miércoles, 22 de febrero de 2017

Wednesday

1. BAJA PRESIÓN: algún día me voy a tatuar el 8/5, solo para recordarme que siempre se puede bajar un poco más.

2. LOS CINCO MINUTOS: sea la hora que sea, duermas solo o con quien sea, los "cinco minutos más" después de posponer la alarma, nunca son cinco minutos.

3. BACON Y MEDIALUNAS: es legal desayunar cuantas veces sea necesario, para ligar de arriba y por algunos minutos una ráfaga limpia de aire acondicionado.

4. ZOMBIES: no importa que esté muerto hace más de veinte años, sigo hablando de él en presente, como si me lo fuera a encontrar mañana. No importa que esté vivo y dando vida, cuando lo nombro, siempre es en pasado, casi como si no hubiera existido.

5. PARADERO: ¿adónde creés que te vas a esconder, si de un fantasma no se puede escapar?

6. GENTILEZA: "si estás embarazada o con pibes podés pasar directamente... igual pasá, hay tipos que vienen con bebés para pasar primero y me hacen dar bronca, hoy el calor es inhumano para todos"

7. DOBLE RACIÓN: "No hay fruta, agarrate otro pan". Como si fuera lo mismo, como si diera lo mismo.

8. FANTASMAS: cuando estás por dejar algo, te cruzás con todas las razones que, a lo largo de los años, tuviste para no dejarlo.

9. PORTACIÓN DE CARA: el tipo me había manoteado durante un recital, era piba, boluda, corrí y me largué a llorar. Lo vi ayer, hoy, mañana. Trabaja en la esquina de casa. Pasó media década, yo sé que soy una más en su haber, pero él es el único que miro y me da náuseas.

10. PUNTOS CARDINALES: "son 6 pesos", "son 6,25, porque aunque sean 15 cuadras, hay cambio de sección", "¿por qué me peleás por 25 centavos si a fin de año vas a pagar 11 mangos"... y así los choferes de la línea ESTE, demuestran que hace mil años que perdieron el norte.

11. CEBADA: pensaba que en verano y con cuarenta grados, me bastaba un helado para ser feliz. Y entonces descubrí la birra recién sacada de la heladera.

12. USOS: los volantes que dan los pibes vestidos de cocineros no sirven ni para abanicarse. Es en ese momento cuando hay que recurrir a la chica que reparte las muestritas de Pantene.

13. CON LA FRENTE MARCHITA: uno empieza a entender el tango cuando está más lejos de cumplir 15 que de llegar a duplicarlos.

14. LA MEDIA VUELTA: andate de mi mundo, andate con el sol, andate cuando se muera la tarde.

15. AL REVÉS: en el Registro Civil, a mayor edad, mayor el arancel (y ni hablar si ya estás muerto)

16. FICCIÓN; y no hay novela que pueda se le pueda comparar a lo intrincado de algunas realidades.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Letra y Música 2

Nunca había leído testimonio más desgarrador que el de Noches Blancas, nadie me había cantado tan bien las cuarenta como don Eduardo en El Libro De Los Abrazos. Nadie me había transmitido tan bien lo "loco" del amor y la fuerza de los celos como el Romeo y el Otelo de Shakespeare y nada me hacía "volar" tanto como el realismo mágico del Gabo o las historias de Ray Bradbury, que de tan prácticas eran fantásticas y de tan fantásticas, llegaron a ser reales. Tampoco nadie me había dado tantas vueltas como Descartes o parecido tan interesante y al mismo tan insulso como Gray y su atlas de medicina.

Fue en ese momento, cuando mi realidad superó todas mis ficciones ya escritas, cuando empecé a leer menos y tuve la necesidad imperiosa de (d)escribir(me) más. Creía saber cómo se sentía un beso porque lo había leído tanto en un libro de poemas como en uno de medicina, pero recién fui capaz de describirlo cuando me dieron uno. Esa misma situación se dio con todas las cosas y experiencias por las que fui pasando después. La lectura fue mi teoría y cuanto más creciera, más tendría que apropiarme de la escritura como práctica. No por nada, los escritores escriben y describen TODA su vida, aunque nunca jamás escriben sobre sí mismos.

Leer o escribir bajo presión es imposible. Se hace o por mero impulso o no se hace. Un libro no te llega por azar, uno lo elige y quizá ese libro también lo elija a uno. Así fue como los primeros me los mandaba mi abuelo junto con bolsas y bolsas de golosinas, los siguientes mi papá y los restantes los fui consiguiendo hasta hacer de mi biblioteca un club. No me imagino otra forma de leer que no sea escribiendo, ni me imagino una descripción de mi vida sin la lectura como arma, aliada y en muy contadas ocasiones, también enemiga.

La idea, la inspiración, ese algo que surge de la necesidad de tomar una lapicera o empezar a tipear no viene porque sí y lo mejor del asunto es que del mismo modo que la imaginación, la escritura tampoco tiene techo, mucho menos, piso. Así como amor no es literatura sino se puede escribir en la piel, así como todo conflicto, todo cambio tiene un detonante, todo lo escrito tiene un porqué y un para qué. Ya sea que se escriba un microrrelato, los 140 caracteres de un tuit, una novela o tu propia biografía lectora, siempre hay una razón. La de hoy, es presentarme, representarme y volver a descubrir esos motivos por los que justamente creo que si todo lo demás falla hay que leer, pero más que nada, no dejar de escribir.

Letra y música 1

Sí. Los veintitantos que tengo me los pasé leyendo. Mi abuelo materno se sabía la Divina Comedia de memora, el otro era licenciado en Letras y mis padres, abogados, devotos de Cortázar, Bécquer y Shakespeare.  ¿De qué otra forma podría haber salido?

Caperucita Roja, la Cenicienta y Blancanieves eran parte de mis lecturas predilectas, pero no por mucho, ¿quién no quería ser princesa a los cinco años?, ¿quién no quería, a los diez años, encontrar un príncipe para casarse y no tener que salir a trabajar?

Las princesas eran perfectas, pero no eran reales, al menos no tanto como las mujeres que se instalaban horas en el estudio de mi mamá. La Bella Durmiente no tenía un marido que le pegaba, ni un padre ausente. Tampoco hay novios obsesivos en los cuentos de hadas y nadie lidia con cáncer antes de los 30, ni se saca los ojos por un pedacito de tierra. Ni las princesas ni las mártires eran mis ejemplos, pero las leía, las veía y las escuchaba. Quizá, sacando un poco de cada una y aprendiendo de la otra podría inventarme una mujer que sí fuera un ejemplo o podría armar una lista de las cualidades que yo sí podría tener cuando me convirtiera en mujer.

Leí a los hermanos Grimm con la misma pasión que todos los fines de semana buscaba una nueva palabra en el diccionario, a fin de poder ganarle a mi papá (obsesivo cultor del griego, el latín y el castellano) en el tan temido tutti-frutti. Prácticamente sentía que tocaba el cielo con las manos cada vez que gritaba "Tutti-frutti, nadie más escribe" y sabía que todo era mi mérito propio por haber leído y nunca haber dejado de escribir. Me sentía imbatible.

La vida me fue llevando por distintos y variados caminos. Al ir creciendo, al menos en edad (porque sigo midiendo lo mismo que a los 13 años), mis responsabilidades fueron mayores y los tiempos para leer se acortaron. Sin embargo, nada puede con la imaginación, más cuando sobrevienen momentos de crisis, o cuando justamente, la realidad supera a la ficción. Por eso, el tiempo que no pasaba leyendo lo empecé a utilizar escribiendo. De ahora en más yo iba a ser la dueña de mis ficciones y la creadora de mis propias realidades.

sábado, 28 de enero de 2017

Como si nada


Rompí tus cartas, borré tus conversaciones y cerré mis cuentas. Cogí mis sábanas e hiberné en ellas todo el día.
Cuando era chica decía que quería ser médica para inventar la vacuna contra el mal de amores, esa que ahora me ayudaría a verte, oírte y pasar ratos con vos como si nada, pero sabiendo que habíamos vivido un “como si todo”; porque no importa qué tan corto pudo haber sido nuestro camino, sino la marca que ya nos dejamos.
Y ahí estaba yo, lidiando con mi alma de a ratos, de a cuajos, de a pedacitos cada vez más delicados. Los dos amamos ganar, tanto que hasta nos duele empatar.
 “Yo no quiero cagarla”, me dijiste.
“Y yo tampoco te quiero a medias”, te respondí.
Por más que quisiéramos ganar (nos), teníamos mucho para perder.
Pensé en Agatha Christie y el modo brutal que tuvo de hacer de su historia una ficción. También pensé en la treinta y única película que me hizo llorar: el Eterno Resplandor de Una Mente Sin Recuerdos. Suspiré.
En la única red social de la que no había podido borrar tu rastro encontré un mensaje tuyo. Uno que probablemente me mandaste con varias copas de más y del que quizá-no sé- ante mi letal respuesta, te arrepentiste.
Se supone que cuando alguien está en un break como Rachel y Ross, los implicados no se escriben, no se ríen, no se miran y mucho menos confiesan que se extrañan. Sin embargo, vos y yo… lo creo imposible.
Fue en ese momento cuando lo entendí todo. No puedo borrarte de mi vida, ni puedo borrarme de la tuya. Yo no puedo dejar de lidiar con tu presencia y vos no me podés sacar de tu cabeza.
Llegué a la conclusión de que tenemos que aprender, pese a nosotros mismos, a vivir juntos pero no revueltos, como en un cuento infinito. Ninguno de los dos pierde, pero ninguno de los dos se va a dejar ganar.
Estamos sin ser y no somos nada, pero te sigo mirando, te sigo mirando y mirando y seguís siendo todo.

jueves, 29 de diciembre de 2016

La no-certeza

Le escribí una madrugada cuando vi que había cambiado su estado de Whatsapp. Decía "Bebu te re amo" y soy tan inocente, incrédula, in... que pensé que era un perro, un gato o cualquier otra mascota. Sara es bichera, lo fue toda la vida, no tenía que sorprenderme que manifestara ese amor por un animalito. En tono de broma le puse "¿Quién o qué será Bebu? jajajaja"
La respuesta me llegó casi un día después: "es mi marido x, ahi algún problema?", ni siquiera un hola, ni siquiera un "cómo estás amiga?", sólo esa oración en seco, como si me la escupiera en la cara. Me quedé helada. Mi amiga, que al igual que yo ostenta un título universitario, nunca, jamás de los jamases confundiría "hay" con "ahí". Algo pasaba. Respondí, le aclaré que era una broma, que no se molestara, que pensé que era un perro, un gato o algo así y le pregunté cómo estaba. Cuando terminé de mandar el último mensaje, me di cuenta de que me tenía bloqueada.
Mi cabeza empezó a dar vuelta tras vuelta. Lo primero que hice fue mandarle mensajes a otras redes sociales para verificar si ese número seguía siendo el de ella, luego me puse en contacto con su madre y una hermana, que me aseguraron que mi amiga estaba bien y después intenté llamarla.
La última vez que nos habíamos visto, mientras tomábamos un helado en plaza Italia, me dijo que quería separarse, que su marido la tenía harta, que era un flojo, un vago de mierda y que si bien lo había echado de la casa una incontable cantidad de veces, siempre la terminaba convenciendo de que iba a cambiar y aflojaba. Ella inclusive se resistía a llamarlo marido porque no estaban casados, no quería saber nada con tener hijos con él y le veía una pronta fecha de vencimiento a esa relación. 
Seguí insistiendo en comunicarme con ella, posteé en su muro, volví a los inbox y repregunté a su familia si estaban seguros de que Sara se encontraba bien. Las respuestas, o mejor dicho, las no-respuestas, no habían cambiado.
Cuando se cumplió una semana de ese primer "¿Quién o qué será Bebu?", recibí un mensaje de ella, volví a ver su foto de perfil y su respuesta setting por excelencia "Hola amiga, todo josha", el texto seguía con "Bebu es mi marido x, pasa que le digo así de cariño, vos todo bien?". A los dos segundos, también me respondió mis inbox de Facebook, aunque era innecesario y me comentó que su madre le dijo que había estado preguntando. Efectivamente todos mis intentos por contactarme dieron fruto. 
Por esos días estaba a punto de recibirme y como nos conocemos de toda la carrera, fue una de las primeras personas a las que le avisé. Su contestación no se hizo esperar: "Ke emoción! hay estaré amiga". Cuando me recibí, no vino. Todavía dudo de si la voy a volver a ver, si realmente hablaba con ella y si realmente es/está.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Me recibí

Cuando estaba en segundo año, mi profesora de Antropología me dijo: "Vas a caer no cuando te recibas, sino la primera vez que te presentes y digas 'soy fulana, licenciada/profesora/técnica o lo que sea'". Como lo escribo todo, en ese momento me imaginé en un futuro sentada frente a la compu, terminando un word eterno al que firmaría como primero con mi título y después con mi nombre. Todavía no llegué a eso, pero en cualquier momento puede pasar.
En 2013, cuando estaba en cuarto de la Licenciatura, me anoté también para el Profesorado. Tenía que hacer alrededor de 10 materias y como dos años antes había sido capaz de meter 11, sabía que podía. En medio de todo eso, me pasó la vida, giré para tantos lados como pude y llegué a 2014 diciendo que nunca más pisaba la Facultad de Periodismo. Arranqué Económicas, me encantó, pero metía materias no como máquina sino como carreta y mi vida de adulto, esa que de a poco empezaba a ser cada vez más importante, me exigía dispersarme menos y empezar nuevos caminos. Tenía que sacarme cosas de encima, tenía que empezar a terminar cosas, a dejar de dividirme, dejar de pensar en el pasado y en todo lo que no hice, para empezar a concretar todo y lo mucho que quería hacer conmigo. No había ni hay otro modo que no sea ir para adelante.
Empecé este año, vi mi analítico y para ser profesora me faltaban cinco materias. Meterlas después de un año en el que sólo había hecho dos era ponerme a estudiar el doble de tiempo y hacer el doble de esfuerzo. Cuando lo dije y lo pensé, no recibí otra cosa que muestras de apoyo y no pude hacer otra cosa que avanzar. Y así llegué, pasito a pasito, aprobé 1, 2, 3 materias y cuando me faltaban las últimas dos me morí de miedo, de dudas, de nervios, pero sabía que si no seguía caminando, nunca iba a poder correr.
Cuando después del coloquio más largo de la historia, dijeron "está bien", me quedé dura, hasta que alguien que siempre tuve al lado en todo este cuatrimestre dijo: "un aplauso para la compañera, que se acaba de recibir". Me aplaudieron más que al resto y me puse bordó como siempre.
Primero le avisé a mamá y mis hermanos por nuestro grupo de whatsapp que se llama "May the four be with you", haciendo alusión a la frase de Star Wars (May que force be with you) y al hecho de que somos cuatro y en la vida y para todo, la fuerza viene de la familia. Ellos no estuvieron físicamente, pero siempre estuvieron ahí, siempre están en todas.
  Después se fueron enterando todos mis mundos: mis amigos, mis compañeros de las dos facultades, mis compañeros de militancia, el resto de mi familia, mi jefa, el pibe. Lo que siguió fue un baño eterno en espuma y agua que duró desde la facu hasta el centro ininterrumpidamente, correr al trabajo, comer con más placer que nunca y después de casi ocho horas, dormir de corrido durante casi nueve horas y abrir el vino que había prometido tomar sólo después de rendir la última materia.
Todavía no caigo y no sé cuándo lo haré. Lo único que tengo claro es que terminar cosas te hace libre, empezar nuevas etapas, también. Una vez más, estoy lista. (Y la fuerza está conmigo)

viernes, 2 de diciembre de 2016

Paradero

Sos la segunda, tercera, cuarta, quinta persona que me pregunta por él. Como si implícitamente todos ya tuvieran asumido que sé todo de su vida y él de la mía, que por exceso, defecto, derivación o cualquier otro tipo de fenómeno natural o no, nos van a encontrar juntos. Y no, no sólo que no estamos juntos, sino que no somos juntos, ni estamos. Nada.
Sé que estoy y sé que existo porque en este momento estoy redactando estas líneas, sé donde me encuentro, sé quien soy. Él también está y existe, porque dio señales vida, de que el corazón le late, que el cerebro le carbura y demás. Pero que esté con vida no significa justamente que esté en mi vida. Hay un océano y medio de diferencia.
Lo extraño, sí. A veces lo extraño, otras pienso que fue un espejismo. Otras, como esta en la que no sé su paradero, busco frenéticamente evidencias que me hagan comprobar que fue real. Y sí, lo fue. Fulano, Mengana y Sultano lo conocen. La chica X cursó con él, el chico Y vivió con él un tiempo. Existió, sí, pero en parte yo también me lo armé para mí, a gusto y piacere. Ese defecto que tenía no me parecía tan defecto y esa virtud que apenas asomaba me parecía demoledora. Sin darnos cuenta, con todas las personas hacemos lo mismo. No hay alucinógeno más grande que la subjetividad. Lo extraño, sí. O quizás extraño lo que me gustaba de él y lo que me gustaba de mí, cuando estábamos/éramos y coincidíamos.
Los días pasan. Sos la sexta, séptima, octava persona que me pregunta por él. Como si en alguna parte de la Historia el mundo hubiera sido nuestro. Como si fuéramos indivisibles, como si nunca hubiésemos sido accidentales. Sí, yo sé por dónde empezar a buscarlo, sé qué coordenadas me pueden llevar hacia él, qué número buscar, qué botón presionar... Yo sé qué, pero qué sé yo, no sé cómo. Lo que no sé es si realmente quiero. ¿Por qué me arriesgaría buscar a alguien que tal vez ni siquiera pretenda ser encontrado, ni por mí, ni por vos, ni por nadie? ¿qué motivo tendría para cometer semejante estupidez (para algunos) o acto de valentía (para otros)?
Si es que es cierto que uno sólo aparece cuando y como quiere, no hay que precipitarse, ni rasgarse las vestiduras, ni rezarle a ningún santo, ni prender velas de colores y formas varias, ni forzar lo que se da o no. Solo el tiempo dirá si sos la novena o la décima persona que me pregunta por él o si todos, de una vez por todas, conoceremos su paradero.