. Pueden ser globales, porque también pueden ser compartidas y aunque se compartan, también son individuales y particulares, porque nadie las concibe de la misma manera y todos las aprehenden a su modo. Son viajes, esos catalogados como "viajes de ida" de los que nunca se puede volver de la misma manera en la que te fuiste. Imaginarse un mundo y miles siempre que quieras y siempre que puedas, es posible.  

Las ideas no se matan, las utopías como futuros lugares posibles, tampoco. Por más restricciones mentales y materiales a las que uno se haya expuesto a lo largo de su vida, para la mente ni el suelo es el tope, ni el cielo es el límite.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Non Sancta

Ni mi mente ni yo somos santas. No quiero quedarme dormida. No puedo, porque mi subconsciente me traicionará otra vez, lo sé. Sé que entre vaya a saber qué tipo de sueños diré tu nombre y no puedo arriesgarme siquiera a que alguien lo escuche, a que por fin algún incauto descubra lo que siento.
Es casi una ley, mi cuerpo y mi mente más despierta que dormida comunican cosas que quizá durante el día ni siquiera me atrevo a pensar.

Y no es que no te quiera, no. No es que no me pase nada con vos, ni que disfrute de esconderte como si fueras algo indebido o prohibido. Es simplemente que no quiero comprar la cartera antes de haber encontrado al cocodrilo. Soy así en todos los ámbitos de mi vida, esta no es la excepción.
Sé que voy a nombrarte, del mismo modo que antes nombré a otros, sé que entre respiración y respiración voy a desearte. Que no hay nada que quiera más que tenerte al lado, diciendo mi nombre.

Ni mi mente ni yo somos santas. Por eso sé que no me puedo quedar dormida, porque sé que voy a decir tu nombre. Como cuando mi papá entró y lo llamé por el nombre de un él o ese gélido agosto en el que alguien, por tenerme una sola vez, se creyó que me tendría para siempre, e irrumpió en mi cuarto buscando compañía y de mí recibió solo un “él, ¿sos vos?”
Y ni hablar de esa vez en la que una amiga me llevó borracha y engañada a una orgía, me desplomé en el suelo (y en el sueño) y por no poder parar de gritar “no, yo lo quiero a él, lo quiero a él, lo quiero a él” entredormida nadie me tocó un pelo e inclusive me felicitaron: estaba hasta las manos por él. Quizá por vos también.


Algún día voy a nombrarte con todas las letras, del derecho y del revés, hacia adentro y hacia afuera, subiendo y bajando, sin parar. Pero mientras tanto, sos mi placer más emergente, mi secreto mejor guardado, la palabra más sigilosamente pronunciada, una bomba de tiempo en mi garganta y ese deseo a punto de estallar. Ni mi mente ni yo somos santas… vos menos. Que duermas bien. 

sábado, 30 de septiembre de 2017

QueremeQuiero

Me carcomen las ganas de verte, me llenan, me invaden. Hacen de mi conciencia simples piezas que carecen de significado que luego sé que tengo que levantar, enmohecidas, repletas de vos y de todo, absolutamente todo lo que sea tuyo.

Cierro los ojos, te veo mirándome. Te siento, aunque sé que no estás. Que quizás no estés nunca.
Recuerdo tu pelo, siempre perfecto, invitándome a desentramarlo y desentrañarlo. No sólo quiero verte, quiero despeinarte.

Recuerdo tu piel, lo bien que se sentía junto con la mía, la primera vez que te toqué, mi estremecimiento, el brusco aumento del latido de mi corazón, la imperiosa necesidad de que esa sensación no se terminara más, las ganas de seguir recorriéndote con mis manos. No sólo quiero verte, quiero tocarte.

Recuerdo tus ojos, perfectos, perennes, inmunes a cualquier noción de tiempo... Nos mirábamos y no había ni chispas ni brillos ni fuegos artificiales. Simplemente, nos fundíamos, nos abrazábamos-y nos abrasábamos-y no importaba nada más. No sólo quiero verte, necesito volver a mirarte. Derretime otra vez.


Te quiero rodeándome con tus brazos, te quiero viéndome, te quiero queriéndome... ¿tan difícil será volver a verte?, ¡Quereme!, que yo te espero, yo te espero, yo también quiero...

jueves, 31 de agosto de 2017

Lady Di. Un día en la vida

Era 1997. Me gustaba mirar los dibujitos de las obras de Shakespeare en el Discovery Kids, alguna que otra novela y The Box el canal de música. Estaba “enamorada” de Leonardo Di Caprio desde que lo vi en la película Titanic, por eso, cada vez que veía el video de “My Heart Will Go On”, me entusiasmaba a más no poder. También le había cortado el pelo a una de mis Sailor Moon para que se pareciera al personaje de Kate Winslet y mis amigas y yo leíamos las revistas “Linda” y pasábamos los recreos viendo sus fotos y las de los Backstreet Boys, Aaron Carter o Brad Pitt.
En mi casa no había ninguna de esas cosas, estaba lleno de libros de Derecho, enciclopedias y otros ejemplares prohibidos para mi edad, así que si quería leer algo me tenía que conformar con unos tomos azules que hablaban de civilizaciones, historia contemporánea, artes y literatura. Mi favorito era el que trataba de personajes célebres, como Sherlock Holmes, Fausto, los Beatles o Juana de Arco. En medio de la DiCapriomanía descubrí la existencia de Winston Leonard Spencer Churchill y más allá de quién era, me gustaba repetir su nombre porque se llamaba Leonard, como el de Titanic y el de la Mona Lisa.
Para agosto, ya casi no pasaban “My Heart Will Go On” en la tele y los noticieros internacionales que veía con mis padres a la hora del desayuno pasaban a la Madre Teresa y Lady Di que se habían encontrado no sé dónde. La Madre Teresa salía en mi libro, le decían Teresa, como a una de mis tías que tenía carteles de Dios por todas partes, pero se llamaba Agnes y era de la India, que había sido territorio inglés. Ambas, Diana y la Madre Teresa siempre estaban cerca de gente carenciada, enferma o en condiciones de extrema vulnerabilidad. Eso, para mí, explicaba el encuentro de las dos.  Solo unas semanas después, a finales de agosto, la prensa mundial estaba abarrotada con las fotos de la madre Teresa, que se había muerto. Yo me enojé, mi libro ahora estaba desactualizado.
El 31 era domingo, me acuerdo porque esos días comprábamos el diario Los Andes casi religiosamente. Esa mañana en absolutamente todos los canales estaban las fotos del auto negro destrozado en el que viajaban Lady Di, el hijo del dueño del Ritz y un chofer borracho. Al día siguiente, desayunando en un McDonald’s no terminé mi té por leer la crónica del accidente, esa mujer tenía la edad de mi papá, dos hijos muy chicos y aparte el esposo no la quería… y la Reina menos. La Reina era la misma que cuando Churchill era primer ministro (y sigue siendo la misma). Churchill se llamaba Spencer y Lady Di era Diana Spencer. ¿William y Harry serán los que salen parodiados en el video de las Spice Girls? En mi libro no salía quiénes eran las Spice Girls...
Dicen que los recuerdos, cuando uno es chico están asociados a una emoción fuerte. Por eso, contra todos los pronósticos, me acuerdo del atentado a la AMIA en el 94 porque fue el día después de un Mundial y estaba en Mar del Plata, del 11-S porque no tenía clases y era feriado y del 19/20 de diciembre de 2001 porque no podía ver la novela con Chayanne. Al mes que murió Lady Di, nació mi hermano y mis viejos tuvieron el tino de ponerle Guillermo Andrés, como a William, que durante toda la secundaria, y hasta que un pelotudo me rompió sus fotos al grito de “que se joda por inglés”, fue mi amor platónico. Cuando Guille nació, el Palacio seguía abarrotado de flores, al menos eso me mostraban hasta en The Box. 

Y después dicen que 20 años no es nada… 

miércoles, 22 de febrero de 2017

Wednesday

1. BAJA PRESIÓN: algún día me voy a tatuar el 8/5, solo para recordarme que siempre se puede bajar un poco más.

2. LOS CINCO MINUTOS: sea la hora que sea, duermas solo o con quien sea, los "cinco minutos más" después de posponer la alarma, nunca son cinco minutos.

3. BACON Y MEDIALUNAS: es legal desayunar cuantas veces sea necesario, para ligar de arriba y por algunos minutos una ráfaga limpia de aire acondicionado.

4. ZOMBIES: no importa que esté muerto hace más de veinte años, sigo hablando de él en presente, como si me lo fuera a encontrar mañana. No importa que esté vivo y dando vida, cuando lo nombro, siempre es en pasado, casi como si no hubiera existido.

5. PARADERO: ¿adónde creés que te vas a esconder, si de un fantasma no se puede escapar?

6. GENTILEZA: "si estás embarazada o con pibes podés pasar directamente... igual pasá, hay tipos que vienen con bebés para pasar primero y me hacen dar bronca, hoy el calor es inhumano para todos"

7. DOBLE RACIÓN: "No hay fruta, agarrate otro pan". Como si fuera lo mismo, como si diera lo mismo.

8. FANTASMAS: cuando estás por dejar algo, te cruzás con todas las razones que, a lo largo de los años, tuviste para no dejarlo.

9. PORTACIÓN DE CARA: el tipo me había manoteado durante un recital, era piba, boluda, corrí y me largué a llorar. Lo vi ayer, hoy, mañana. Trabaja en la esquina de casa. Pasó media década, yo sé que soy una más en su haber, pero él es el único que miro y me da náuseas.

10. PUNTOS CARDINALES: "son 6 pesos", "son 6,25, porque aunque sean 15 cuadras, hay cambio de sección", "¿por qué me peleás por 25 centavos si a fin de año vas a pagar 11 mangos"... y así los choferes de la línea ESTE, demuestran que hace mil años que perdieron el norte.

11. CEBADA: pensaba que en verano y con cuarenta grados, me bastaba un helado para ser feliz. Y entonces descubrí la birra recién sacada de la heladera.

12. USOS: los volantes que dan los pibes vestidos de cocineros no sirven ni para abanicarse. Es en ese momento cuando hay que recurrir a la chica que reparte las muestritas de Pantene.

13. CON LA FRENTE MARCHITA: uno empieza a entender el tango cuando está más lejos de cumplir 15 que de llegar a duplicarlos.

14. LA MEDIA VUELTA: andate de mi mundo, andate con el sol, andate cuando se muera la tarde.

15. AL REVÉS: en el Registro Civil, a mayor edad, mayor el arancel (y ni hablar si ya estás muerto)

16. FICCIÓN; y no hay novela que pueda se le pueda comparar a lo intrincado de algunas realidades.

sábado, 28 de enero de 2017

Como si nada


Rompí tus cartas, borré tus conversaciones y cerré mis cuentas. Cogí mis sábanas e hiberné en ellas todo el día.
Cuando era chica decía que quería ser médica para inventar la vacuna contra el mal de amores, esa que ahora me ayudaría a verte, oírte y pasar ratos con vos como si nada, pero sabiendo que habíamos vivido un “como si todo”; porque no importa qué tan corto pudo haber sido nuestro camino, sino la marca que ya nos dejamos.
Y ahí estaba yo, lidiando con mi alma de a ratos, de a cuajos, de a pedacitos cada vez más delicados. Los dos amamos ganar, tanto que hasta nos duele empatar.
 “Yo no quiero cagarla”, me dijiste.
“Y yo tampoco te quiero a medias”, te respondí.
Por más que quisiéramos ganar (nos), teníamos mucho para perder.
Pensé en Agatha Christie y el modo brutal que tuvo de hacer de su historia una ficción. También pensé en la treinta y única película que me hizo llorar: el Eterno Resplandor de Una Mente Sin Recuerdos. Suspiré.
En la única red social de la que no había podido borrar tu rastro encontré un mensaje tuyo. Uno que probablemente me mandaste con varias copas de más y del que quizá-no sé- ante mi letal respuesta, te arrepentiste.
Se supone que cuando alguien está en un break como Rachel y Ross, los implicados no se escriben, no se ríen, no se miran y mucho menos confiesan que se extrañan. Sin embargo, vos y yo… lo creo imposible.
Fue en ese momento cuando lo entendí todo. No puedo borrarte de mi vida, ni puedo borrarme de la tuya. Yo no puedo dejar de lidiar con tu presencia y vos no me podés sacar de tu cabeza.
Llegué a la conclusión de que tenemos que aprender, pese a nosotros mismos, a vivir juntos pero no revueltos, como en un cuento infinito. Ninguno de los dos pierde, pero ninguno de los dos se va a dejar ganar.
Estamos sin ser y no somos nada, pero te sigo mirando, te sigo mirando y mirando y seguís siendo todo.

jueves, 29 de diciembre de 2016

La no-certeza

Le escribí una madrugada cuando vi que había cambiado su estado de Whatsapp. Decía "Bebu te re amo" y soy tan inocente, incrédula, in... que pensé que era un perro, un gato o cualquier otra mascota. Sara es bichera, lo fue toda la vida, no tenía que sorprenderme que manifestara ese amor por un animalito. En tono de broma le puse "¿Quién o qué será Bebu? jajajaja"
La respuesta me llegó casi un día después: "es mi marido x, ahi algún problema?", ni siquiera un hola, ni siquiera un "cómo estás amiga?", sólo esa oración en seco, como si me la escupiera en la cara. Me quedé helada. Mi amiga, que al igual que yo ostenta un título universitario, nunca, jamás de los jamases confundiría "hay" con "ahí". Algo pasaba. Respondí, le aclaré que era una broma, que no se molestara, que pensé que era un perro, un gato o algo así y le pregunté cómo estaba. Cuando terminé de mandar el último mensaje, me di cuenta de que me tenía bloqueada.
Mi cabeza empezó a dar vuelta tras vuelta. Lo primero que hice fue mandarle mensajes a otras redes sociales para verificar si ese número seguía siendo el de ella, luego me puse en contacto con su madre y una hermana, que me aseguraron que mi amiga estaba bien y después intenté llamarla.
La última vez que nos habíamos visto, mientras tomábamos un helado en plaza Italia, me dijo que quería separarse, que su marido la tenía harta, que era un flojo, un vago de mierda y que si bien lo había echado de la casa una incontable cantidad de veces, siempre la terminaba convenciendo de que iba a cambiar y aflojaba. Ella inclusive se resistía a llamarlo marido porque no estaban casados, no quería saber nada con tener hijos con él y le veía una pronta fecha de vencimiento a esa relación. 
Seguí insistiendo en comunicarme con ella, posteé en su muro, volví a los inbox y repregunté a su familia si estaban seguros de que Sara se encontraba bien. Las respuestas, o mejor dicho, las no-respuestas, no habían cambiado.
Cuando se cumplió una semana de ese primer "¿Quién o qué será Bebu?", recibí un mensaje de ella, volví a ver su foto de perfil y su respuesta setting por excelencia "Hola amiga, todo josha", el texto seguía con "Bebu es mi marido x, pasa que le digo así de cariño, vos todo bien?". A los dos segundos, también me respondió mis inbox de Facebook, aunque era innecesario y me comentó que su madre le dijo que había estado preguntando. Efectivamente todos mis intentos por contactarme dieron fruto. 
Por esos días estaba a punto de recibirme y como nos conocemos de toda la carrera, fue una de las primeras personas a las que le avisé. Su contestación no se hizo esperar: "Ke emoción! hay estaré amiga". Cuando me recibí, no vino. Todavía dudo de si la voy a volver a ver, si realmente hablaba con ella y si realmente es/está.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Desde Adentro

No iba a escribir nada, no porque no sintiera nada, sino porque pensaba que ya estaba todo dicho, pero, ¿qué hay más lindo que poder contarle al mundo sobre esas cosas que te pasan tanto y tan fuerte que prácticamente te atraviesan?
Muchas otras veces había escrito sobre la Franja, lo que significaba para mí, lo que veía desde afuera, lo que creía que era, lo que pensé que podía sentir o no y muchas otras historias mínimas. Sin embargo, estar en el fondo y desde adentro es lo máximo.
Hoy, después de tres días intensos en todo sentido, nada ni nadie me borra la sonrisa de la cara. Por los dos mil y pico de alumnos que depositaron su confianza en nosotros y en lo que hacemos todos los días; porque ese mismo compromiso con lo que decimos y lo que hacemos es el que nos mantiene donde estamos, conduciendo el Centro de Estudiantes de Ciencias Económicas desde hace 23 años; porque la gente que te conoce, que vio que en estos días estuviste a sol y a sombra enclaustrada en la facultad no hace más que felicitarte y alegrarse por tu felicidad.
Me duelen los pies, mucho, muchísimo, como si hubiera estado en un pogo eterno. Casi no tengo voz, porque en tres días paré a tanta gente para contarle qué estábamos haciendo, qué hicimos y qué pensamos/sentimos al hacer y canté tanto una vez finalizado el escrutinio, que hasta reírme o tragar son actos que cuestan un montón. Dormí todo el día, como condenada, como si no hubiera mañana, porque no hay mayor tranquilidad que la que tengo en este momento, sabiendo que una vez más hicimos hasta lo imposible y como siempre y como nunca, vamos por más.
Éramos, somos una banda, una fiebre que se extendía por todos los pasillos y todos los rincones de la facultad: la puerta de 48, la de 47, todas las escaleras, el bicicletero, el subsuelo, la veda. Giraras donde giraras, la facultad destilaba morado. Éramos alrededor de 60 militantes distribuidos por donde se te ocurriera y sin embargo, nada de lo que hicimos lo podríamos haber hecho solos, sin el apoyo fundamental de mucha, muchísima gente que a lo largo de este proceso nos acompañó incondicionalmente como los becados, los ex militantes, los graduados, las madres, los padres, los hermanos, primos, tíos, sobrinos, novios, piques, los correligionarios de toda la ciudad y más allá y los alumnos y amigos que siempre supieron que no sólo estábamos soñando con una facultad todos los días un poquito mejor, sino que también la estábamos haciendo. Me falta gente y seguro se me escapa, se me sale por los poros o es parte de otras historias mínimas, pero todos estuvieron ahí y por y gracias a ellos vamos a seguir estando, garantizando la educación pública, gratuita y de excelencia, hasta el infinito y más allá. Hoy y siempre Franja Morada.


PD: un gracias total, para la banda del bicicletero (Anto, Juan, Enzo, Guada, Fefo, Lu, Juanma y Agus, que desde el fondo y hacia arriba, la rompió.


jueves, 17 de diciembre de 2015

Ni vos ni yo, él

No. No sos vos. Cuando me levanto no es tu cara la primera que evoco. Pensar en tu sonrisa no me hace reírme como una estúpida frente al espejo y llamarte mentalmente.
No, vos no me partiste el mundo, no marcaste un antes y un después, no proyecto futuros posibles a tu lado ni pienso siquiera en cuánto cambió mi vida desde el día y la hora exacta en la que te vi aparecer.
No. Verte no me genera nada. No siento un estruendo como de fuegos artificiales a mi alrededor, chispas en los ojos, un estallido de no sé qué que lo único que hace es que quiera abrazarte y no soltarte más. No. Vos no me dejás sin reacción o con todas juntas. No me parás el mundo con sólo decir mi nombre. No me volás la cabeza. No me volvés loca.
No. Las conversaciones con vos no se hacen eternas, no busco excusa para tenerlas. No siento esas ganas irrefrenables de saber cómo estás, qué estás haciendo y cómo. No quiero que me cuentes nada, no me importa si preferís lo dulce o lo salado o cómo te gusta el café. No me muero de ganas de saber qué se te cruza por la cabeza ante tal o cual tema, el que fuera. No necesito de tu voz, ni de tus consejos, ni de tu compañía en una sala de espera. No quiero que me preguntes si llegué bien después de una fiesta, ni que te preocupes por mí si vuelvo muy tarde a casa.
No. No te permito que lo critiques sólo porque no hace las cosas como vos, sólo porque mi futuro hipotético lo ves con vos y no con él, ¿quién sos para decirme de quién me tengo que enamorar?, esto no sigue un "deber ser", simplemente es, se da.
Vos no sos como él y tampoco lo pretendo. No es perfecto, es humano y fueron esas imperfecciones las que me enamoraron de él, no de vos. Se come las s, cada vez tiene más panza, ya le salieron canas, tiene un corte de pelo espantoso y no hay forma de que entienda que el marrón y azul no combinan, pero aún así me encanta, me mata, me revive y me todo. No hay vuelta que darle, ¿para qué dársela?.
No. No hay argumento racional que pueda ser válido. Vos no me desvelás. Con vos no sueño, con vos no soy yo. Ni es mi complemento, ni mi otro yo ni mi media naranja, él es el "él" con el que yo estoy eligiendo ser y hacer, no vos. No te puedo pedir disculpas, ni por lo que siento, ni por lo que no. Vos no sos y este tango se baila de a dos.