El ardor me quitó la respiración. Apenas pude reaccionar, perdí el aliento. El nudo en la garganta me latía casi como si fuera una bomba a punto de estallar; lentamente cada centímetro de mi piel se iba quemando. Di un suspiro, dos, diez. Era mi propio corazón el que me estaba aturdiendo. Aunque siquiera me lo hubiese propuesto, sabía que no podía hablar, que las palabras no eran lo suficientemente grandes para describir lo que ocurría.
Cerré los ojos, traté de volver a mi estado inicial, a la calma que precedió la tormenta de emociones que me iba poseyendo. Hiperventilaba, rugía, me estremecía. Traté. Traté de volver a mí, pero no pude.
Sentí su sabor corroyéndome, derritiéndome, derritiéndonos. Era delicioso, lo más rico que hubiera probado jamás, era irresistible. El fuego líquido, la insaciabilidad que había desplegado en mí no se extinguiría jamás, estaba segura. De ahora en más, no habría camino de regreso; yo nunca volvería a ser la misma.
Amarula querido, ¡gracias por existir!
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martes, 23 de enero de 2018
domingo, 21 de enero de 2018
Y te soñé...
Ya era tiempo de que nos encontráramos. El inconsciente, dicen, no distingue a los vivos de los muertos y según una tribu de nosédónde y de nosécuándo, soñar con alguien,
significa que lo incorporaste. Ayer soné con vos por primera vez
en toda mi vida. Durante una siesta cualquiera, así de la nada y como si nada.
Me asusté, me encantó.
Siempre sueño con mi nonno, que me lleva a andar por ahí en su casa rodante, a la cancha de la Juventus o me canta canciones de su pueblo. Siento que nos visitamos, que rompemos las barreras del tiempo y del espacio, de la vida acá y un poco más allá. También sueño con gente que va y viene, que me busca y me encuentra, que pasa o deja de pasar, pero ayer fue distinto. Ayer soñé con vos, que tenés mis mismas iniciales y quizá mis mismos vicios.
Yo soñé con vos, soñé que habíamos pasado toda nuestra vida
juntos. Que jamás de habías ido tan intempestivamente como lo hiciste. Que evidentemente nos acompañábamos en todas, que éramos luz. Tenías el pelo cubierto de canas, se te
marcaban las arrugas de la frente cuando enarcabas las cejas y te reías y se te
achinaban los ojos, casi como a mí, igual que al tío.
Salías en televisión hablando de tus dos pasiones más grandes,
el teatro y las letras. Hablabas y sonreías hasta con los ojos, aquellos ojos entre azules y verdes que quizá nadie heredará. Yo estaba detrás de cámara, mirándote, deleitándome con el mero
hecho de escucharte y no podérmelo creer.
“Ella es mi nieta. Su blog empieza con la misma oración que
la primera obra de teatro que estrené, allá por los 50. Ni siquiera lo
sabíamos, pero ya nos conocíamos”
Y ahí desperté. Me asusté. Me encantó.
Fixing That Hole
Y una vez que supe que se fue y que no volvería, hice lo mejor que podía hacer por ambos: borrar todo lo que nos unía. Fue así que aniquilé chats, rompí cartas con falsas promesas, eliminé fotos, silencié cuentas y tapé mi mente de cosas y cosas para evitar que él volviera, siquiera en pensamiento.
Cambié, cambié los muebles de lugar, ordené el ropero y reparé los libros deslomados, como si eso también me fuera arreglar a mí. Sentí la lluvia en mi pelo, el placer del café caliente en mis labios y el sueño, por fin, reparador en mi cuerpo. Caminé entre bandadas, cambié mi número para que no me encontrara, borre el suyo para no buscarlo, me alejé de las pantallas, de las caretas, de las formas. Me acerqué a mí.
"No estoy bien", confesé. "Me importa más de lo que pensaba", musité. Sí, estaba empezando a sentir que me movía el piso, cuando ya era tarde para alcanzarle. Sentía algo, sí, algo que como las llamas con el viento, se aviva y se aviva y de improviso, quizá también se apaga sin que te des cuenta. Sí, sí a todo, como los locos. Sí quiero. Esta noche también lo extraño, esta noche también lloré. Sí, lo amo.
Él se fue y yo me quedé acá, hecha un manojo de cosas que no dije y otras que me arrepentí de no hacer. Todo eso debo echarlo bajo tierra, apagar el fuego, mitigar el ardor, cerrar la puerta.
Pasará, sé que pasará, porque siempre lo hace. Pero no hay "mientras tanto" más duro que este. Puedo borrarlo de mil maneras diferentes, pero no existe ni una vacuna contra el mal de amores ni un tratamiento, que por mero arte de magia, arranque al amor de mi cuerpo, como si fuera una curita.
Cambié, cambié los muebles de lugar, ordené el ropero y reparé los libros deslomados, como si eso también me fuera arreglar a mí. Sentí la lluvia en mi pelo, el placer del café caliente en mis labios y el sueño, por fin, reparador en mi cuerpo. Caminé entre bandadas, cambié mi número para que no me encontrara, borre el suyo para no buscarlo, me alejé de las pantallas, de las caretas, de las formas. Me acerqué a mí.
"No estoy bien", confesé. "Me importa más de lo que pensaba", musité. Sí, estaba empezando a sentir que me movía el piso, cuando ya era tarde para alcanzarle. Sentía algo, sí, algo que como las llamas con el viento, se aviva y se aviva y de improviso, quizá también se apaga sin que te des cuenta. Sí, sí a todo, como los locos. Sí quiero. Esta noche también lo extraño, esta noche también lloré. Sí, lo amo.
Él se fue y yo me quedé acá, hecha un manojo de cosas que no dije y otras que me arrepentí de no hacer. Todo eso debo echarlo bajo tierra, apagar el fuego, mitigar el ardor, cerrar la puerta.
Pasará, sé que pasará, porque siempre lo hace. Pero no hay "mientras tanto" más duro que este. Puedo borrarlo de mil maneras diferentes, pero no existe ni una vacuna contra el mal de amores ni un tratamiento, que por mero arte de magia, arranque al amor de mi cuerpo, como si fuera una curita.
miércoles, 3 de enero de 2018
All things must pass
Pasa. Te juro que pasa, hermana. Ahora creés que no. Y te
rompe las pelotas, el corazón, la cabeza… creés que nunca más vas a poder
rearmarte, que un pedazo anda con vos, el otro con él y un montón esparcidos
entre ustedes, en todos los recuerdos que te quedan de vos con él, pero te
equivocás. Pasa, yo te juro que pasa, porque también lo pasé.
Creés que ningún nombre te va a llenar tanto los días como
el suyo, que nadie más te va a marcar las horas así, que el corazón no te va a
dar un vuelco cada vez que lo sientas cerca y que quizá no vuelvas a sentir, ni
sentirte como antes. Pero no, no lo creas, no lo sientas. Te aseguro que es
momentáneo. Te juro que es verdad lo que te estoy diciendo.
Pensás que nunca más vas a leer un nombre semidormida, que
no vas a tener por quién sonreír cuando veas tu pantalla titilando, que nadie
más va a llenar ese primer cuadrito del chat, que ese tono nunca va a volver a
sonar, que ya no vas a tener nadie guardado con ese apodo, ni con ese nombre ni
con ese sustantivo abstracto. Pero te equivocás, estás metiendo la pata hasta
el fondo. Ahora no lo ves, pero después sí.
Sentís que se te estruja el corazón, que no vas a poder con
vos, que el amor no está en tu destino y que quizá es tu merecido. Sentís el
cuerpo pesado, cansado y abatido, como si hoy fuera una transición y no hubiera
mañana. Te duele, te mata el vacío igual que esas lágrimas que compiten con el
mar o todas esas palabras con las que lentamente te estás ahogando. Lo sentís y
te duele, te duele horrores, pero te juro que pasa, que pasa y se pasa.
Un muy buen día, casi sin quererlo, casi sin pensarlo y casi
sin medirlo, una luz vuelve a titilar. Te rearmaste, estás entera, estás lista.
Dejó de dolerte, aunque no lo olvides. Vos podés tocar el cielo con las manos y
lo sabés.
Alguien más apareció. Y al “hola” le sigue un “¿cómo estás?”,
un chiste y un “¿cuándo nos vemos?”. De a poquito tus redes se empiezan a
llenar y te reís de la nada. Querés que de ahora en más el camino sea a su
lado, como tus despertares, como esa vida que pasito a pasito van construyendo
juntos. Para él sos importante, tanto que se desvive por verte bien, por
hacerte reír como pocos, porque te brillen los ojos con solo mirarle.
Sí, volviste a sonreír. Te lo merecés, te merecés todo lo
que te estás pasando ahora. Sos fuerte y movés mares y montañas con solo
existir. ¿Viste que tenía razón? Ibas a superarlo. Ya pasó.
lunes, 13 de noviembre de 2017
Non Sancta
Ni mi mente ni yo somos santas. No quiero quedarme dormida.
No puedo, porque mi subconsciente me traicionará otra vez, lo sé. Sé que entre
vaya a saber qué tipo de sueños diré tu nombre y no puedo arriesgarme siquiera
a que alguien lo escuche, a que por fin algún incauto descubra lo que siento.
Es casi una ley, mi cuerpo y mi mente más despierta que
dormida comunican cosas que quizá durante el día ni siquiera me atrevo a
pensar.
Y no es que no te quiera, no. No es que no me pase nada con
vos, ni que disfrute de esconderte como si fueras algo indebido o prohibido. Es
simplemente que no quiero comprar la cartera antes de haber encontrado al
cocodrilo. Soy así en todos los ámbitos de mi vida, esta no es la excepción.
Sé que voy a nombrarte, del mismo modo que antes nombré a
otros, sé que entre respiración y respiración voy a desearte. Que no hay nada
que quiera más que tenerte al lado, diciendo mi nombre.
Ni mi mente ni yo somos santas. Por eso sé que no me puedo
quedar dormida, porque sé que voy a decir tu nombre. Como cuando mi papá entró
y lo llamé por el nombre de un él o ese gélido agosto en el
que alguien, por tenerme una sola vez, se creyó que me tendría para siempre, e
irrumpió en mi cuarto buscando compañía y de mí recibió solo un “él, ¿sos vos?”
Y ni hablar de
esa vez en la que una amiga me llevó borracha y engañada a una orgía, me desplomé
en el suelo (y en el sueño) y por no poder parar de gritar “no, yo lo quiero a él, lo quiero a él, lo quiero a él” entredormida nadie me tocó
un pelo e inclusive me felicitaron: estaba hasta las manos por él. Quizá por
vos también.
Algún día voy a nombrarte con todas las letras, del derecho
y del revés, hacia adentro y hacia afuera, subiendo y bajando, sin parar. Pero
mientras tanto, sos mi placer más emergente, mi secreto mejor guardado, la
palabra más sigilosamente pronunciada, una bomba de tiempo en mi garganta y ese deseo a punto de estallar.
Ni mi mente ni yo somos santas… vos menos. Que duermas bien.
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sábado, 30 de septiembre de 2017
QueremeQuiero
Me carcomen las ganas de verte, me llenan,
me invaden. Hacen de mi conciencia simples piezas que carecen de significado
que luego sé que tengo que levantar, enmohecidas, repletas de vos y de todo,
absolutamente todo lo que sea tuyo.
Cierro los ojos, te veo mirándome. Te
siento, aunque sé que no estás. Que quizás no estés nunca.
Recuerdo tu pelo, siempre perfecto,
invitándome a desentramarlo y desentrañarlo. No sólo quiero verte, quiero
despeinarte.
Recuerdo tu piel, lo bien que se sentía
junto con la mía, la primera vez que te toqué, mi estremecimiento, el brusco
aumento del latido de mi corazón, la imperiosa necesidad de que esa sensación
no se terminara más, las ganas de seguir recorriéndote con mis manos. No sólo
quiero verte, quiero tocarte.
Recuerdo tus ojos, perfectos, perennes,
inmunes a cualquier noción de tiempo... Nos mirábamos y no había ni chispas ni
brillos ni fuegos artificiales. Simplemente, nos fundíamos, nos abrazábamos-y
nos abrasábamos-y no importaba nada más. No sólo quiero verte, necesito volver
a mirarte. Derretime otra vez.
Te quiero rodeándome con tus brazos, te
quiero viéndome, te quiero queriéndome... ¿tan difícil será volver a verte?,
¡Quereme!, que yo te espero, yo te espero, yo también quiero...
jueves, 31 de agosto de 2017
Lady Di. Un día en la vida
Era 1997. Me gustaba mirar los dibujitos de las obras de
Shakespeare en el Discovery Kids, alguna que otra novela y The Box el canal de
música. Estaba “enamorada” de Leonardo Di Caprio desde que lo vi en la película
Titanic, por eso, cada vez que veía el video de “My Heart Will Go On”, me
entusiasmaba a más no poder. También le había cortado el pelo a una de mis
Sailor Moon para que se pareciera al personaje de Kate Winslet y mis amigas y
yo leíamos las revistas “Linda” y pasábamos los recreos viendo sus fotos y las
de los Backstreet Boys, Aaron Carter o Brad Pitt.
En mi casa no había ninguna de esas cosas, estaba lleno de
libros de Derecho, enciclopedias y otros ejemplares prohibidos para mi edad,
así que si quería leer algo me tenía que conformar con unos tomos azules que
hablaban de civilizaciones, historia contemporánea, artes y literatura. Mi
favorito era el que trataba de personajes célebres, como Sherlock Holmes,
Fausto, los Beatles o Juana de Arco. En medio de la DiCapriomanía descubrí la
existencia de Winston Leonard Spencer Churchill y más allá de quién era, me
gustaba repetir su nombre porque se llamaba Leonard, como el de Titanic y el de
la Mona Lisa.
Para agosto, ya casi no pasaban “My Heart Will Go
On” en la tele y los noticieros internacionales que veía con mis padres a la
hora del desayuno pasaban a la Madre Teresa y Lady Di que se habían encontrado
no sé dónde. La Madre Teresa salía en mi libro, le decían Teresa, como a una de
mis tías que tenía carteles de Dios por todas partes, pero se llamaba Agnes y
era de la India, que había sido territorio inglés. Ambas, Diana y la Madre Teresa siempre estaban cerca de gente carenciada, enferma o en condiciones de extrema vulnerabilidad. Eso, para mí, explicaba el
encuentro de las dos. Solo unas semanas después, a finales de agosto, la prensa mundial
estaba abarrotada con las fotos de la madre Teresa, que se había muerto. Yo me
enojé, mi libro ahora estaba desactualizado.
El 31 era domingo, me acuerdo porque esos
días comprábamos el diario Los Andes casi religiosamente. Esa mañana en
absolutamente todos los canales estaban las fotos del auto negro destrozado en
el que viajaban Lady Di, el hijo del dueño del Ritz y un chofer borracho. Al
día siguiente, desayunando en un McDonald’s no terminé mi té por leer la
crónica del accidente, esa mujer tenía la edad de mi papá, dos hijos muy chicos
y aparte el esposo no la quería… y la Reina menos. La Reina era la misma que
cuando Churchill era primer ministro (y sigue siendo la misma). Churchill se
llamaba Spencer y Lady Di era Diana Spencer. ¿William y Harry serán los que salen parodiados en el video de las Spice Girls? En mi libro no salía quiénes
eran las Spice Girls...
Dicen que los recuerdos, cuando uno es chico están asociados
a una emoción fuerte. Por eso, contra todos los pronósticos, me acuerdo del
atentado a la AMIA en el 94 porque fue el día después de un Mundial y estaba en
Mar del Plata, del 11-S porque no tenía clases y era feriado y del 19/20 de diciembre de
2001 porque no podía ver la novela con Chayanne. Al mes que murió Lady Di,
nació mi hermano y mis viejos tuvieron el tino de ponerle Guillermo Andrés,
como a William, que durante toda la secundaria, y hasta que un pelotudo me
rompió sus fotos al grito de “que se joda por inglés”, fue mi amor platónico. Cuando Guille nació, el Palacio seguía abarrotado de flores, al menos eso me mostraban hasta en The Box.
Y después dicen que 20 años no es nada…
domingo, 20 de agosto de 2017
Barcelona y Serrat
Siempre que pienso en Barcelona, lo primero que se me viene
a la cabeza es el Nano. Quizá porque desde que tenía menos de un año me acuesto
a dormir con sus canciones de fondo, o porque creo que nadie más pudo describir
de una forma tan perfecta lo que es el amor al mar, a ese que considerás tuyo.
Cada vez que le escucho hablar del Mediterráneo se me pianta un lagrimón y no
puedo evitar recordar a mi natural Atlántico que en Mar del Plata se torna
entre marrón y celeste, según su estado de ánimo.
El Nano me da ese no sé qué que solo se siente con las
pequeñas cosas, esas mismas, aquellas delas que habla su canción, las que hacen
que lloremos cuando nadie nos ve.
En estos días me dolió Barcelona y también el Nano, como si
fuera una parte de mí, como si fuera una parte de todas mis historias. En la
misma semana, me enteré de que ese dialecto que le sentían hablar a mis
bisabuelos, hace más de cincuenta años, era catalán. El mismo que se habla en
Barcelona, ese en el que canta un tal Joan Manuel, que resulta también ser Juan
Manuel como mi hermano.
Quizá algún día llegue a ser tan grande, tan joven y tan
vieja como Serrat, él ya no va a estar y el mundo como lo conocemos, tal vez
tampoco. Quizá no viva en este país ni en este planeta, tal vez escuchemos
música de una forma que ahora es inimaginable y ni siquiera necesitemos dormir
para empezar un nuevo día. Pero si en medio de toda esta vorágine puedo crearme
una certeza, sé que esa es que siempre voy a tener a mi Mediterráneo y un Joan
Manuel del que oír paraules d’amor.
miércoles, 10 de mayo de 2017
Este puñetero blog
¿Qué hace uno para evitar situaciones de este tipo en el 90% de los
casos?... ¡¡¡SE ESCAPA!!! Créanme que tengo razón… como la mayoría de las
veces.
Ejemplos hay miles: el que trabaja mucho, el que estudia mucho, el
que lee mucho, el que escribe mucho, el que viaja mucho, el hombre o la mujer
orquesta, el que tiene la casa llena de gente todo el tiempo o el que nunca
está… hay tantas formas de escape como personas. Están los que salen a caminar,
los que van a la pileta, los que hacen algún deporte, los que chatean, los que
pintan, los que toman cursos hasta de cómo atarse los cordones con una mano…
créanme que dentro de ese 90% que les mencioné antes hay formas de lo más
creativas, otras formas como dormir o enfermarse, son demasiado obvias.
El quid de la cuestión es: ¿de qué nos estamos escapando?, ¿Qué es
lo que nos hace día tras día recurrir a una o más formas de escape?, ¿Qué hace
que elijamos una forma y no otra?, ¿Qué hace que en vez de decir que estamos
disconformes nos escapemos?...
Así como dije que hay miles de formas de escaparse, también hay
miles de cosas que hacen que nos escapemos.
Algunos se escapan de una realidad que no quieren enfrentar; de un
mundo que les angustia ver; de un mañana que no es prometedor; de un hoy
frustrante; de un hogar sin contención; de alguien que nos acompaña pero
esperamos ver dormido cuando nos acostamos y ya fuera de la cama cuando nos
levantamos; de un familiar insoportable o inoportuno; de la presión de ese
examen que no sé si rendí bien o mal; de padres demasiado exigentes; de
hermanos muy competitivos y…hasta de nosotros mismos
Este puto blog como dije al comienzo, es parte de mi forma de escape,
la computadora, al menos yo me escapo de un entorno familiar crítico, una vida
social escasa, un vacío existencial gigantesco y unas ganas tremendas de tener
otra vida en la que pueda ser libre y pueda elegir… ¿lindo no?...
Desde que soy chica me encanta escribir, creo que es mejor terapia
que un psicólogo y cuanto menos para mí es más barato…
Ojo, no estoy diciendo que lo que leyeron sea literatura barata,
sino una forma ácida de ver la vida. Vida que si bien muchas veces es
fantástica y nos trae personas o cosas maravillosas otras veces, se ensaña con
nosotros hasta vernos aplastados en el suelo como hormigas para luego
levantarnos y elevarnos y volver a tirarnos y volver a levantarnos… pero esa es
otra historia complicada de esta chica complicada.
miércoles, 22 de febrero de 2017
Wednesday
1. BAJA PRESIÓN: algún día me voy a tatuar el 8/5, solo para recordarme que siempre se puede bajar un poco más.
2. LOS CINCO MINUTOS: sea la hora que sea, duermas solo o con quien sea, los "cinco minutos más" después de posponer la alarma, nunca son cinco minutos.
3. BACON Y MEDIALUNAS: es legal desayunar cuantas veces sea necesario, para ligar de arriba y por algunos minutos una ráfaga limpia de aire acondicionado.
4. ZOMBIES: no importa que esté muerto hace más de veinte años, sigo hablando de él en presente, como si me lo fuera a encontrar mañana. No importa que esté vivo y dando vida, cuando lo nombro, siempre es en pasado, casi como si no hubiera existido.
5. PARADERO: ¿adónde creés que te vas a esconder, si de un fantasma no se puede escapar?
6. GENTILEZA: "si estás embarazada o con pibes podés pasar directamente... igual pasá, hay tipos que vienen con bebés para pasar primero y me hacen dar bronca, hoy el calor es inhumano para todos"
7. DOBLE RACIÓN: "No hay fruta, agarrate otro pan". Como si fuera lo mismo, como si diera lo mismo.
8. FANTASMAS: cuando estás por dejar algo, te cruzás con todas las razones que, a lo largo de los años, tuviste para no dejarlo.
9. PORTACIÓN DE CARA: el tipo me había manoteado durante un recital, era piba, boluda, corrí y me largué a llorar. Lo vi ayer, hoy, mañana. Trabaja en la esquina de casa. Pasó media década, yo sé que soy una más en su haber, pero él es el único que miro y me da náuseas.
10. PUNTOS CARDINALES: "son 6 pesos", "son 6,25, porque aunque sean 15 cuadras, hay cambio de sección", "¿por qué me peleás por 25 centavos si a fin de año vas a pagar 11 mangos"... y así los choferes de la línea ESTE, demuestran que hace mil años que perdieron el norte.
11. CEBADA: pensaba que en verano y con cuarenta grados, me bastaba un helado para ser feliz. Y entonces descubrí la birra recién sacada de la heladera.
12. USOS: los volantes que dan los pibes vestidos de cocineros no sirven ni para abanicarse. Es en ese momento cuando hay que recurrir a la chica que reparte las muestritas de Pantene.
13. CON LA FRENTE MARCHITA: uno empieza a entender el tango cuando está más lejos de cumplir 15 que de llegar a duplicarlos.
14. LA MEDIA VUELTA: andate de mi mundo, andate con el sol, andate cuando se muera la tarde.
15. AL REVÉS: en el Registro Civil, a mayor edad, mayor el arancel (y ni hablar si ya estás muerto)
16. FICCIÓN; y no hay novela que pueda se le pueda comparar a lo intrincado de algunas realidades.
2. LOS CINCO MINUTOS: sea la hora que sea, duermas solo o con quien sea, los "cinco minutos más" después de posponer la alarma, nunca son cinco minutos.
3. BACON Y MEDIALUNAS: es legal desayunar cuantas veces sea necesario, para ligar de arriba y por algunos minutos una ráfaga limpia de aire acondicionado.
4. ZOMBIES: no importa que esté muerto hace más de veinte años, sigo hablando de él en presente, como si me lo fuera a encontrar mañana. No importa que esté vivo y dando vida, cuando lo nombro, siempre es en pasado, casi como si no hubiera existido.
5. PARADERO: ¿adónde creés que te vas a esconder, si de un fantasma no se puede escapar?
6. GENTILEZA: "si estás embarazada o con pibes podés pasar directamente... igual pasá, hay tipos que vienen con bebés para pasar primero y me hacen dar bronca, hoy el calor es inhumano para todos"
7. DOBLE RACIÓN: "No hay fruta, agarrate otro pan". Como si fuera lo mismo, como si diera lo mismo.
8. FANTASMAS: cuando estás por dejar algo, te cruzás con todas las razones que, a lo largo de los años, tuviste para no dejarlo.
9. PORTACIÓN DE CARA: el tipo me había manoteado durante un recital, era piba, boluda, corrí y me largué a llorar. Lo vi ayer, hoy, mañana. Trabaja en la esquina de casa. Pasó media década, yo sé que soy una más en su haber, pero él es el único que miro y me da náuseas.
10. PUNTOS CARDINALES: "son 6 pesos", "son 6,25, porque aunque sean 15 cuadras, hay cambio de sección", "¿por qué me peleás por 25 centavos si a fin de año vas a pagar 11 mangos"... y así los choferes de la línea ESTE, demuestran que hace mil años que perdieron el norte.
11. CEBADA: pensaba que en verano y con cuarenta grados, me bastaba un helado para ser feliz. Y entonces descubrí la birra recién sacada de la heladera.
12. USOS: los volantes que dan los pibes vestidos de cocineros no sirven ni para abanicarse. Es en ese momento cuando hay que recurrir a la chica que reparte las muestritas de Pantene.
13. CON LA FRENTE MARCHITA: uno empieza a entender el tango cuando está más lejos de cumplir 15 que de llegar a duplicarlos.
14. LA MEDIA VUELTA: andate de mi mundo, andate con el sol, andate cuando se muera la tarde.
15. AL REVÉS: en el Registro Civil, a mayor edad, mayor el arancel (y ni hablar si ya estás muerto)
16. FICCIÓN; y no hay novela que pueda se le pueda comparar a lo intrincado de algunas realidades.
miércoles, 15 de febrero de 2017
Letra y Música 2
Nunca había leído testimonio más desgarrador que el de Noches Blancas, nadie me había cantado tan bien las cuarenta como don Eduardo en El Libro De Los Abrazos. Nadie me había transmitido tan bien lo "loco" del amor y la fuerza de los celos como el Romeo y el Otelo de Shakespeare y nada me hacía "volar" tanto como el realismo mágico del Gabo o las historias de Ray Bradbury, que de tan prácticas eran fantásticas y de tan fantásticas, llegaron a ser reales. Tampoco nadie me había dado tantas vueltas como Descartes o parecido tan interesante y al mismo tan insulso como Gray y su atlas de medicina.
Fue en ese momento, cuando mi realidad superó todas mis ficciones ya escritas, cuando empecé a leer menos y tuve la necesidad imperiosa de (d)escribir(me) más. Creía saber cómo se sentía un beso porque lo había leído tanto en un libro de poemas como en uno de medicina, pero recién fui capaz de describirlo cuando me dieron uno. Esa misma situación se dio con todas las cosas y experiencias por las que fui pasando después. La lectura fue mi teoría y cuanto más creciera, más tendría que apropiarme de la escritura como práctica. No por nada, los escritores escriben y describen TODA su vida, aunque nunca jamás escriben sobre sí mismos.
Leer o escribir bajo presión es imposible. Se hace o por mero impulso o no se hace. Un libro no te llega por azar, uno lo elige y quizá ese libro también lo elija a uno. Así fue como los primeros me los mandaba mi abuelo junto con bolsas y bolsas de golosinas, los siguientes mi papá y los restantes los fui consiguiendo hasta hacer de mi biblioteca un club. No me imagino otra forma de leer que no sea escribiendo, ni me imagino una descripción de mi vida sin la lectura como arma, aliada y en muy contadas ocasiones, también enemiga.
La idea, la inspiración, ese algo que surge de la necesidad de tomar una lapicera o empezar a tipear no viene porque sí y lo mejor del asunto es que del mismo modo que la imaginación, la escritura tampoco tiene techo, mucho menos, piso. Así como amor no es literatura sino se puede escribir en la piel, así como todo conflicto, todo cambio tiene un detonante, todo lo escrito tiene un porqué y un para qué. Ya sea que se escriba un microrrelato, los 140 caracteres de un tuit, una novela o tu propia biografía lectora, siempre hay una razón. La de hoy, es presentarme, representarme y volver a descubrir esos motivos por los que justamente creo que si todo lo demás falla hay que leer, pero más que nada, no dejar de escribir.
Fue en ese momento, cuando mi realidad superó todas mis ficciones ya escritas, cuando empecé a leer menos y tuve la necesidad imperiosa de (d)escribir(me) más. Creía saber cómo se sentía un beso porque lo había leído tanto en un libro de poemas como en uno de medicina, pero recién fui capaz de describirlo cuando me dieron uno. Esa misma situación se dio con todas las cosas y experiencias por las que fui pasando después. La lectura fue mi teoría y cuanto más creciera, más tendría que apropiarme de la escritura como práctica. No por nada, los escritores escriben y describen TODA su vida, aunque nunca jamás escriben sobre sí mismos.
Leer o escribir bajo presión es imposible. Se hace o por mero impulso o no se hace. Un libro no te llega por azar, uno lo elige y quizá ese libro también lo elija a uno. Así fue como los primeros me los mandaba mi abuelo junto con bolsas y bolsas de golosinas, los siguientes mi papá y los restantes los fui consiguiendo hasta hacer de mi biblioteca un club. No me imagino otra forma de leer que no sea escribiendo, ni me imagino una descripción de mi vida sin la lectura como arma, aliada y en muy contadas ocasiones, también enemiga.
La idea, la inspiración, ese algo que surge de la necesidad de tomar una lapicera o empezar a tipear no viene porque sí y lo mejor del asunto es que del mismo modo que la imaginación, la escritura tampoco tiene techo, mucho menos, piso. Así como amor no es literatura sino se puede escribir en la piel, así como todo conflicto, todo cambio tiene un detonante, todo lo escrito tiene un porqué y un para qué. Ya sea que se escriba un microrrelato, los 140 caracteres de un tuit, una novela o tu propia biografía lectora, siempre hay una razón. La de hoy, es presentarme, representarme y volver a descubrir esos motivos por los que justamente creo que si todo lo demás falla hay que leer, pero más que nada, no dejar de escribir.
Letra y música 1
Sí. Los veintitantos que tengo me los pasé leyendo. Mi abuelo materno se sabía la Divina Comedia de memora, el otro era licenciado en Letras y mis padres, abogados, devotos de Cortázar, Bécquer y Shakespeare. ¿De qué otra forma podría haber salido?
Caperucita Roja, la Cenicienta y Blancanieves eran parte de mis lecturas predilectas, pero no por mucho, ¿quién no quería ser princesa a los cinco años?, ¿quién no quería, a los diez años, encontrar un príncipe para casarse y no tener que salir a trabajar?
Las princesas eran perfectas, pero no eran reales, al menos no tanto como las mujeres que se instalaban horas en el estudio de mi mamá. La Bella Durmiente no tenía un marido que le pegaba, ni un padre ausente. Tampoco hay novios obsesivos en los cuentos de hadas y nadie lidia con cáncer antes de los 30, ni se saca los ojos por un pedacito de tierra. Ni las princesas ni las mártires eran mis ejemplos, pero las leía, las veía y las escuchaba. Quizá, sacando un poco de cada una y aprendiendo de la otra podría inventarme una mujer que sí fuera un ejemplo o podría armar una lista de las cualidades que yo sí podría tener cuando me convirtiera en mujer.
Leí a los hermanos Grimm con la misma pasión que todos los fines de semana buscaba una nueva palabra en el diccionario, a fin de poder ganarle a mi papá (obsesivo cultor del griego, el latín y el castellano) en el tan temido tutti-frutti. Prácticamente sentía que tocaba el cielo con las manos cada vez que gritaba "Tutti-frutti, nadie más escribe" y sabía que todo era mi mérito propio por haber leído y nunca haber dejado de escribir. Me sentía imbatible.
La vida me fue llevando por distintos y variados caminos. Al ir creciendo, al menos en edad (porque sigo midiendo lo mismo que a los 13 años), mis responsabilidades fueron mayores y los tiempos para leer se acortaron. Sin embargo, nada puede con la imaginación, más cuando sobrevienen momentos de crisis, o cuando justamente, la realidad supera a la ficción. Por eso, el tiempo que no pasaba leyendo lo empecé a utilizar escribiendo. De ahora en más yo iba a ser la dueña de mis ficciones y la creadora de mis propias realidades.
Caperucita Roja, la Cenicienta y Blancanieves eran parte de mis lecturas predilectas, pero no por mucho, ¿quién no quería ser princesa a los cinco años?, ¿quién no quería, a los diez años, encontrar un príncipe para casarse y no tener que salir a trabajar?
Las princesas eran perfectas, pero no eran reales, al menos no tanto como las mujeres que se instalaban horas en el estudio de mi mamá. La Bella Durmiente no tenía un marido que le pegaba, ni un padre ausente. Tampoco hay novios obsesivos en los cuentos de hadas y nadie lidia con cáncer antes de los 30, ni se saca los ojos por un pedacito de tierra. Ni las princesas ni las mártires eran mis ejemplos, pero las leía, las veía y las escuchaba. Quizá, sacando un poco de cada una y aprendiendo de la otra podría inventarme una mujer que sí fuera un ejemplo o podría armar una lista de las cualidades que yo sí podría tener cuando me convirtiera en mujer.
Leí a los hermanos Grimm con la misma pasión que todos los fines de semana buscaba una nueva palabra en el diccionario, a fin de poder ganarle a mi papá (obsesivo cultor del griego, el latín y el castellano) en el tan temido tutti-frutti. Prácticamente sentía que tocaba el cielo con las manos cada vez que gritaba "Tutti-frutti, nadie más escribe" y sabía que todo era mi mérito propio por haber leído y nunca haber dejado de escribir. Me sentía imbatible.
La vida me fue llevando por distintos y variados caminos. Al ir creciendo, al menos en edad (porque sigo midiendo lo mismo que a los 13 años), mis responsabilidades fueron mayores y los tiempos para leer se acortaron. Sin embargo, nada puede con la imaginación, más cuando sobrevienen momentos de crisis, o cuando justamente, la realidad supera a la ficción. Por eso, el tiempo que no pasaba leyendo lo empecé a utilizar escribiendo. De ahora en más yo iba a ser la dueña de mis ficciones y la creadora de mis propias realidades.
sábado, 28 de enero de 2017
Como si nada
Rompí tus cartas, borré tus conversaciones y cerré mis
cuentas. Cogí mis sábanas e hiberné en ellas todo el día.
Cuando era chica decía que quería ser médica para inventar
la vacuna contra el mal de amores, esa que ahora me ayudaría a verte, oírte y pasar
ratos con vos como si nada, pero sabiendo que habíamos vivido un “como si todo”;
porque no importa qué tan corto pudo haber sido nuestro camino, sino la marca
que ya nos dejamos.
Y ahí estaba yo, lidiando con mi alma de a ratos, de a
cuajos, de a pedacitos cada vez más delicados. Los dos amamos ganar, tanto que
hasta nos duele empatar.
“Yo no quiero cagarla”,
me dijiste.
“Y yo tampoco te quiero a medias”, te respondí.
Por más que quisiéramos ganar (nos), teníamos mucho para
perder.
Pensé en Agatha Christie y el modo brutal que tuvo de hacer
de su historia una ficción. También pensé en la treinta y única película que me
hizo llorar: el Eterno Resplandor de Una Mente Sin Recuerdos. Suspiré.
En la única red social de la que no había podido borrar tu
rastro encontré un mensaje tuyo. Uno que probablemente me mandaste con varias
copas de más y del que quizá-no sé- ante mi letal respuesta, te arrepentiste.
Se supone que cuando alguien está en un break como Rachel y
Ross, los implicados no se escriben, no se ríen, no se miran y mucho menos
confiesan que se extrañan. Sin embargo, vos y yo… lo creo imposible.
Fue en ese momento cuando lo entendí todo. No puedo borrarte
de mi vida, ni puedo borrarme de la tuya. Yo no puedo dejar de lidiar con tu
presencia y vos no me podés sacar de tu cabeza.
Llegué a la conclusión de que tenemos que aprender, pese a
nosotros mismos, a vivir juntos pero no revueltos, como en un cuento infinito. Ninguno
de los dos pierde, pero ninguno de los dos se va a dejar ganar.
Estamos sin ser y no somos nada, pero te sigo mirando, te
sigo mirando y mirando y seguís siendo todo.
jueves, 29 de diciembre de 2016
La no-certeza
Le escribí una madrugada cuando vi que había cambiado su estado de Whatsapp. Decía "Bebu te re amo" y soy tan inocente, incrédula, in... que pensé que era un perro, un gato o cualquier otra mascota. Sara es bichera, lo fue toda la vida, no tenía que sorprenderme que manifestara ese amor por un animalito. En tono de broma le puse "¿Quién o qué será Bebu? jajajaja"
La respuesta me llegó casi un día después: "es mi marido x, ahi algún problema?", ni siquiera un hola, ni siquiera un "cómo estás amiga?", sólo esa oración en seco, como si me la escupiera en la cara. Me quedé helada. Mi amiga, que al igual que yo ostenta un título universitario, nunca, jamás de los jamases confundiría "hay" con "ahí". Algo pasaba. Respondí, le aclaré que era una broma, que no se molestara, que pensé que era un perro, un gato o algo así y le pregunté cómo estaba. Cuando terminé de mandar el último mensaje, me di cuenta de que me tenía bloqueada.
Mi cabeza empezó a dar vuelta tras vuelta. Lo primero que hice fue mandarle mensajes a otras redes sociales para verificar si ese número seguía siendo el de ella, luego me puse en contacto con su madre y una hermana, que me aseguraron que mi amiga estaba bien y después intenté llamarla.
La última vez que nos habíamos visto, mientras tomábamos un helado en plaza Italia, me dijo que quería separarse, que su marido la tenía harta, que era un flojo, un vago de mierda y que si bien lo había echado de la casa una incontable cantidad de veces, siempre la terminaba convenciendo de que iba a cambiar y aflojaba. Ella inclusive se resistía a llamarlo marido porque no estaban casados, no quería saber nada con tener hijos con él y le veía una pronta fecha de vencimiento a esa relación.
Seguí insistiendo en comunicarme con ella, posteé en su muro, volví a los inbox y repregunté a su familia si estaban seguros de que Sara se encontraba bien. Las respuestas, o mejor dicho, las no-respuestas, no habían cambiado.
Cuando se cumplió una semana de ese primer "¿Quién o qué será Bebu?", recibí un mensaje de ella, volví a ver su foto de perfil y su respuesta setting por excelencia "Hola amiga, todo josha", el texto seguía con "Bebu es mi marido x, pasa que le digo así de cariño, vos todo bien?". A los dos segundos, también me respondió mis inbox de Facebook, aunque era innecesario y me comentó que su madre le dijo que había estado preguntando. Efectivamente todos mis intentos por contactarme dieron fruto.
Por esos días estaba a punto de recibirme y como nos conocemos de toda la carrera, fue una de las primeras personas a las que le avisé. Su contestación no se hizo esperar: "Ke emoción! hay estaré amiga". Cuando me recibí, no vino. Todavía dudo de si la voy a volver a ver, si realmente hablaba con ella y si realmente es/está.
domingo, 18 de diciembre de 2016
Me recibí
Cuando estaba en segundo año, mi profesora de Antropología me dijo: "Vas a caer no cuando te recibas, sino la primera vez que te presentes y digas 'soy fulana, licenciada/profesora/técnica o lo que sea'". Como lo escribo todo, en ese momento me imaginé en un futuro sentada frente a la compu, terminando un word eterno al que firmaría como primero con mi título y después con mi nombre. Todavía no llegué a eso, pero en cualquier momento puede pasar.
En 2013, cuando estaba en cuarto de la Licenciatura, me anoté también para el Profesorado. Tenía que hacer alrededor de 10 materias y como dos años antes había sido capaz de meter 11, sabía que podía. En medio de todo eso, me pasó la vida, giré para tantos lados como pude y llegué a 2014 diciendo que nunca más pisaba la Facultad de Periodismo. Arranqué Económicas, me encantó, pero metía materias no como máquina sino como carreta y mi vida de adulto, esa que de a poco empezaba a ser cada vez más importante, me exigía dispersarme menos y empezar nuevos caminos. Tenía que sacarme cosas de encima, tenía que empezar a terminar cosas, a dejar de dividirme, dejar de pensar en el pasado y en todo lo que no hice, para empezar a concretar todo y lo mucho que quería hacer conmigo. No había ni hay otro modo que no sea ir para adelante.
Empecé este año, vi mi analítico y para ser profesora me faltaban cinco materias. Meterlas después de un año en el que sólo había hecho dos era ponerme a estudiar el doble de tiempo y hacer el doble de esfuerzo. Cuando lo dije y lo pensé, no recibí otra cosa que muestras de apoyo y no pude hacer otra cosa que avanzar. Y así llegué, pasito a pasito, aprobé 1, 2, 3 materias y cuando me faltaban las últimas dos me morí de miedo, de dudas, de nervios, pero sabía que si no seguía caminando, nunca iba a poder correr.
Cuando después del coloquio más largo de la historia, dijeron "está bien", me quedé dura, hasta que alguien que siempre tuve al lado en todo este cuatrimestre dijo: "un aplauso para la compañera, que se acaba de recibir". Me aplaudieron más que al resto y me puse bordó como siempre.
Primero le avisé a mamá y mis hermanos por nuestro grupo de whatsapp que se llama "May the four be with you", haciendo alusión a la frase de Star Wars (May que force be with you) y al hecho de que somos cuatro y en la vida y para todo, la fuerza viene de la familia. Ellos no estuvieron físicamente, pero siempre estuvieron ahí, siempre están en todas.
Después se fueron enterando todos mis mundos: mis amigos, mis compañeros de las dos facultades, mis compañeros de militancia, el resto de mi familia, mi jefa, el pibe. Lo que siguió fue un baño eterno en espuma y agua que duró desde la facu hasta el centro ininterrumpidamente, correr al trabajo, comer con más placer que nunca y después de casi ocho horas, dormir de corrido durante casi nueve horas y abrir el vino que había prometido tomar sólo después de rendir la última materia.
Todavía no caigo y no sé cuándo lo haré. Lo único que tengo claro es que terminar cosas te hace libre, empezar nuevas etapas, también. Una vez más, estoy lista. (Y la fuerza está conmigo)
En 2013, cuando estaba en cuarto de la Licenciatura, me anoté también para el Profesorado. Tenía que hacer alrededor de 10 materias y como dos años antes había sido capaz de meter 11, sabía que podía. En medio de todo eso, me pasó la vida, giré para tantos lados como pude y llegué a 2014 diciendo que nunca más pisaba la Facultad de Periodismo. Arranqué Económicas, me encantó, pero metía materias no como máquina sino como carreta y mi vida de adulto, esa que de a poco empezaba a ser cada vez más importante, me exigía dispersarme menos y empezar nuevos caminos. Tenía que sacarme cosas de encima, tenía que empezar a terminar cosas, a dejar de dividirme, dejar de pensar en el pasado y en todo lo que no hice, para empezar a concretar todo y lo mucho que quería hacer conmigo. No había ni hay otro modo que no sea ir para adelante.
Empecé este año, vi mi analítico y para ser profesora me faltaban cinco materias. Meterlas después de un año en el que sólo había hecho dos era ponerme a estudiar el doble de tiempo y hacer el doble de esfuerzo. Cuando lo dije y lo pensé, no recibí otra cosa que muestras de apoyo y no pude hacer otra cosa que avanzar. Y así llegué, pasito a pasito, aprobé 1, 2, 3 materias y cuando me faltaban las últimas dos me morí de miedo, de dudas, de nervios, pero sabía que si no seguía caminando, nunca iba a poder correr.
Cuando después del coloquio más largo de la historia, dijeron "está bien", me quedé dura, hasta que alguien que siempre tuve al lado en todo este cuatrimestre dijo: "un aplauso para la compañera, que se acaba de recibir". Me aplaudieron más que al resto y me puse bordó como siempre.
Primero le avisé a mamá y mis hermanos por nuestro grupo de whatsapp que se llama "May the four be with you", haciendo alusión a la frase de Star Wars (May que force be with you) y al hecho de que somos cuatro y en la vida y para todo, la fuerza viene de la familia. Ellos no estuvieron físicamente, pero siempre estuvieron ahí, siempre están en todas.
Después se fueron enterando todos mis mundos: mis amigos, mis compañeros de las dos facultades, mis compañeros de militancia, el resto de mi familia, mi jefa, el pibe. Lo que siguió fue un baño eterno en espuma y agua que duró desde la facu hasta el centro ininterrumpidamente, correr al trabajo, comer con más placer que nunca y después de casi ocho horas, dormir de corrido durante casi nueve horas y abrir el vino que había prometido tomar sólo después de rendir la última materia.
Todavía no caigo y no sé cuándo lo haré. Lo único que tengo claro es que terminar cosas te hace libre, empezar nuevas etapas, también. Una vez más, estoy lista. (Y la fuerza está conmigo)
miércoles, 23 de noviembre de 2016
Mi historia con Historia
Historia siempre me pareció la materia más
tediosa del Universo, este, el próximo y el que viene. Nadie me la enseñó tan
bien como el último profesor que tuve en el secundario, que fue el único que me
hizo ver que no era algo muerto e intangible sino que muchas veces, explicaba
por qué estábamos como somos. Cumplía años el 17/10, pero era correligionario,
reformista y había estado detenido durante el Cordobazo. Creo que saberlo me
marcó para el después. En la Facultad de Periodismo, donde las tres Historias
que había eran optativas, decidí no cursar ninguna y me dediqué a meter
Sociología, Filosofía, Psicología, Economía, Derecho, Narrativas y etc. En
Económicas, por el contrario, Historia es obligatoria. Sufrí desde el minuto
cero, estaba negada y todos los sábados a la mañana, antes de ir a cursar me
daba fiebre, pero la hice. No quedaba otra.
El sábado rendí. La tercera pregunta del último
parcial era sobre el Cordobazo, me acordé de mi profesor, de que durante mi
cumpleaños me dijo "naciste dos días después de que ganó el riojano, pero
cuando todavía no gobernaba, el mismo año que se cayó el Muro en Berlín y 20
después del Cordobazo. Una lástima que seas taurina" y volvió a contarme
su experiencia, mientras cortábamos la torta. Escribí casi tres hojas, aprobé y
al menos por este año, terminé de cursar en Económicas.
Hola primeras vacaciones facultativas. Un gusto
verlas.
martes, 11 de octubre de 2016
Me llamo, me llaman
Me llamo Victoria, es mi
segundo nombre. Como la reina de nosédónde que nació en 1819 y mi tía abuela
que era la reina de San Agustín y nació en 1919. Yo nací también en un año
terminado en 9.
Hablo cinco
idiomas, entiendo otros dos. Usualmente leo en tres. Puedo armar y desarmar el
cubo de Rubik. Escribo con las dos manos. Cuando manejo la luz pulsada en el
consultorio de mi jefa, me siento como si estuviera en alguna película
pochoclera de ciencia ficción. Alguna vez tuve que cargar cajones de cerveza,
dormir del lado horizontal de la cama, treparme por un balcón o esconderme en
un armario.
Tuve un abuelo
carpintero que me legó juguetes de madera, una colección de monedas y muchos
libros. Su primera esposa me dio la tía que me enseñó a tejer, a hacer merengue
y rezar. La segunda, una modista, me dio a súper-madre, el tío que siempre
hacía lo imposible para darme todos los gustos y las tías abuelas por las que
doy el mundo.
Súper-madre es
abogada, eminentemente práctica, con ese carácter marítimo que se lleva todo
puesto y que nunca se deja ver en calma. Se decía apolítica, hasta que no tuvo
más remedio que confesarse radical.
Tuve otro
abuelo que se graduó de la Universidad con honores, que hablaba griego y latín,
que se estudia en una Licenciatura en Francés y alguna vez fue a lo de Mirtha
Legrand con su escuela de teatro. Me dejó libros, para variar. Desde
Shakespeare hasta Goethe. No hablaba inglés y tuvo que ir a particular, la
"maestra", por cosas de la vida, era mi abuela. La que me enseñó a
hacer tortas fritas y me daba vino rebajado a escondidas. Me dieron un padre
más profesor que abogado, más actor que profesor y más teórico que práctico.
Tan contradictorio que decía ser peronista de izquierda. Tengo otros cuatro
tíos que no saben quién soy.
Viví en tres
ciudades, una me tocó coyunturalmente, la otra me la metieron de prepo y la
otra la elegí. Mar del Plata es mi lugar en el mundo. Uno es de donde dejó
enterrado el ombligo, nací ahí, soy de ahí. Meto los pies en la arena, en el
agua, entre la espuma y siento que no me falta más nada, que puedo con todo,
que tengo el mundo. Me crié en Mendoza, pero no soy mendocina, estaba pero no
era, quizá la cordillera siempre nos separe. Esa misma distancia es la que nos
separa en carácter y en afecto. En La Plata me hice, me configuré, fui yo
conmigo, toda entera. Me sigo siendo acá.
Hice el
intento de estudiar medicina, sólo para encontrar la vacuna contra el mal de
amores. En el medio me enamoré, quedé rota y me fui, de la carrera, de la
facultad y de la provincia. Gracias a esa carrera sé que en otra vida hubiera
sido una química brillante. Biología no me gustaba y la Física es una cuestión
de fe. Quise estudiar Letras y también Inglés, Ingeniería Genética y Psicología
Forense, pero terminé haciendo Comunicación Social, una licenciatura, después
un profesorado. Ahora voy a los ponchazos con Administración, que también me
gusta, porque la política-que me encanta- y la gestión, van de la mano siempre.
Me pregunto,
¿qué se le pasaría por la cabeza a un potencial empleador, novio, amigo,
conocido, usuario de blog o pariente si leyera todo esto?, ¿me jugaría a favor
o en contra?, ¿o simplemente diría lo usual "estás re loca,
Victoria"?
viernes, 23 de septiembre de 2016
Wake Me Up When October Begins
Había escrito
"Dejémoslo todo y vamos" unas tres o cuatro veces, casi como si fuera
una premonición o la certeza a punto caramelo de que nada, o mejor dicho
no-todo, dura para siempre.
Di vueltas
alrededor, pero también en mi cabeza, como si buscara que por arte de magia o
mero logro del destino ciertos laberintos mentales se me fueran abriendo, hasta
poder buscarle los porqués a las cosas que siento pero no sé cómo terminar de
procesar.
Era cuestión
de tiempo, mejor dicho, de tiempos, porque aparte del tiempo que se mide
cuantitativamente también está el emocional, ¿cómo medir el tiempo en el que
necesitamos decir "basta"?, ¿cuándo es el momento adecuado para un
"no va más"?, ¿cuánto dura el instante en el que te das cuenta de que
algo/alguien te encanta y lo elegís para siempre?, ¿cuál es la unidad de medida de un momento de
placer?, ¿cuánto puede (no debe) durar el dolor/amor?
Después de
muchas vueltas, de páginas enteras que sólo yo conozco y que escribo también,
para conocerme un poco más. Fue ahí que descubrí la diferencia entre amor
propio, orgullo y vanidad, que parafraseando a Lovecraft por quincuagésima vez,
uno no debería tratar de invocar lo que no puede controlar y que como seres
humanos somos tan limitados que da entre miedo y bronca. Tenemos un espectro de
emociones y de racionalizaciones tan pero tan cerrado, tan cortoplacista,
hedonista, leydelmenoresfuercista y otros -ista contextuales, que cercenamos lo
que somos en pos de lo que podríamos ser que cuánticamente es tan imposible
como infinito, porque las posibilidades, esas que están por afuera de los
"-ista", sí que son ilimitadas.
Yo me había
despertado como cualquier otro día, pero distinta, como si viera todo en
perspectiva o como si cayera en la cuenta de que de tan automatizadas tenía
algunas cosas que en realidad tenía que estar disfrutando, ya las hacía por
inercia, sin placer, sin gusto y lo más importante, sin pasión.
Fue en ese
momento, que supe que vos no encajabas en la yo que amaneció esa mañana, que
era mejor dejarte, por un tiempo (subjetivo obviamente), porque si es cierto
que uno se pierde para volver a encontrarse, a la vuelta del camino estarías
ahí y sino, habría algo más, un alter, un yo que no eras vos, un vos que se
acoplara a mí y a lo que realmente desee, no a lo que los demás quieren,
pretenden o infieran que deseo.
Para todo hay
tiempo, para todo estamos a tiempo. Si algo no encaja, no hay que forzarlo, si
algo no te gusta no tenés que forzarte. Si hervís, evaporate. Si dejo todo, al
menos por hoy, el tiempo, mi tiempo es el que va a transformar mi corazonada en
certeza, la energía potencial en cinética, una posibilidad por otra, una idea
en una nueva realidad.
Recién me
despierto. Estoy a tiempo.
martes, 26 de julio de 2016
Te borro
Se rompió, se dobló, se resquebrajó. Dejó de ser lo que era.
Murió, la mató, la dinamitó, la tiró, la eyectó. No fue más.
Hizo estragos, añicos, desórdenes y órdenes en los que las piezas dejaron de encajar.
Dos de nosotros terminamos un vínculo. No vale la pena ver en quién la culpa está.
Lo que era, no es. Lo que fue no será.
"Será como si nunca hubiésemos existido", se dijo.
Y me borró.
De sus cuentas, de su vida, de su círculo de amigos, de su historia.
Chau. Hasta la vista. Encantada de conocerte, un gusto/susto conocerte.
C'est finí.
Te borro.
Me borro yo también.
Murió, la mató, la dinamitó, la tiró, la eyectó. No fue más.
Hizo estragos, añicos, desórdenes y órdenes en los que las piezas dejaron de encajar.
Dos de nosotros terminamos un vínculo. No vale la pena ver en quién la culpa está.
Lo que era, no es. Lo que fue no será.
"Será como si nunca hubiésemos existido", se dijo.
Y me borró.
De sus cuentas, de su vida, de su círculo de amigos, de su historia.
Chau. Hasta la vista. Encantada de conocerte, un gusto/susto conocerte.
C'est finí.
Te borro.
Me borro yo también.
jueves, 14 de julio de 2016
Híbrido
Quería ser abogada. Hice el secundario en Humanidades y Ciencias Sociales, con orientación en Pedagogía y Educación. En el último mes del último año se me ocurrió que quería estudiar Medicina. Me preparé para eso, me empaché de fórmulas de física, ejercicios de química (esos que aún en mis ratos libres o de mucho aburrimiento sigo haciendo) y hojas enteras sobre taxonomía. Entré, me cansé, dije que no era lo mío, que me gustaba escribir, que me apasionaba contar escribiendo y me mudé, dejé todo y fui a la facultad de Periodismo. No, tampoco estudié Periodismo, sino Comunicación Social, orientada en Planificación, que es un proceso y a su vez una acción, que no sale de los medios, sino desde las organizaciones, desde un cerebro que marca una identidad, una misión, una visión y unos valores. Yo tengo que encontrar modos, tácticas y estrategias para transmitirlos, para incorporarlos y hacerlos tangibles para todos los que compongan esa organización. Igual me gusta la física, igual me apasiona el Derecho, igual entiendo de química. Pero la linealidad me aburre y el saber así como yo y tantas otras cosas vamos en cadena. En esa cadena, me encontré metida en Económicas, estudiando Licenciatura en Administración (no de empresas) y también terminando un Profesorado en Comunicación Social, porque sí, aparte de que me gusta saber, me gusta enseñar. Fui profesora de Lengua durante un cuatrimestre, en un plan implementado por un gobierno del que no era afín y en el que mis clases se basaban hasta en Shakespeare, pero también en Sábato y Galeano. Mi abuelo paterno también fue profesor, sus obras son parte del programa de Literatura Francesa de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNCUYO, casa de Altos Estudios de la que se graduó con honores. Sabía hablar francés, griego y latín. Mi papá sabe hablar latín, mi mamá habla muy bien italiano. Cuando era adolescente me metí a estudiar alemán, papá decía que me iba a "derechizar", mamá decía que los italianos y los alemanes tenían "un feeling" especial. Cuando dejé de intentarlo en Ciencias Médicas, dejé alemán, me puse a estudiar inglés, fui la mejor del curso, pero no lo seguí porque me tenía que mudar a estudiar Comunicación, lo mismo pasó con italiano, que lo hice como regular, pero podría haber avanzado más niveles de los que originalmente pretendí. El año pasado hice un curso de francés, este año seguramente lo intente con portugués, aunque quisiera ir a danés o también aprender sobre la cultura irlandesa. Eso soy y puedo ser todo eso y más. Soy infinita, todóloga, reversible, transdisciplinar, camaleónica. Soy, estoy siendo, sería y seré híbrida.
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