sábado, 30 de septiembre de 2017

QueremeQuiero

Me carcomen las ganas de verte, me llenan, me invaden. Hacen de mi conciencia simples piezas que carecen de significado que luego sé que tengo que levantar, enmohecidas, repletas de vos y de todo, absolutamente todo lo que sea tuyo.

Cierro los ojos, te veo mirándome. Te siento, aunque sé que no estás. Que quizás no estés nunca.
Recuerdo tu pelo, siempre perfecto, invitándome a desentramarlo y desentrañarlo. No sólo quiero verte, quiero despeinarte.

Recuerdo tu piel, lo bien que se sentía junto con la mía, la primera vez que te toqué, mi estremecimiento, el brusco aumento del latido de mi corazón, la imperiosa necesidad de que esa sensación no se terminara más, las ganas de seguir recorriéndote con mis manos. No sólo quiero verte, quiero tocarte.

Recuerdo tus ojos, perfectos, perennes, inmunes a cualquier noción de tiempo... Nos mirábamos y no había ni chispas ni brillos ni fuegos artificiales. Simplemente, nos fundíamos, nos abrazábamos-y nos abrasábamos-y no importaba nada más. No sólo quiero verte, necesito volver a mirarte. Derretime otra vez.


Te quiero rodeándome con tus brazos, te quiero viéndome, te quiero queriéndome... ¿tan difícil será volver a verte?, ¡Quereme!, que yo te espero, yo te espero, yo también quiero...

jueves, 31 de agosto de 2017

Lady Di. Un día en la vida

Era 1997. Me gustaba mirar los dibujitos de las obras de Shakespeare en el Discovery Kids, alguna que otra novela y The Box el canal de música. Estaba “enamorada” de Leonardo Di Caprio desde que lo vi en la película Titanic, por eso, cada vez que veía el video de “My Heart Will Go On”, me entusiasmaba a más no poder. También le había cortado el pelo a una de mis Sailor Moon para que se pareciera al personaje de Kate Winslet y mis amigas y yo leíamos las revistas “Linda” y pasábamos los recreos viendo sus fotos y las de los Backstreet Boys, Aaron Carter o Brad Pitt.
En mi casa no había ninguna de esas cosas, estaba lleno de libros de Derecho, enciclopedias y otros ejemplares prohibidos para mi edad, así que si quería leer algo me tenía que conformar con unos tomos azules que hablaban de civilizaciones, historia contemporánea, artes y literatura. Mi favorito era el que trataba de personajes célebres, como Sherlock Holmes, Fausto, los Beatles o Juana de Arco. En medio de la DiCapriomanía descubrí la existencia de Winston Leonard Spencer Churchill y más allá de quién era, me gustaba repetir su nombre porque se llamaba Leonard, como el de Titanic y el de la Mona Lisa.
Para agosto, ya casi no pasaban “My Heart Will Go On” en la tele y los noticieros internacionales que veía con mis padres a la hora del desayuno pasaban a la Madre Teresa y Lady Di que se habían encontrado no sé dónde. La Madre Teresa salía en mi libro, le decían Teresa, como a una de mis tías que tenía carteles de Dios por todas partes, pero se llamaba Agnes y era de la India, que había sido territorio inglés. Ambas, Diana y la Madre Teresa siempre estaban cerca de gente carenciada, enferma o en condiciones de extrema vulnerabilidad. Eso, para mí, explicaba el encuentro de las dos.  Solo unas semanas después, a finales de agosto, la prensa mundial estaba abarrotada con las fotos de la madre Teresa, que se había muerto. Yo me enojé, mi libro ahora estaba desactualizado.
El 31 era domingo, me acuerdo porque esos días comprábamos el diario Los Andes casi religiosamente. Esa mañana en absolutamente todos los canales estaban las fotos del auto negro destrozado en el que viajaban Lady Di, el hijo del dueño del Ritz y un chofer borracho. Al día siguiente, desayunando en un McDonald’s no terminé mi té por leer la crónica del accidente, esa mujer tenía la edad de mi papá, dos hijos muy chicos y aparte el esposo no la quería… y la Reina menos. La Reina era la misma que cuando Churchill era primer ministro (y sigue siendo la misma). Churchill se llamaba Spencer y Lady Di era Diana Spencer. ¿William y Harry serán los que salen parodiados en el video de las Spice Girls? En mi libro no salía quiénes eran las Spice Girls...
Dicen que los recuerdos, cuando uno es chico están asociados a una emoción fuerte. Por eso, contra todos los pronósticos, me acuerdo del atentado a la AMIA en el 94 porque fue el día después de un Mundial y estaba en Mar del Plata, del 11-S porque no tenía clases y era feriado y del 19/20 de diciembre de 2001 porque no podía ver la novela con Chayanne. Al mes que murió Lady Di, nació mi hermano y mis viejos tuvieron el tino de ponerle Guillermo Andrés, como a William, que durante toda la secundaria, y hasta que un pelotudo me rompió sus fotos al grito de “que se joda por inglés”, fue mi amor platónico. Cuando Guille nació, el Palacio seguía abarrotado de flores, al menos eso me mostraban hasta en The Box. 

Y después dicen que 20 años no es nada… 

domingo, 20 de agosto de 2017

Barcelona y Serrat

Siempre que pienso en Barcelona, lo primero que se me viene a la cabeza es el Nano. Quizá porque desde que tenía menos de un año me acuesto a dormir con sus canciones de fondo, o porque creo que nadie más pudo describir de una forma tan perfecta lo que es el amor al mar, a ese que considerás tuyo. Cada vez que le escucho hablar del Mediterráneo se me pianta un lagrimón y no puedo evitar recordar a mi natural Atlántico que en Mar del Plata se torna entre marrón y celeste, según su estado de ánimo.
El Nano me da ese no sé qué que solo se siente con las pequeñas cosas, esas mismas, aquellas delas que habla su canción, las que hacen que lloremos cuando nadie nos ve.
En estos días me dolió Barcelona y también el Nano, como si fuera una parte de mí, como si fuera una parte de todas mis historias. En la misma semana, me enteré de que ese dialecto que le sentían hablar a mis bisabuelos, hace más de cincuenta años, era catalán. El mismo que se habla en Barcelona, ese en el que canta un tal Joan Manuel, que resulta también ser Juan Manuel como mi hermano.

Quizá algún día llegue a ser tan grande, tan joven y tan vieja como Serrat, él ya no va a estar y el mundo como lo conocemos, tal vez tampoco. Quizá no viva en este país ni en este planeta, tal vez escuchemos música de una forma que ahora es inimaginable y ni siquiera necesitemos dormir para empezar un nuevo día. Pero si en medio de toda esta vorágine puedo crearme una certeza, sé que esa es que siempre voy a tener a mi Mediterráneo y un Joan Manuel del que oír paraules d’amor.

martes, 1 de agosto de 2017

Goodbye my lover, goodbye my friend

Una mañana, al hombre del kiosco de diarios, que siempre se las ingeniaba para traerme La Capital o Los Andes, le pregunté cuál era el diario que menos le compraban. El “Buenos Aires Herald” me respondió,” lo compra uno que otro así blanquito como vos, pero nadie más, en cualquier momento muere”.  

Desde ese día, siempre que podía, porque ya compraba un diario local, uno provincial y uno nacional, también separaba un poco de plata para comprar el Herald. Me daba no sé qué que un diario fuera a cerrar porque nadie lo compraba y pensaba en los escritores/periodistas que lo hacían, ¿se sentirían como nos sentimos todos cuando no nos leen?

Corría 2012, un año de mierda (no hay otra manera de decirlo). Me mudé a un nuevo departamento, ese mismo día rompí una bacha y ahogué mi celular en una taza de té verde a medio tomar; al mes, en pleno mayo y en La Plata, no tenía gas y todas las mañanas iba a buscar agua a la facultad, que quedaba a dos cuadras, para poder tomar unos tés calientes. Tampoco tenía internet y menos que menos televisión. 

En medio de todo eso, creo que lo único que me salvó fue que nunca dejé de leer (ni de escribir, pero eso ya es para otra historia). Desde antes de cursar Gráfica 1, mis mañanas empezaban con los diarios sobre la mesa y por más aislada del mundo que estuviera, ese pequeño ritual siempre se mantuvo intacto. Tener un diario nuevo para ver era espectacular y como fanática de los idiomas que todavía soy, me devolvió los colores. Cada palabra y cada expresión que descubría me entusiasmaban más y más.

En una época en la que no estaban tan masificadas las aplicaciones, tener un buen diccionario costaba un ojo de la cara y vivía a comedor universitario, agua y bizcochitos Don Satur, tener un diario con el que encontrara el equilibrio justo entre aprender más de un idioma (por ese entonces ya hablaba tres) e informarme, casi-casi que se acercó a la gloria. 

Me volví a mudar, a tomar una ducha caliente y a pasar horas en internet, pero siempre pasaba a buscar el Herald y le fui leal por años, inclusive cuando se volvió un semanario que salía cada viernes y paulatinamente se fue apagando. 

Hoy, pasados sus 140 años, no va más. Siento que algo se me rompió, o peor aún, que se fue una parte de mi vida.


"You have been the one, you have been the one for me..."



miércoles, 10 de mayo de 2017

Este puñetero blog

¿Qué hace uno para evitar situaciones de este tipo en el 90% de los casos?... ¡¡¡SE ESCAPA!!! Créanme que tengo razón… como la mayoría de las veces.
Ejemplos hay miles: el que trabaja mucho, el que estudia mucho, el que lee mucho, el que escribe mucho, el que viaja mucho, el hombre o la mujer orquesta, el que tiene la casa llena de gente todo el tiempo o el que nunca está… hay tantas formas de escape como personas. Están los que salen a caminar, los que van a la pileta, los que hacen algún deporte, los que chatean, los que pintan, los que toman cursos hasta de cómo atarse los cordones con una mano… créanme que dentro de ese 90% que les mencioné antes hay formas de lo más creativas, otras formas como dormir o enfermarse, son demasiado obvias.
El quid de la cuestión es: ¿de qué nos estamos escapando?, ¿Qué es lo que nos hace día tras día recurrir a una o más formas de escape?, ¿Qué hace que elijamos una forma y no otra?, ¿Qué hace que en vez de decir que estamos disconformes nos escapemos?...
Así como dije que hay miles de formas de escaparse, también hay miles de cosas que hacen que nos escapemos.
Algunos se escapan de una realidad que no quieren enfrentar; de un mundo que les angustia ver; de un mañana que no es prometedor; de un hoy frustrante; de un hogar sin contención; de alguien que nos acompaña pero esperamos ver dormido cuando nos acostamos y ya fuera de la cama cuando nos levantamos; de un familiar insoportable o inoportuno; de la presión de ese examen que no sé si rendí bien o mal; de padres demasiado exigentes; de hermanos muy competitivos y…hasta de nosotros mismos
Este puto blog como dije al comienzo, es parte de mi forma de escape, la computadora, al menos yo me escapo de un entorno familiar crítico, una vida social escasa, un vacío existencial gigantesco y unas ganas tremendas de tener otra vida en la que pueda ser libre y pueda elegir… ¿lindo no?...
Desde que soy chica me encanta escribir, creo que es mejor terapia que un psicólogo y cuanto menos para mí es más barato…

Ojo, no estoy diciendo que lo que leyeron sea literatura barata, sino una forma ácida de ver la vida. Vida que si bien muchas veces es fantástica y nos trae personas o cosas maravillosas otras veces, se ensaña con nosotros hasta vernos aplastados en el suelo como hormigas para luego levantarnos y elevarnos y volver a tirarnos y volver a levantarnos… pero esa es otra historia complicada de esta chica complicada.

jueves, 13 de abril de 2017

El despadre

Quise. Quise mucho, muchísimo poder decírselo, pero me contuve. Ni bien lo contó se me revolvió todo, lo viejo, lo nuevo, lo que ya había pasado y también lo anterior. La entendía y más que nadie, pero ella nunca me entendió. Pasamos por lo mismo, por circunstancias casi calcadas, como si algunas cosas se heredaran casi de manera tan perfecta como la sangre.
Le quise contar todo. Yo también pasé hambre e inseguridad(es); también estuve sola y a la deriva sin poder parar de llorar y también me sentí desesperada, dolida y decepcionada, no sé si con él o con la vida misma, pero salí adelante. Una sale adelante porque no queda nada más, porque no queda de otra, porque no hay otra manera.
Él también relativizó mi cariño; midió en pesos nuestra relación; justificó hasta el hartazgo sus ausencias con un “no sé qué le hice” y desapareció de mi vida, porque a decir verdad, tampoco supo nunca hacerse cargo de la suya.
Cuando no tuve plata para llegar a fin de mes, tuve que vender mi secador de pelo, mi grabador y mi MP3; cuando no tuve qué comer robé de alguna heladera ajena o de la basura, esperé la buena voluntad de alguien a la salida de un negocio o me hice la boluda en algún evento y me llevé las sobras.
Mi él no se diferencia mucho del de ella. No estuvo para prevenirme, ni advertirme, ni consolarme y frente a todo eso, el hecho de no mantenerme fue una nimiedad. Y como fue una nimiedad, en el momento en el que pensé que me ahogaba, pateé más fuerte, salí a flote y empecé a caminar por mis propios pies.
Terminé el colegio y la facultad, hice amigos, viajé hasta donde pude, me afilié a un partido y milité. Cuando dejé de mirarlo a él, me pude mirar a mí y cuando lo hice, vi todo lo que me esperaba, todo lo infinito que podía alcanzar.

Quise mucho, muchísimo poder decírselo, para que sintiera que todo lo que está pasando es transitorio, que como dice la canción “del mismo dolor vendrá un nuevo amanecer” y que de si busca la luz la va a encontrar. Quise decírselo, pero en vez de todo eso, le di un abrazo y me callé. 

domingo, 2 de abril de 2017

Torta de chocolate sueca// Kladdkaka [ES]

Esta torta probablemente sea una de las más populares en las meriendas suecas. Cada café de la ciudad tiene una versión a la que puede introducirle ciertas variantes. Personalmente me gusta acompañarla con zanahorias y naranjas caramelizadas y también azúcar impalpable. Kladdkaka literalmente significa torta pegajosa. Su punto y tiempo de cocción son inferiores al de otro tipo de pasteles y es eso lo que la distingue y justamente lo que la hace tan buena. Es también una torta de rápida y sencilla preparación, pero el horneado debe hacerse con sumo cuidado. Con menos horno del necesario, la torta quedará estropeada. Si el tiempo de cocción supera los cuarenta minutos quedará demasiado seca y difícil de digerir. Para que esté en el punto justo es crucial vigilar la cocción durante los últimos minutos del horneado. 



Ingredientes
100 g
(7 tbsp)
manteca/mantequilla 
125 g
(1 cup)
harina 000
25 g
(4 tbsp)
cacao amargo en polvo.
1 pizca

sal.
3

huevos. 
225 g
(1 cup)
azúcar blanco refinado.
1 cucharada 

esencia de vainilla. 


Preparación

1. Precalentar el horno a 175° grados.
2. Derretir la manteca y dejar enfriar lentamente. 



3. Unir los huevos y el azúcar hasta que la mezcla sea liviana, fluida y pálida. 


4. Agregar la manteca derretida y el cacao en polvo hasta lograr una mezcla espumosa y consistente.  Batir al menos tres minutos con batidora eléctrica.

5. Poner en un molde previamente enmantecado y enharinado de 20x30. La torta crecerá durante el horneado, pero no demasiado.
6. Cocinar a fuego mínimo por alrededor de 18-22 minutos o hasta que los bordes estén dorados y crujientes.
7. La torta estará lista una vez que al presionar el centro éste necesite un poco de presión para romper la capa formada por el azúcar, pero por dentro siga estando blanda. Una vez que eso ocurra, dejar enfriar en el molde por lo menos durante una hora. Una vez fría puede conservarse hasta cuatro días en un lugar fresco y seco.