El ardor me quitó la respiración. Apenas pude reaccionar, perdí el aliento. El nudo en la garganta me latía casi como si fuera una bomba a punto de estallar; lentamente cada centímetro de mi piel se iba quemando. Di un suspiro, dos, diez. Era mi propio corazón el que me estaba aturdiendo. Aunque siquiera me lo hubiese propuesto, sabía que no podía hablar, que las palabras no eran lo suficientemente grandes para describir lo que ocurría.
Cerré los ojos, traté de volver a mi estado inicial, a la calma que precedió la tormenta de emociones que me iba poseyendo. Hiperventilaba, rugía, me estremecía. Traté. Traté de volver a mí, pero no pude.
Sentí su sabor corroyéndome, derritiéndome, derritiéndonos. Era delicioso, lo más rico que hubiera probado jamás, era irresistible. El fuego líquido, la insaciabilidad que había desplegado en mí no se extinguiría jamás, estaba segura. De ahora en más, no habría camino de regreso; yo nunca volvería a ser la misma.
Amarula querido, ¡gracias por existir!
martes, 23 de enero de 2018
domingo, 21 de enero de 2018
Y te soñé...
Ya era tiempo de que nos encontráramos. El inconsciente, dicen, no distingue a los vivos de los muertos y según una tribu de nosédónde y de nosécuándo, soñar con alguien,
significa que lo incorporaste. Ayer soné con vos por primera vez
en toda mi vida. Durante una siesta cualquiera, así de la nada y como si nada.
Me asusté, me encantó.
Siempre sueño con mi nonno, que me lleva a andar por ahí en su casa rodante, a la cancha de la Juventus o me canta canciones de su pueblo. Siento que nos visitamos, que rompemos las barreras del tiempo y del espacio, de la vida acá y un poco más allá. También sueño con gente que va y viene, que me busca y me encuentra, que pasa o deja de pasar, pero ayer fue distinto. Ayer soñé con vos, que tenés mis mismas iniciales y quizá mis mismos vicios.
Yo soñé con vos, soñé que habíamos pasado toda nuestra vida
juntos. Que jamás de habías ido tan intempestivamente como lo hiciste. Que evidentemente nos acompañábamos en todas, que éramos luz. Tenías el pelo cubierto de canas, se te
marcaban las arrugas de la frente cuando enarcabas las cejas y te reías y se te
achinaban los ojos, casi como a mí, igual que al tío.
Salías en televisión hablando de tus dos pasiones más grandes,
el teatro y las letras. Hablabas y sonreías hasta con los ojos, aquellos ojos entre azules y verdes que quizá nadie heredará. Yo estaba detrás de cámara, mirándote, deleitándome con el mero
hecho de escucharte y no podérmelo creer.
“Ella es mi nieta. Su blog empieza con la misma oración que
la primera obra de teatro que estrené, allá por los 50. Ni siquiera lo
sabíamos, pero ya nos conocíamos”
Y ahí desperté. Me asusté. Me encantó.
Fixing That Hole
Y una vez que supe que se fue y que no volvería, hice lo mejor que podía hacer por ambos: borrar todo lo que nos unía. Fue así que aniquilé chats, rompí cartas con falsas promesas, eliminé fotos, silencié cuentas y tapé mi mente de cosas y cosas para evitar que él volviera, siquiera en pensamiento.
Cambié, cambié los muebles de lugar, ordené el ropero y reparé los libros deslomados, como si eso también me fuera arreglar a mí. Sentí la lluvia en mi pelo, el placer del café caliente en mis labios y el sueño, por fin, reparador en mi cuerpo. Caminé entre bandadas, cambié mi número para que no me encontrara, borre el suyo para no buscarlo, me alejé de las pantallas, de las caretas, de las formas. Me acerqué a mí.
"No estoy bien", confesé. "Me importa más de lo que pensaba", musité. Sí, estaba empezando a sentir que me movía el piso, cuando ya era tarde para alcanzarle. Sentía algo, sí, algo que como las llamas con el viento, se aviva y se aviva y de improviso, quizá también se apaga sin que te des cuenta. Sí, sí a todo, como los locos. Sí quiero. Esta noche también lo extraño, esta noche también lloré. Sí, lo amo.
Él se fue y yo me quedé acá, hecha un manojo de cosas que no dije y otras que me arrepentí de no hacer. Todo eso debo echarlo bajo tierra, apagar el fuego, mitigar el ardor, cerrar la puerta.
Pasará, sé que pasará, porque siempre lo hace. Pero no hay "mientras tanto" más duro que este. Puedo borrarlo de mil maneras diferentes, pero no existe ni una vacuna contra el mal de amores ni un tratamiento, que por mero arte de magia, arranque al amor de mi cuerpo, como si fuera una curita.
Cambié, cambié los muebles de lugar, ordené el ropero y reparé los libros deslomados, como si eso también me fuera arreglar a mí. Sentí la lluvia en mi pelo, el placer del café caliente en mis labios y el sueño, por fin, reparador en mi cuerpo. Caminé entre bandadas, cambié mi número para que no me encontrara, borre el suyo para no buscarlo, me alejé de las pantallas, de las caretas, de las formas. Me acerqué a mí.
"No estoy bien", confesé. "Me importa más de lo que pensaba", musité. Sí, estaba empezando a sentir que me movía el piso, cuando ya era tarde para alcanzarle. Sentía algo, sí, algo que como las llamas con el viento, se aviva y se aviva y de improviso, quizá también se apaga sin que te des cuenta. Sí, sí a todo, como los locos. Sí quiero. Esta noche también lo extraño, esta noche también lloré. Sí, lo amo.
Él se fue y yo me quedé acá, hecha un manojo de cosas que no dije y otras que me arrepentí de no hacer. Todo eso debo echarlo bajo tierra, apagar el fuego, mitigar el ardor, cerrar la puerta.
Pasará, sé que pasará, porque siempre lo hace. Pero no hay "mientras tanto" más duro que este. Puedo borrarlo de mil maneras diferentes, pero no existe ni una vacuna contra el mal de amores ni un tratamiento, que por mero arte de magia, arranque al amor de mi cuerpo, como si fuera una curita.
miércoles, 17 de enero de 2018
Ni el cielo es el límite
La Real Academia Española define a una utopía como un plan, proyecto, doctrina o sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación.
Ningún libro dice (y tampoco dirá nunca), cómo, cuándo, dónde y por qué se llega al momento que le sigue a esa formulación: el de la concreción.
Soñar, imaginar o replantearse el mundo en función de que otro futuro, tanto propio como compartido, puede ser posible es un viaje de ida. Una vez que una idea zarpa de la mente es imposible detenerla, es imposible retenerla.
Sí, la utopía es universal y surge o surgirá en todas y cada una de las siete mil millones de cabezas que están poblando el planeta Tierra. Es una necesitad imperiosa y emergente. Es el impulso de y para hacer todo lo que sea posible para que eso que parece inalcanzable deje de ser una simple abstracción.
No hay quien no quiera que sus lejanas elucubraciones mentales se concreten y se vuelvan palpables, tangibles y más que nada, reales. Nuestras. La práctica y la vida misma demuestran que, de forma contraria a lo dicho por cualquier diccionario, no quedan enclaustradas en un lugar inexistente; están en tantas mentes y en tantos lugares al mismo tiempo, que sería imposible universalizarlas, cuantificarlas y medirlas. ¿Quién puede decidir cuánto peso tiene una con respecto a la otra?, ¿quién dice cuál vale más y cuál menos?, ¿quién puede decirle a otro cómo pensar?
Soñar, imaginar o replantearse el mundo en función de que otro futuro, tanto propio como compartido, puede ser posible es un viaje de ida. Una vez que una idea zarpa de la mente es imposible detenerla, es imposible retenerla.
Sí, la utopía es universal y surge o surgirá en todas y cada una de las siete mil millones de cabezas que están poblando el planeta Tierra. Es una necesitad imperiosa y emergente. Es el impulso de y para hacer todo lo que sea posible para que eso que parece inalcanzable deje de ser una simple abstracción.
No hay quien no quiera que sus lejanas elucubraciones mentales se concreten y se vuelvan palpables, tangibles y más que nada, reales. Nuestras. La práctica y la vida misma demuestran que, de forma contraria a lo dicho por cualquier diccionario, no quedan enclaustradas en un lugar inexistente; están en tantas mentes y en tantos lugares al mismo tiempo, que sería imposible universalizarlas, cuantificarlas y medirlas. ¿Quién puede decidir cuánto peso tiene una con respecto a la otra?, ¿quién dice cuál vale más y cuál menos?, ¿quién puede decirle a otro cómo pensar?
Las utopías son, entonces, parte de la historia de un pueblo, construcciones mentales de sus habitantes, conjuntos de significados comunes y las impulsoras de los cambios más grandes que marcan la vida en conjunto de un país. Son de todos, porque no hay ser humano que viva sin ellas, no son de nadie, porque nacen como parte de la naturaleza misma formando una antítesis con la racionalidad. Pueden ser globales, porque también pueden ser compartidas y aunque se compartan, también son individuales y particulares, porque nadie las concibe de la misma manera y todos las aprehenden a su modo. Son viajes, esos catalogados como "viajes de ida" de los que nunca se puede volver de la misma manera en la que te fuiste. Imaginarse un mundo y miles siempre que quieras y siempre que puedas, es posible.
Las ideas no se matan, las utopías como futuros lugares posibles, tampoco. Por más restricciones mentales y materiales a las que uno se haya expuesto a lo largo de su vida, para la mente ni el suelo es el tope, ni el cielo es el límite.
miércoles, 3 de enero de 2018
All things must pass
Pasa. Te juro que pasa, hermana. Ahora creés que no. Y te
rompe las pelotas, el corazón, la cabeza… creés que nunca más vas a poder
rearmarte, que un pedazo anda con vos, el otro con él y un montón esparcidos
entre ustedes, en todos los recuerdos que te quedan de vos con él, pero te
equivocás. Pasa, yo te juro que pasa, porque también lo pasé.
Creés que ningún nombre te va a llenar tanto los días como
el suyo, que nadie más te va a marcar las horas así, que el corazón no te va a
dar un vuelco cada vez que lo sientas cerca y que quizá no vuelvas a sentir, ni
sentirte como antes. Pero no, no lo creas, no lo sientas. Te aseguro que es
momentáneo. Te juro que es verdad lo que te estoy diciendo.
Pensás que nunca más vas a leer un nombre semidormida, que
no vas a tener por quién sonreír cuando veas tu pantalla titilando, que nadie
más va a llenar ese primer cuadrito del chat, que ese tono nunca va a volver a
sonar, que ya no vas a tener nadie guardado con ese apodo, ni con ese nombre ni
con ese sustantivo abstracto. Pero te equivocás, estás metiendo la pata hasta
el fondo. Ahora no lo ves, pero después sí.
Sentís que se te estruja el corazón, que no vas a poder con
vos, que el amor no está en tu destino y que quizá es tu merecido. Sentís el
cuerpo pesado, cansado y abatido, como si hoy fuera una transición y no hubiera
mañana. Te duele, te mata el vacío igual que esas lágrimas que compiten con el
mar o todas esas palabras con las que lentamente te estás ahogando. Lo sentís y
te duele, te duele horrores, pero te juro que pasa, que pasa y se pasa.
Un muy buen día, casi sin quererlo, casi sin pensarlo y casi
sin medirlo, una luz vuelve a titilar. Te rearmaste, estás entera, estás lista.
Dejó de dolerte, aunque no lo olvides. Vos podés tocar el cielo con las manos y
lo sabés.
Alguien más apareció. Y al “hola” le sigue un “¿cómo estás?”,
un chiste y un “¿cuándo nos vemos?”. De a poquito tus redes se empiezan a
llenar y te reís de la nada. Querés que de ahora en más el camino sea a su
lado, como tus despertares, como esa vida que pasito a pasito van construyendo
juntos. Para él sos importante, tanto que se desvive por verte bien, por
hacerte reír como pocos, porque te brillen los ojos con solo mirarle.
Sí, volviste a sonreír. Te lo merecés, te merecés todo lo
que te estás pasando ahora. Sos fuerte y movés mares y montañas con solo
existir. ¿Viste que tenía razón? Ibas a superarlo. Ya pasó.
viernes, 29 de diciembre de 2017
Mother Mary comes to me
Muchas veces, muchísimas, saber de dónde venís te da impulso
para saber hacia dónde vas. Uno de los descubrimientos más grandes de este año
fue ella: doña María Moranta Dalmau, viuda de Bibiloni, una de mis bisabuelas.
Ella, al igual que gran parte de mis familias, también vino en un barco, dejó
atrás su pueblo natal y empezó una vida y una nueva familia en Argentina. Pese a que vivió hasta entrados sus 90 y los ’90,
jamás la conocí.
Cuando era chica, alguien me dijo que las modistas arreglan
con hilo y aguja no solo telas, sino también relaciones, vidas, amores y dolores; ellas buscan unir lo
que se separó, porque uno no puede seguir adelante si no reúne sus retazos, los junta y los enmienda. Mi
abuela materna era modista y a falta de ella, fueron sus tres hermanas, un
equipo inseparable, las que en mi vida hicieron el rol de abuelas. María
también era modista y todos los que la conocieron la recuerdan como una dulce y
afable, capaz de armarse de fuerza y coraje cuando era necesario, de sacar
adelante a toda la familia de las situaciones más negras y de “arreglar” lo que
hubiera que arreglar para seguir adelante. Cuando lo supe la amé al instante.
Hasta hace algunos días atrás ni siquiera la había visto en
fotos. Alguien alguna vez me había dicho que tenía los ojos más azules que su
marido, el pelo negro y la cara blanca y con esa mínima descripción traté de
imaginármela muchas, varias, veces. Cuando por fin la vi caí en la cuenta de
dos cosas: la primera, que tal y como dijo la persona que me dio la foto, “la
genética no perdona” ya me parezco a ella más de lo que jamás hubiera imaginado
y la segunda, que conocerla y saber su historia arregló algunos de esos pedazos
rotos con los que ya no quiero cargar ni este año ni nunca más.
Una vez más, María cosió para mí. Lo que se hereda no se
roba.
lunes, 13 de noviembre de 2017
Non Sancta
Ni mi mente ni yo somos santas. No quiero quedarme dormida.
No puedo, porque mi subconsciente me traicionará otra vez, lo sé. Sé que entre
vaya a saber qué tipo de sueños diré tu nombre y no puedo arriesgarme siquiera
a que alguien lo escuche, a que por fin algún incauto descubra lo que siento.
Es casi una ley, mi cuerpo y mi mente más despierta que
dormida comunican cosas que quizá durante el día ni siquiera me atrevo a
pensar.
Y no es que no te quiera, no. No es que no me pase nada con
vos, ni que disfrute de esconderte como si fueras algo indebido o prohibido. Es
simplemente que no quiero comprar la cartera antes de haber encontrado al
cocodrilo. Soy así en todos los ámbitos de mi vida, esta no es la excepción.
Sé que voy a nombrarte, del mismo modo que antes nombré a
otros, sé que entre respiración y respiración voy a desearte. Que no hay nada
que quiera más que tenerte al lado, diciendo mi nombre.
Ni mi mente ni yo somos santas. Por eso sé que no me puedo
quedar dormida, porque sé que voy a decir tu nombre. Como cuando mi papá entró
y lo llamé por el nombre de un él o ese gélido agosto en el
que alguien, por tenerme una sola vez, se creyó que me tendría para siempre, e
irrumpió en mi cuarto buscando compañía y de mí recibió solo un “él, ¿sos vos?”
Y ni hablar de
esa vez en la que una amiga me llevó borracha y engañada a una orgía, me desplomé
en el suelo (y en el sueño) y por no poder parar de gritar “no, yo lo quiero a él, lo quiero a él, lo quiero a él” entredormida nadie me tocó
un pelo e inclusive me felicitaron: estaba hasta las manos por él. Quizá por
vos también.
Algún día voy a nombrarte con todas las letras, del derecho
y del revés, hacia adentro y hacia afuera, subiendo y bajando, sin parar. Pero
mientras tanto, sos mi placer más emergente, mi secreto mejor guardado, la
palabra más sigilosamente pronunciada, una bomba de tiempo en mi garganta y ese deseo a punto de estallar.
Ni mi mente ni yo somos santas… vos menos. Que duermas bien.
Etiquetas:
A Day In The Life,
Episodios,
Escritos,
Me,
Semana
Suscribirse a:
Entradas (Atom)