martes, 1 de enero de 2019

Adiós al colectivo 33

En 2002 mamá se cansó de ser el chófer de la familia y vendió el auto, era un Peugeot 504 azul
que antes había sido de mi nonno y que por más que quisiéramos ya no daba para más.
Desde ese entonces, tuve que aprender a manejarme en colectivo.
Eran otras épocas, el metrotranvía no estaba ni en los planes, la Mendobus era tecnología avanzada
y no hacía mucho que la facultad de Derecho estaba adentro de campus de la Universidad.
En ese contexto, más allá de los 170/180 que me llevaron a Maipú hasta que terminé el secundario,
el colectivo que más tomaba era el 33 Godoy Cruz/Las Heras.
A veces iba a visitar a mi papá a su facultad, comíamos en el comedor y me atendía en el Damsu.
Durante el verano íbamos a la pileta del club y el año que mis viejos se divorciaron,
yo estaba por empezar el pre; jamás se me planteó otra cosa que estudiar en la universidad pública así
que de antemano ya sabía que iba a vivir prácticamente en el 30, que luego pasó a ser el 3 y después
simplemente el bondi.
Por ese entonces, el trasbordo tampoco existía y muchas veces salía del colegio con los minutos justos,
me sacaba el uniforme, me cambiaba e iba corriendo hasta el control. Había calculado 48 minutos entre
que salía de casa y pisaba la facultad. Quería ser médica, por culpa de Hollywood, pero esa ya es otra
historia.
Hace casi 9 años me fui a estudiar Comunicación Social a La Plata, pero siempre que volvía tenía
paso obligado por la Universidad; el Damsu seguía siendo mi obra social, las facultades hacían
actividades que me interesaban, podía hacer acelerados de idiomas y cada tanto visitaba a los
amigos que me habían quedado del pre y la secundaria. Por supuesto que seguía viajando en el 33.
Después de recibirme volví a Mendoza, ya con la idea de estudiar Inglés en la FFyL, también hice un
curso de Community Manager e iba a cuánto festival hubiera. El bondi ya no tenía el cartelito verde
sino luces LED que marcaban si iba a Godoy Cruz o a Las Heras; en 15 años y hasta ese momento,
jamás había confundido el recorrido, pero una tarde me pasó, por culpa de esos nuevos carteles y
 todavía no puedo entender cómo terminé en Las Heras sin saber cómo volver o para dónde ir.
A partir de febrero de este año, empecé a tomar el 33 todos los días, como hacía hace más de
10 años. Los 48 minutos de casa a la facu a veces eran más y otras menos, dependiendo de los
desvíos que hubiera. Llegué a tomármelo a las 6:30 de la mañana para guardar lugar en la primera
clase del miércoles o a las 22:30 después de haber estado yendo y viniendo por todo el campus.
Esta semana fue la última vez; a partir del 2/01 ese recorrido desaparece y tendré que calcular de
nuevo cuánto me tarda llegar a la Universidad y desde dónde, probablemente me pierda y termine
en Las Heras, Guaymallén o San Juan, pero ya no será una anécdota hasta graciosa y quizá tenga
que levantarme muchísimo más temprano o caminar por lugares que antes había obviado.
Por lo pronto, siento que se me termina una historia y por más que quiera minimizarlo,
no puedo evitar lo agridulce de esa sensación.


Te voy a extrañar Mercedes Benz con chofer, ojalá con tus nuevos colores y tu nuevo recorrido
llenes de historias a mucha más gente. Yo no te voy a olvidar viejo amigo.

jueves, 27 de diciembre de 2018

Braveheart

Era un mar inquieto, era a veces un sueño y otras, la mejor de mis realidades.
Era pura adrenalina, era un viento huracanado, era tempestad.
Era aire y era fuego, capaz de quemarte solo con la mirada, capaz de sofocarte con todo eso que jamás diría.
Él era él, así con todo lo bueno, con todo lo malo. Sulfúrico, volátil, insospechablemente sensible, cruel y hermoso, casi casi como el mundo. Mi...
Él era él.
Él era. Y me gustaba, me encantaba mirarlo dormir; era el ùnico momento en que se reconocía humano, era el el único momento en el que lo sentía mío. 

domingo, 9 de diciembre de 2018

Everlasting

Tuve que aprenderte y aprehenderte para darme cuenta de qué tan efímero o duradero podías ser.
Te enredé y te desenredé con tal de siquiera intentar entenderte.
Te idealicé y te destruí, para después volver a reconstruirte, con todos tus defectos, con todas tus virtudes, pero ya como parte de mi vida.
No pude domarte, nunca lo intenté, jamás lo intentaría. No está en tu naturaleza que puedas callarte, ni seguir órdenes, ni dar el brazo a torcer.
Sos el mar, vas a estar más o menos picado, pero nunca en calma.
Te abracé y junté tus pedazos cuando estabas roto. Te cocí las alas, te dije que podrías ir tan alto como quisieras y que si querías todo, lo podrías todo.
Recorrí kilómetros y kilómetros de camino, solamente para verte dos horas, estar a tu lado y sentirme en paz. Siempre lograste eso, calmarme, apaciguarme, rearmarme, no dejarme dejarte.
Ahora que te vas, ahora que me estás dejando, dejame quedarte, dejame quedarme.
Tuve que cederte y otras veces ganarte.
Fallé. Fue mi error. Tuve que conocerte, volver a desconocerte y buscarte hasta por debajo de las piedras para encontrarnos.
Y tuve que aprenderte, aprehenderte y desaprenderte, para caer en la cuenta de que no quiero que seas efímero. Más bien, quiero que seas para siempre.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Sin condiciones

No puedo hacer más. No puedo hacer más cosas, por más de que por vos haría mil y una. Dos mil. Infinitas.
No puedo escocerte las heridas, curarte el alma o juntar los pedazos rotos de lo que alguna vez fuiste.
No puedo reparte, hacerte de nuevo o reconfortante ahora, cuando se que todavía ni siquiera te podés encontrar con vos mismo.
No puedo dejar que te enloquezcas, no quiero dejar que te caigas. No puedo dejarte ir. No quiero dejarte.
No puedo quitarte la lluvia de los ojos, descorrerte el pelo de la frente y confortar te , decirte que todo va a estar bien, que esto ya va a pasar y que es solo un mal trago, o peor aun, un mal recuerdo
No puedo porque a veces siento que ni yo me puedo...
Solo sé que cuando te abrazo y te abraso me puedo olvidar del mundo. Quiero rodearte tanto y tan fuerte como pueda. No me quiero ir, no me quiero bajar.
No puedo muchas cosas, pero si puedo estar a tu lado, en esta también. Sí puedo cubrir tu cabeza con mis brazos, sí quiero dejarte respirar y que me latas justo en el hueco que forman mi cuello, mi pecho y mi hombro... Y que latas cada vez más fuerte.
Lo único que nunca voy a dejar de hacer es quererte sin condiciones. Como a nada, como a mi todo, como a nadie.
Como nunca y como siempre. Sin condiciones.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Noviembre Contigo

Noviembre es uno de los meses que más me gusta en el año. Aparte de que marca el fin/comienzo de muchas cosas y de muchas historias, también me recuerda que te conocí y que durante tus 92 años fuiste una de las personas más importantes de mi vida.
Era llegar a Mar del Plata, pisar la casa de la calle Talcahuano y ver tu cabeza blanca asomándose desde la quinta, por la puerta del fondo o desde abajo del sauce, abrazarnos sin parar y que sonrieras. Estabas orgullosa de tener todos tus dientes y se lo atribuías a que tomabas un litro de leche por día y estabas orgullosa de tus canas, porque la mayor parte de la enorme familia que somos, te conocía por ellas. 
Yo te agarré tarde, cuando ya rondabas los 70 y sin embargo, siempre me esperaste llegar; desde aquel 16/05 en el que nací hasta cuando vivía en La Plata y en medio de un fin de semana largo me escapaba para verte. 
Extraño tu comida, sí, los buñuelos calientes recién hechos, la 80 golpes o las pizzas caseras; extraño que te acuerdes que odio el mate y me hagas un jarro de té con limón y miel, pero más que nada extraño tus anécdotas.
Quiero que me cuentes una y otra vez sobre lo que pasaba en la Segunda Guerra, el funeral de Gardel o las películas de Mirtha Legrand; que cantes tangos y canciones de Libertad Lamarque; que me muestres una por una las fotos de toda la familia y los cuadros, que me digas de qué casamiento es tal o cuál plato o cómo eran tus viajes en tren de San Agustín a Chaco para la cosecha de algodón.
Siempre admiré tu fortaleza, el modo en el que saliste adelante, lo mucho que diste por toda la familia y lo que supiste disfrutar la vida pese a todo lo que tuviste que enfrentar. 
Yo no me olvido de tus canas, de tu experiencia, de esa mezcla entre gallego y valenciano que solo tenía tu acento, del olor algo a punto de salir del horno y las siestas en tu cama. Yo no me olvido de que sonreías cuando decías "ella se llama como yo" o que lloramos juntas en el balcón cuando llamó Gus desde Estados Unidos. Yo no te olvido vieja y de hecho, hoy te recuerdo más que nunca. Felices 99, dondequiera que el cielo te haya llevado, aunque siempre estés en mí. 

jueves, 1 de noviembre de 2018

Parada

-Bien a la mierda te podés ir!- quise gritarle, pero las palabras no me salieron. Me quité el cinturón de golpe, me bajé del auto y crucé la calle. Él no dijo una palabra, simplemente arrancó y se fue.
Eran casi las dos de la mañana y los planes que había hecho a la tarde se habían derrumbado, tendría que esperar el bondi, uno que quizá nunca llegaría.
Me largué a llorar, de caliente nomás. No estaba enojada, estaba dolida. Él y yo podríamos haber discutido, pero preferí quedarme en mute, no tenía sentido plantearle cosas de las que quizá ni siquiera se daba cuenta, de solo pensarlo, me estresaba.
Seguí llorando, fue en ese momento en el que caí en la cuenta de lo que estaba haciendo: esperaba el colectivo sola, con tres pibes al lado, ellos tenían más alcohol, eran el doble de grandes y la calle, salvo por la poca gente que estaba en las paradas, estaba casi desierta.
“Podría haber fingido estar borracha mal para quedarme en su casa”, “podría haberle dicho que me llevara a la mía”, pensé. Estaba tan malpegada  que ni se me cruzó por la cabeza, lo quería lejos, bien pero bien lejos, a él y a su auto.
En ese momento me vino a la  cabeza la voz de mi mamá diciendo “no te da miedo andar por la calle sola?” Y me acordé de que mi respuesta había sido un rotundo “no”. Pero algo había cambiado ese  día y me sentía más vulnerable que nunca.
Habíamos ido  a una fiesta y la había pasado como el  culo, el vino era malo y a él lo odiaba tanto como lo amaba. Qué mierda!! -Qué hora es?- le preguntó un  pibe al otro- el bondi pasa hasta las 2.
-Las 2 y 5. Tiene que estar por venir.
Se acerca otra piba.
-Hace mucho que pasó el 13??
-Todavía no- le respondo.
“Esta es la parte más triste del día: cuando te dejo”, le dice Amelia a Jamie en Love Actually ni bien se baja del auto. Se lo dije a él alguna vez y ahora me arrepentía. Quería dormir, necesitaba dormir y que mañana fuera otro día.
“Si es que llego a casa”, pensé.
Ya eran las 2:30 y ni miras del bondi. El taxista de la vez pasada me quiso levantar y el de la otra vez desconectó la manguera del GNC para que el auto se le parara, dijo que no quería atravesar los barrios de ese lado. El taxi no era una opción. Uber no existe. Quién sabe cuántas horas tenga que esperar. Si llego.
El viento se hace más fuerte y la calle está cada vez más vacía. Siento un hueco adentro, me abrazo y me digo que todo va a salir bien. Espero.
“Se lo tendría que haber dicho”, pensé. “Sino siempre va a seguir suponiendo que todo está bien”. Volví a llorar, no estaba sola, pero me sentía sola y por primera vez en mucho tiempo, tenía miedo. De no decir, de no llegar.
-Ahí viene- gritó la chica. Paramos el bondi y subimos. Me siento.
Vuelvo a sacar el teléfono, la billetera y las llaves. Me los había guardado en el escote. Aún con todo en la mano, me vuelvo a abrazar y respiro.
“Ahora solo falta poder llegar a casa”, pienso
Ahora solo falta poder llegar a casa sana y salva.

viernes, 26 de octubre de 2018

Toda la galaxia

A sol y a sombra estuviste ahí desde el minuto cero. Lo que se hereda no se roba y por tus venas corre la misma sangre morada que también me corre a mí. Hay circunstancias que nunca vamos a entender, otras tantas que nos podemos explicar y mil y una en las que sabemos que lo dejaste todo ahí, por la Franja, esa que te dio tantas alegrías como tristezas. Esa que hagas lo que hagas siempre vas a llevar en la piel, en lo que sos vos, en la vida.
Me gusta verte llegar, cebar un mate, planificar el futuro con la misma tranquilidad que la lista del supermercado pero con la misma euforia con la que organizarías el mejor viaje de tu vida. 
Me gusta verte reír y que haya chistes que solo nosotras entendamos y que los demás se nos queden mirando sin terminar de entender qué pasó o qué no.
Quiero tenerte para siempre, no como compañera de militancia, sino como amiga, caminando a mi lado, luchando por las mismas cosas y peleando por los mismos sueños, esos que no se cuantifican con un voto ni caben en las urnas. Esos por los que todos los días nos levantamos queriendo que el mundo, la facu y nuestra casa sean lugares un poquito más lindos.
Que nadie venga a decirte que el cielo es el límite, porque aun así, hay huellas en la luna. Vos sos infinita, que nadie, que absolutamente nadie te convenza de lo contrario. Yo, mientras tanto, te voy a estar acompañando.

Sos mansa guachi. Te quiero mil. 

(A Camila Daffunchio, infinita y simultáneamente fuera de serie)